Yo sólo la imagino (por si acaso)

Norbert Bilbeny
A mi muerte no la puedo ni la quiero ver. Sólo porque me lo pide El Ciervo voy a imaginármela, con mucha fantasía y poco empeño, claro. Si uno se imagina el mejor escenario, no se cumple. Pero si se imagina el peor, o se cumple, y uno ya está digamos que “mentalizado”, o no se cumple, y sólo cabe mejorar, dentro de lo que cabe. Voy, pues, al imaginario más indeseable: me muero antes de los sesenta (me faltan siete) o un poco más tarde, de un ataque el corazón, solo, o sin los míos, de los que no me he podido despedir. Estoy en la calle, en un medio de transporte o en el extranjero. Vivo el proceso segundo a segundo y siento que me voy.
Pero pasan por mi cabeza los rostros de mis hijos, de mi mujer. Les digo: os quiero. Me digo: hiciste tu camino, cuánto te llevaste entre manos, no puedes quejarte. Una niebla luminosa me ciega y escucho el silencio como un fuerte silbido. Un susurro de voz de mis padres. Y ya estoy tranquilo. Pero repito, en serio, que no puedo ni quiero ver mi muerte. Amo y trabajo desde mi juventud para no morirme nunca. O al menos, como ciervo, formo parte de los Inmortales Modestos.

Catedrático de Ética

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