El diálogo con el islam

Daniel A. Madigan SJ
Quizá el mejor lugar para empezar a entender la motivación de “Una palabra común” es el final. Los autores dicen que, visto que juntos somos más de la mitad de la población del mundo, no habrá paz a no ser que musulmanes y cristianos encuentren un modo de vivir en armonía unos con otros. Coinciden seguramente con el sentir de muchos cuando dicen que “nuestro futuro común está en juego. La propia supervivencia del mundo como tal está quizá en juego”. En un mundo cada vez más predispuesto a ver la situación actual como una lucha entre dos civilizaciones incompatibles que tendrá un solo vencedor, bienvenido sea el recordatorio de que hay una alternativa: podemos aún intentar imaginar un futuro común.
Los firmantes creen con razón que la solución a nuestros conflictos está no sólo en la negociación política, sino en encontrar una base teológica común que sea fundamento de unos compromisos mutuos que tengan una autoridad que vaya más allá de los temporales cálculos de conveniencia. Los firmantes se comprometen a demostrar la base común que compartimos en nuestra creencia en la unidad de Dios, en la necesidad de una devoción completa a Dios y en nuestro amor al prójimo. Rechazan aceptar, con toda razón, la idea a menudo expresada incluso por miembros de la curia romana, que los musulmanes son incapaces de entrar en diálogo teológico.

Una perspectiva más amplia
Por dramático que sea el contexto mundial actual que la ha provocado, esta carta abierta de 138 académicos y autoridades musulmanas a los líderes cristianos debe ser leída quizá con una perspectiva más amplia. Hace unos cuarenta años más de dos mil obispos católicos en el Concilio Vaticano II aprobaron una declaración que marcó época y que, como el papa Benedicto XVI ha confirmado varias veces, sigue siendo la postura oficial de la Iglesia con relación a los musulmanes. Aunque no se ocupara de algunas de las diferencias más sustanciales entre nuestras creencias, Nostra Aetate, que era su título, se centraba en las cosas que tenemos en común, que son la base para el respeto por los musulmanes que el Concilio expresó. Los obispos concluían: “Si en el transcurso de los siglos surgieron no pocas desavenencias y enemistades entre cristianos y musulmanes, el Sagrado Concilio exhorta a todos a que, olvidando [“trascendiendo” o “superando” hubieran sido mejores palabras] lo pasado, procuren y promuevan unidos la justicia social, los bienes morales, la paz y la libertad para todos los hombres”.

Autoridad y consenso
La Iglesia católica tiene una estructura de autoridad bien definida que hace posible la articulación de un cambio tan claro de posición y su implantación, mediante el control en la formación de sacerdotes y nombramiento de obispos. Aún así, las posturas del Concilio, especialmente en referencia a los musulmanes, no son aún en general suficientemente conocidas o aceptadas. A veces son despreciadas como un consejo pastoral caducado adecuado sólo para los optimistas años 60, pero sin remedio y fuera de lugar para la realidad del siglo XXI.
Ninguna otra comunidad religiosa, cristiana o no, tiene una estructura parecida. En las otras la autoridad es más difusa –incluso podríamos decir más democrática. Las cosas deben negociarse laboriosamente, y el consenso vinculante es a menudo difícil. Tenemos que estar por tanto especialmente agradecidos a este grupo de académicos musulmanes por lograr una declaración así, firmada por una representación tan amplia. Uno podría leer la carta como una primera respuesta colectiva a Nostra Aetate, una respuesta que acuerda adoptar el mismo punto de vista que el Concilio: poner entre paréntesis las diferencias para afirmar creencias comunes y una llamada a trabajar juntos por la justicia y la paz mundiales.
“Una palabra común” forma parte de un proyecto mayor, con sede en Jordania, que aspira a obtener un consenso autorizado sobre qué significa ser musulmán hoy. Este proyecto de Amman (Jordania) persigue llenar un vacío en el liderazgo de la comunidad musulmana global –un vacío que en los últimos años han llenado voces extremistas que nos son bien conocidas por los medios de comunicación. En los medios, estas voces razonadas y académicas no pueden igualar las diatribas amenazantes que funcionan tan bien en televisión, pero merecen ser tomadas en serio y recibir la mayor difusión posible. Sólo podemos esperar que esta carta, aunque deba luchar como Nostra Aetate para ser aceptada como autorizada, permita un crucial cambio de mentalidad.

