Ecuador clama por un cambio

Pere Escorsa
Catedrático de Economía de la Universitat Politècnica de Catalunya
Dispara Tunguragua aceite rojo,
Sangay sobre la nieve
derrama miel ardiendo,
Imbabura de tus cimeras
iglesias nevadas arroja
peces y plantas, ramas duras
del infinito inaccesible,
y hacia los páramos, cobriza
luna, edificación crepitante,
deja caer tus cicatrices
como venas sobre Antisana,
en la arrugada soledad
de Pumachaca, en la sulfúrica
solemnidad de Pambamarca,
volcán y luna, frío y cuarzo,
llamas glaciales, movimiento
de catástrofes, vaporoso
y huracanado patrimonio.


En el avión, viajando entre Quito y Cuenca, contemplo la erupción del Tunguragua, uno de los volcanes que cantó Pablo Neruda en su poema Ecuador. Una enorme columna vertical de humo y cenizas se alza sobre las nubes. Ecuador es un lugar privilegiado para disfrutar de la naturaleza en todo su esplendor, en estado puro.
A pesar de ser un país relativamente pequeño –la mitad de España– Ecuador es el paraíso de la biodiversidad. En el continente se distinguen claramente tres zonas: la Costa, muy cálida, la Sierra –la cordillera de los Andes – , fría, con picos como el Chimborazo, con nieves perpetuas, a más de 6.300 metros de altura, y, por último la zona Amazónica u Oriental, cubierta por la selva, inexplorada e inaccesible, sin apenas carreteras. A estas zonas deben añadirse las islas Galápagos, conocidas por su prodigiosa fauna, que maravilló a Darwin. Ecuador es el país con más variedades de orquídeas del mundo, tiene más clases de aves que Norteamérica, más mariposas que toda Europa. La fauna es exuberante: ballenas y tortugas gigantes en Galápagos, cóndores en la Sierra, anacondas, caimanes, jaguares y delfines de río en la Amazonia. En Guayaquil, la mayor ciudad del país, las iguanas toman el sol en libertad en el jardín de una céntrica plaza. Una curiosidad: a mediodía el sol cae verticalmente, sin producir sombras.
Ecuador es también un país multirracial. En las grandes ciudades, Quito y Guayaquil, la mayoría de la población, blanca o mestiza, convive con minorías indígenas que conservan su bellas indumentarias. Pero en el campo los indígenas –cinco de los trece millones de ecuatorianos– suelen ser mayoritarios. Otavalo, por ejemplo, al norte de Quito, en la carretera Panamericana que conduce a Colombia, es una población con predominio indígena, con un pintoresco mercado de vistosas artesanías. Los vendedores hablan quechua entre sí, aunque también dominan el castellano. En las selvas de Oriente habitan tribus de indios sin contacto con la civilización occidental. Y en la costa norte, en la provincia de Esmeraldas, vive una nutrida colonia de raza negra, cantera, según me cuentan, de excelentes futbolistas.

EL TURISMO Y EL PETRÓLEO
Esta variedad hace que el país se haya convertido en un destino turístico de primer orden. Cuenta, además, con el soberbio barrio colonial de Quito, Patrimonio de la Humanidad, que alberga un conjunto de iglesias deslumbrantes: la catedral, San Francisco, el Sagrario, la Compañía de Jesús. Auténticas joyas. El barroco encaja bien con la exuberancia étnica y geográfica del país.
Ecuador es un importante productor de petróleo, con yacimientos perdidos en la Amazonia, propiedad de Repsol YPF y de otras petroleras. También es el primer exportador del mundo de bananas. Y un notable productor de camarones, cacao y rosas. Pero en los últimos años la economía no ha podido impedir la emigración de unos tres millones de ecuatorianos, principalmente a Estados Unidos y, más recientemente, a España. Las remesas de estos emigrantes constituyen la segunda fuente de ingresos del país, tras el petróleo. En la ciudad de Cuenca, uno de las capitales de la emigración, florecen la construcción y las tiendas de electrodomésticos: los familiares de los emigrantes compran casas y las equipan. Pero el coste social es enorme: hay pueblos con sólo niños y abuelos ya que los padres están en España.

