Ya llegará

Andrés Torres Queiruga
Amis alumnos suelo decirles: vosotros no “sabéis” que vais a morir. Esa es la suerte de la juventud, y la desgracia: “Por eso morís como moscas: no veis el peligro, porque vuestra biología os hace inmortales”. De mí tengo que decir que he pasado también mucho tiempo sin “saberlo”. Y sigo sin saberlo mucho. Pero ya empiezan las ráfagas: de vez en cuando se me hace viva la posibilidad. Sobre todo, en la sensación de que ya no me queda tiempo para muchas cosas: lo nuevo que se anuncia, trabajos que quisiera realizar. No siento miedo, ni curiosidad. Me gustaría acogerla como un tránsito. Me impresionó el miedo de Rahner a que el deterioro físico lo angustiase. Desde luego, me daría miedo una muerte dramática. Creo en la resurrección y he escrito mucho sobre ella. Pero debo confesar que me cuesta percibirla como una evidencia sentimental. Es más bien una fe que me llega por el rodeo del amor de Dios y preciso alimentarla con el apoyo teórico: si me ha creado por amor, no me dejará caer en la nada. El temor a un Dios juez ni me pasa por la cabeza: me parecería absurdo. Me encanta la frase: “Morir hacia el interior de Dios”, hacia los brazos cálidos de su amor. Y se me abre el horizonte luminoso de la comunión universal, donde el amor no restringe y particulariza, sino que es gozo compartido sin límite, exclusivismo ni medida. Pero, repito, y esta es para mí la “desgracia” del teólogo: todo esto, que asumo sinceramente, tiene más vigencia teórica que vivencia cordial, más convicción racional que saboreo espontáneo del corazón. A lo mejor influye también que todavía no “sé” de verdad que voy a morir. Y tampoco quiero preocuparme por eso: ya llegará. Me importa más vivir con sentido y esperanza. Y servir de algo a los demás, sobre todo aportando un poco de luz en la dimensión religiosa.

Teólogo

Revistas del grupo

Nuestra redacción

Publicidad