¿Musulmanes ‘moderados’?
Los autores no son los llamados “musulmanes moderados” con quienes todos profesan estar dispuestos a dialogar. ¡Vaya expresión paternalista! Parece que busquemos musulmanes que “no se lo tomen muy en serio” y que estén dispuestos a contarnos lo que queremos oír. Son los “moderados” de este tipo los que en la Iglesia católica los obispos acosan en época de elecciones. Los “católicos-​sírvete-​a-​tu-​gusto” –coge los trozos que te gustan y deja el resto– son condenados sin miramientos, pero a los musulmanes igualmente tiquismiquis los admiramos. ¿Presumimos que un compromiso que tome en serio toda la tradición islámica es incapaz de tratar con el mundo moderno? Sin embargo, lo opuesto es lo correcto: las ideologías reaccionarias e intransigentes que llevan al terrorismo y a la represión puritana no recurren a la totalidad de la tradición islámica, sino surgen de su lectura parcial y empobrecida.
El grupo de especialistas autor de “Una palabra común” no ignora ni la amplitud ni la profundidad de la tradición islámica ni de la cristiandad. Entre ellos hay gente como Mustafa Ceric, gran muftí de Bosnia Herzegovina, que conoce tanto el mundo académico occidental como las enseñanzas tradicionales islámicas, y tiene experiencia de primera mano de la rabia genocida que ha dominado a algunos cristianos. Nos equivocaríamos si pensáramos que son unos peleles que se conformarán con un reconocimiento ceremonioso de confraternidad, sin un compromiso intelectual y espiritual serio y una conversación política franca. En su paciente pero insistente correspondencia desde la conferencia de Benedicto XVI en Regensburg han mostrado la determinación de seguir con esta discusión con seriedad y respeto.
Durante décadas, es cierto, fue la Iglesia la que se ocupó de hacer avanzar gran parte del diálogo interreligioso, pero nuestros interlocutores sienten que en los últimos años nuestro ritmo flaquea en parte y que, al menos en Roma, no hay mucha energía para el diálogo aunque profesemos aún un compromiso con él. Puede parecernos desconcertante, pero la iniciativa parece estar ahora en manos de otros.

Otra audiencia
A pesar de estar dirigida a una larga lista de papas, patriarcas y otros líderes eclesiásticos, “Una palabra común” tiene también otra audiencia. Según el objetivo del proyecto de Amman, está implícitamente dirigida a musulmanes, ya que modela una metodología y un modo de discurso apropiado a un acercamiento al diálogo con otros creyentes, y proporciona los fundamentos textuales autorizados para ello. La carta dedica mucha energía a subrayar la obligación de los musulmanes a someterse completamente a Dios, amar a Dios y estar agradecidos por todo lo que Dios ha dado. En este contexto, uno podría haber esperado un reconocimiento más explícito de las implicaciones políticas de ese sometimiento: la relativización de todo poder, ideología y proyecto político. Por muy buenos y aprobados por la divinidad que nos parezcan, no son Dios, y por tanto no son definitivos. Este será un elemento esencial en el avance del diálogo; es la clave teológica que nos lleva más allá del mero desacuerdo sobre relaciones de poder y alternativas políticas.
Tiendo a inquietarme cuando oigo la expresión “todas las religiones”. A menudo acompañan una precipitada generalización que se debe más a proyecciones o ilusiones vanas que a la observación atenta de lo que varias religiones realmente afirman o profesan. Es sorprendente y decepcionante comprobar cuántas veces incluso en textos académicos se cae en tales sensiblerías, y cada religión es reducida a una variedad particular en el tema genérico de la religión. “Una palabra común” no cae en esa trampa, ya que se limita a hablar sólo de las tradiciones abrahamánicas del cristianismo y el islam (el judaísmo lamentablemente aparece sólo en ocasiones y entre paréntesis). Sin embargo, la carta permite una lectura reduccionista –una que los cristianos quizá quieran examinar en detalle– cuando dice en la parte iii: “Así la Unidad de Dios, el amor por Él y el amor por el prójimo forman un terreno común sobre el que el islam y el cristianismo (y judaísmo) se fundan”. Hay un desliz desde la irreprochable afirmación más arriba en ese mismo párrafo de que la obligación de amar a Dios y al prójimo es un elemento común en los textos sagrados de nuestras tradiciones, a la afirmación más cuestionable de que el doble mandamiento del amor es el “fundamento” de las tres.
En justicia con nuestros colegas musulmanes, debemos admitir que muchos cristianos también propondrían esa taquigráfica interpretación de las palabras de Jesús sobre los mandamientos más importantes como el núcleo de sus enseñanzas y la fundación del cristianismo. ¿Pero sería correcto? ¿Es eso todo el evangelio? ¿Se encarna la Palabra sólo para recordarnos unos pocos versículos importantes del Deuteronomio y el Levítico, versículos que algunos de los rabinos contemporáneos de Jesús hubieran también reconocido como el resumen “de la Ley y los Profetas”? ¿Es la misión principal de Jesús recordarnos una obligación ya revelada siglos atrás? ¿Es todo el resto de su vida, muerte y resurrección sólo secundario?

