Que hable Gracián

Fernando Rey
Obviaré los consejos tan evidentes como incumplidos (no robar, no mentir, no insultar, no maltratar el diccionario, no tomarnos por idiotas) y le prestaré mi espacio a Baltasar Gracián, el genial jesuita aragonés del siglo xvii, y su “arte de prudencia”. “Nunca perderse el respeto a sí mismo, ni siquiera a solas”. En caso contrario, uno cruza una línea sin retorno y pasa a convertirse en objeto de compra y venta. “Nunca descomponerse”, y concreta Gracián: “Sea, pues, tan señor de sí y tan grande, que ni en lo más próspero ni en lo más adverso pueda alguno censurarle perturbado”. Algo rígido si se interpreta de modo literal, pero un contrapunto interesante en esta época nuestra de hemorragias emocionales. De semejante tenor es: “Nunca hablar de sí”, porque “o se ha de alabar, que es desvanecimiento, o se ha de vituperar, que es poquedad”. Un consejo para todos los que tratan de cara al público: “Entrar con la (voluntad) ajena para salir con la suya”. Dosis de sabiduría práctica sobre el arte de la manipulación. También recomienda “no ser malo de puro bueno”, pues “alternar lo agrio con lo dulce es prueba de buen gusto: sola la dulzura es para niños y necios”. Propone en varios lugares “llevar las cosas con suspensión” para sorprender con las novedades, o “dejar con hambre”, pues “hartazgos de agrado son peligrosos, que ocasionan desprecio a la más eterna eminencia”, o “saber entretener la expectación”. E incluso “usar de la ausencia”, porque “la presencia disminuye la fama, la ausencia la aumenta”. Algunos consejos de autoayuda: “topar luego con lo bueno que hay en cada cosa”; “conocer el día aciago”; “nunca permitir a medio hacer las cosas: gócense en su perfección”. Y en las relaciones con los demás “saber negar”, que “no todo se ha de conceder ni a todos”; “no cansar” (la brevedad “es lisonjera y más negociante”); “no hacer negocio del no negocio”, que “así como algunos todo lo hacen cuento, así otros todo negocio”.

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