EL EJÉRCITO ÁRBITRO
Esta mala situación económica, que coexiste con abundantes bolsas de pobreza y una gran desigualdad social, es consecuencia de la inestabilidad política que ha azotado al país en la última década. Los presidentes han sido destituidos, uno tras otro, sin poder terminar su mandato. Desde 1996 han gobernado Abdalá Bucaram –el presidente rockero – , Fabián Alarcón, el democristiano Jamil Mahuad, que adoptó el dólar como moneda del país, el coronel Lucio Gutiérrez, a consecuencia de un golpe militar, Gustavo Noboa, de nuevo Lucio Gutiérrez, que triunfó en las elecciones de 2002 y fue destituido dos años más tarde, siendo reemplazado por su vicepresidente, Alfredo Palacio.
El mecanismo de los cambios de gobierno suele ser siempre el mismo: descontento popular y manifestaciones en la capital, Quito, hasta que llega un momento en que las fuerzas armadas retiran su apoyo al presidente, lo que equivale a su derrocamiento. El ejército, que se mantiene en la retaguardia política, es el verdadero árbitro de la situación.
Este fue el caso, por ejemplo, del derrocamiento de Lucio Gutiérrez, en 2005, que había sido elegido democráticamente. Gutiérrez destituyó a la Corte Suprema de Justicia y anuló los juicios por corrupción a los ex presidentes Bucaram y Noboa, lo que despertó la indignación popular, harta de las arbitrariedades de los políticos. Se sucedieron las manifestaciones al grito de “¡Que se vayan todos!” Gutiérrez intentó reprimirlas pero el ejército se negó a ello, por lo que tuvo que abandonar precipitadamente el gobierno, siendo sustituido por el vicepresidente Palacio. En el gobierno de Palacio fue ministro de Economía, durante tres meses, el economista Rafael Correa, actual presidente de la República. Pero el gobierno de Palacio, acosado por las protestas de los indígenas que no quieren que el país firme el Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos, dio paso a unas elecciones generales a finales de 2006, en las que Correa derrotó al magnate bananero Alvaro Noboa por amplio margen.

UNA REFUNDACIÓN DEL PAÍS
Rafael Correa es un economista de 43 años formado en las universidades de Illinois, Estados Unidos, y de Louvain-​la-​Neuve (Bélgica), donde conoció a su mujer. Se declara católico y durante un año fue voluntario en una misión de los Salesianos en Sumbahue, provincia de Cotopaxi, para desarrollar proyectos de desarrollo rural para las comunidades indígenas. Allí aprendió el quechua. Al tomar posesión de la presidencia, el pasado 15 de enero, afirmó que no suscribirá el Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos, que mantendrá el dólar y que renegociará el precio del petróleo con las compañías petroleras. También expresó su voluntad de disolver el Congreso, por considerarlo una institución corrupta, convocar un referendum que daría paso a una Asamblea Constituyente y redactar una nueva Constitución. En definitiva, proceder a una “refundación” del país.
Correa ganó las elecciones sin que su partido, Alianza País, presentase listas al Congreso, por lo que no tiene representación en este organismo, dominado por los desprestigiados partidos de la derecha. Estos días Ecuador está viviendo una seria crisis institucional: el Tribunal Supremo Electoral fijó la fecha del 15 de abril para la consulta electoral, pero el Congreso destituyó al presidente del Tribunal, Jorge Acosta, alegando la ilegalidad del referéndum. Al día siguiente el Tribunal contraatacó y con el apoyo de Correa destituyó a 57 de los 100 diputados del Congreso que se oponen al proceso que debe desembocar en la Asamblea Constituyente. El respaldo popular a la “limpieza” que propone Correa es muy grande. Manuela Gallegos, secretaria de Pueblos y Movimientos Sociales, lo ha expresado así: “Hemos vivido la dictadura del Congreso. Ecuador es de todos. Ecuador clama por un cambio. Los ecuatorianos quieren una consulta popular”. “Dejemos que la consulta decida”, afirma también Ramsés Torres, del partido indígena Pachakutik.
Mientras tanto el nuevo gobierno comienza a actuar. Por motivos profesionales he podido conocer a varios ministros y altos cargos que me han producido una grata impresión. Su preparación es excelente. Algunos han estudiado en universidades españolas, como las Autónomas de Madrid y Barcelona o la Pompeu Fabra. Desean sinceramente que su país acabe con la inestabilidad, con la corrupción y que comience una nueva etapa.
Si Correa consigue superar el escollo del Congreso ¿se alineará con Castro y Chávez? Por supuesto, no soy adivino. Pero intuyo que sin renunciar a su amistad con Chávez, Lula, Kirchner o Bachelet, mantendrá una línea propia. “Mis amigos no mandan en mi casa”, ha declarado recientemente.

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