Una pregunta con trampa
Hay que destacar que cuando Jesús responde a la pregunta sobre el mandamiento más importante, es siempre en un contexto de controversia. Mateo y Lucas notan que era una pregunta destinada a pillarle. La cauta respuesta a una pregunta con trampa puede difícilmente considerarse el fundamento de una religión. Si el asunto en discusión son los mandamientos, entonces seguramente esos dos son los más importantes. ¿Pero no hay nada más en la Buena Nueva que mandamiento y obligación? Cuando el abogado que plantea la pregunta del mandamiento en el evangelio de Marcos ratifica la respuesta de Jesús amablemente, Jesús le dice: “No estás lejos del reino de Dios”. No lejos, pero aún no allí. Los mandamientos están bien hasta donde llegan, pero el reino va mucho más allá. El evangelio no es una simple obra de copiar y pegar de la Torá, con una selección más concisa de mandamientos. Ante todo es lo que Dios ha hecho por amor nuestro. Lo que somos procede de ahí y es hecho posible por ello.

El amor de Dios por nosotros
Cuando “Una palabra común” habla de “el amor de Dios”, significa nuestro amor “por” Dios, y casi siempre en términos de obligación –como prueba el uso de “tener que” y “debería” en la parte i. Sin embargo, la experiencia personal basta para darnos cuenta de que el verdadero amor no puede ser mandado o condicionado; es dado y recibido en libertad.
Ningún autor del Nuevo Testamento ha dedicado más atención a la cuestión del amor divino que el conocido como el “discípulo a quien Jesús amó” y al que llamamos Juan. En su primera carta, dice: “El amor no consiste en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros”. “Nosotros debemos amarnos”, dice Juan, “porque él nos amó primero”. A lo largo de la obra de Juan hay un constante movimiento de amor hacia fuera: “Como el Padre me ama a mí, así os amo yo a vosotros”. “Como yo os he amado, así también amaos los unos a los otros”. Ese es el “nuevo mandamiento” de Jesús, ofrecido a sus discípulos justo antes de su muerte. Una orden no para amarle a él, o al Padre, sino para vivir en el amor que nos entrega. Vivir en ese amor significa permitirle que nos transforme para que a su vez amemos a los demás. En este contexto Jesús usa la gráfica imagen de la vid y sus ramas. La savia de la vid permite a las ramas producir el fruto, pero el fruto no es en beneficio de la vid ni de las ramas –es para otros. Todo el amor se origina en Dios y fluye siempre hacia fuera desde allí, transforma todo lo que se deja cubrir por él. No gira sobre sí mismo y pide reciprocidad, sino que se derrama hacia los demás –incluso con los ingratos.
Tanto Juan como Pablo reconocen la importancia esencial de que no fue a partir de nuestro perfeccionamiento o incluso arrepentimiento que se manifestó el amor de Dios por nosotros, sino mientras éramos pecadores. Si hay un fundamento de la fe cristiana este es seguramente uno de sus pilares.
Una noción similar del amor divino no es del todo ajena a la tradición islámica, pero no aparece en “Una palabra común”, quizá porque se limita a citar el Corán y el hadiz [tradición que se basa en los hechos y dichos del profeta Mahoma y que nunca contradice el Corán] para alcanzar la mayor audiencia musulmana posible. Sin embargo, podría también haberse mencionado el versículo 5:54 del Corán en el que se dice que “Dios suscitará una gente a la cual Él amará y de la cual será amado”. En el comentario de este versículo algunos autores sufíes han notado que el amor de Dios por los seres humanos precede el amor de ellos por Dios, y si no fuera porque Dios nos ha favorecido con Su amor primordial, misericordia y compasión, la humanidad nunca hubiera podido amar a Dios y a sus criaturas. Aquí tenemos un punto importante para la continuación de nuestro diálogo teológico.

