El secretarío del Papa se imagina en el cementerio

Loris Francesco Capovilla
Desde hace una década me hace buena compañía un pensamiento, no sabría decir si amargo o realista, de Hermann Hesse: “Cuando uno ha llegado a viejo y ha cumplido su parte, la tarea que le queda es hacer, en silencio, amistad con la muerte; ya no tiene necesidad de los hombres, ha conocido suficientes”.
El ovillo de mi existencia se ha extendido entre dos acontecimientos fúnebres: la muerte de mi padre cuando tenía seis años; de mi madre cuando tenía 69. Dentro de este espacio brilla el paso pentecostal del papa Juan. Llevo así colgado desde siempre el ángel de la muerte, y no es un esqueleto con la guadaña en la mano; es un rayo de luz que rasga las tinieblas. Mi hora no puede tardar. Pienso cada día en la muerte, quizá con una pizquita de melancolía, y me dispongo al juicio sin presunción y sin temor. No soy tan estúpido de tenerme por un “justo”. Conozco lo suficiente el balance final. Repito a menudo: “He combatido el buen combate, he concluido la carrera, he guardado la fe” (2 Tim 4, 7). Conservo confianza en la suerte del planeta tierra. Sigo proponiendo atenuantes para las culpas de la humanidad, no por inclinación al vituperado buenismo, sino por deber de justicia templada por la misericordia. Sobre la partida de mi querido retiro y de las personas amadas, me embiste el inflamado amor de San Francisco por todas las criaturas: “Quisiera guiaros a todos al Paraíso”; y me confirma en la fe el “credo” del papa Juan: “Mi jornada en la tierra termina, pero Cristo vive y su Iglesia continua su obra en el tiempo y en el espacio”.
Veo nítidamente la breve parada de mis despojos sobre el suelo de la capilla doméstica de Camaitino y el salmodiante recorrido hacia el soleado y desnudo cementerio de montaña; veo el ataúd descender en la tierra desguarnecida y oigo las voces de los acompañantes decirme píamente “adiós” con la cara llena de lágrimas y la sonrisa en los labios, conscientes de que todo es bello y nuevo en el fulgor del Resurgir: todo es gracia.

Secretario de Juan xxiii entre 1958 y 1963 y arzobispo emérito de Mesembria

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