¿Quién es mi prójimo?
Igual que hay reservas sobre cómo es de fundamental para la cristiandad el mandamiento de amar a Dios, uno debe también preguntarse si el mandamiento de amar al prójimo es fundamental. Hay dos elementos en los evangelios que lo relativizan. El primero está en Lucas, donde el interrogador de Jesús, tras no haber conseguido hacerle caer en la trampa con la pregunta sobre el mandamiento, lo intenta de nuevo y pregunta: “¿Y quién es mi prójimo?” La parábola que Jesús cuenta como respuesta –el buen samaritano– le da la vuelta a la pregunta. Después de haber descrito la extraordinaria y generosa reacción de este forastero con el judío necesitado, después de que dos de los líderes religiosos de la víctima le hubieran fallado, Jesús pregunta: “¿Quién de los tres te parece que fue prójimo del que cayó en manos de los salteadores?” La cuestión ya no es quién debe ser incluido en la categoría de prójimo y por tanto cuáles son los límites de mi obligación de amar. Es, más bien, ¿cómo puedo mostrarme como prójimo de otros al atenderles con amor?
El segundo elemento y más llamativo en los evangelios está en Mateo y en Lucas en formas ligeramente distintas. Esta es la versión de Mateo: “Habéis oído que se dijo: Ama a tu prójimo y odia a tu enemigo. Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos y orad por los que os persiguen. De este modo seréis dignos hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir el sol sobre buenos y malos, y manda la lluvia sobre justos e injustos”.
Lucas informa que fue en este contexto en el que Jesús dijo: “Al que te hiera en una mejilla, ofrécele también la otra; y a quien te quite el manto, no le niegues la túnica. Da a quien te pida, y a quien te quita lo tuyo no se lo reclames. Tratad a los demás como queréis que ellos os traten a vosotros. (…) Amad a vuestros enemigos, haced bien y prestad sin esperar nada a cambio, y seréis hijos del Altísimo. Porque él es bueno para los ingratos y malos. Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso”. Para Lucas esta generosidad desinteresada y exagerada es la imitación de la misericordia de Dios; para Mateo es incluso más. Es la verdadera definición de la perfección de Dios: “Sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto”. Nuestra perfección reside en amar a nuestros enemigos igual que la perfección de Dios se muestra en Su amarnos con un amor entregado. Dios reveló ese amor en Jesús incluso cuando aún éramos pecadores, y preferíamos la alienación de Dios a la paz con Dios, que era el estado humano original.

«Dios bendiga a los enemigos»
Esta definición expandida infinitamente del prójimo y del hermano que incluye incluso a enemigos y agresores no ha sido fácil de asimilar para los cristianos. En seguida caemos de nuevo en una genérica concepción religiosa en la que Dios ama sólo a los justos y nosotros, que por supuesto “somos” los justos, tenemos derecho a odiar a los que no lo son. Para entender cómo es de radical lo que nos piden las enseñanzas de Jesús sólo hay que imaginar las omnipresentes pegatinas “Dios bendiga a nuestras tropas” que se ven por Estados Unidos sustituidas por otras que digan “Dios bendiga a Bin Laden”. ¿O podríamos imaginar pancartas en la Palestina ocupada que desearan vida y bendición para Israel y Estados Unidos en lugar de aniquilación? Transformaciones como estas no ocurren fácilmente, aunque las veamos una y otra vez a pequeña escala. Son semillas del Reino enraizando por aquí y por allí, pero demasiado a menudo son pisoteadas por el “realismo” o el deseo de desquite. Quizá nuestro diálogo pudiera centrarse en las palabras del Corán: “Quizá establezca Dios la amistad entre vosotros y los que de ellos tenéis por enemigos. Dios es capaz, Dios es indulgente, misericordioso”. Allí donde el amor sustituye a la enemistad, seguro que Dios actúa, no sólo nosotros.

Algunos puntos difíciles
“Una palabra común” no esconde algunos puntos complejos; sin embargo sus implicaciones pudieran perderse. El mayor ejemplo es donde a los cristianos se les asegura en la parte iii que los musulmanes “no están contra ellos y que el islam no está contra ellos”. Entonces vienen las condiciones (estipuladas en el Corán), “siempre que no lancen una guerra contra musulmanes por causa de su religión, les opriman o les expulsen de sus casas”. Aunque el contexto original es la Meca donde se oprimía a los primeros ciudadanos musulmanes, al versículo se le da una vasta aplicación contemporánea. Muchos extremistas usarán precisamente este versículo para justificar la hostilidad con Israel y cualquiera que le apoye.
La catastrófica aventura militar en Irak de George Bush, y su llamada “guerra contra el terrorismo” son fácilmente interpretados como ataques contra el islam. Dada la retórica religiosa que emplea para sacar ventajas políticas, y la verborrea de muchos de sus partidarios evangélicos, sus guerras pueden ser fácilmente definidas como guerras cristianas y así poner en riesgo a todos los cristianos. Incluso la hegemonía cultural de occidente es a menudo leída como agresión y tomada por tanto como legitimadora de una respuesta violenta contra cualquier representante de esa cultura. El reaseguro que da la carta de que el islam y los musulmanes no están en contra de los cristianos está muy limitado por las condiciones que están destinadas a reconfortarnos. Este es sin duda un punto importante para nuestro diálogo duradero con el grupo de 138 y otros musulmanes.

Un encuentro personal
A pesar de que al principio he sugerido que deberíamos leer esta carta con Nostra Aetate, y su llamada a los elementos comunes de fe y prácticas, en segundo plano, no debe esto tomarse como una implicación de que nuestro diálogo avanzará mejor mediante una serie de cartas, por mucha autoridad que tengan. Estos documentos son hitos importantes pero sabemos por la historia del Vaticano II que sólo crecen a base de reflexión y experiencia. Muchos de los firmantes de “Una palabra común” tienen una larga experiencia de diálogo interreligioso que va más allá de la mera ceremonia y requiere compromiso y apertura. Documentos como este no sólo surgen del encuentro personal, también abren el camino para una interacción más profunda.

Diálogo de arrepentimiento
Tanto Nostra Aetate como “Una palabra común” se centran en los elementos positivos comunes, y eso es ciertamente un inicio útil. Tenemos que entendernos y apreciarnos al nivel de las ideas y normas, especialmente las que tenemos en común. Sin embargo, también tenemos en común nuestro fracaso personal y comunitario por no estar a la altura de nuestros ideales. Hablar de nuestra obligación de amar a Dios y al prójimo es relativamente sencillo. Incluso hablar de amar a nuestros enemigos no es tan difícil. Hablar, se dice, cuesta poco. Se necesita más valentía para reconocernos unos a otros los fracasos en amar, pero por ahí llegará el cambio radical –cuando las fachadas orgullosas se derrumben y revelen un corazón compungido.
Por supuesto que ambos estamos convencidos de que los otros tienen mucho de que arrepentirse comparado con nuestros altos ideales y pequeños fracasos. Quizá ambos tenemos que escuchar de nuevo el consejo de Jesús acerca de quitar la viga del ojo propio antes de ofrecernos a sacar la paja del ojo ajeno. El diálogo de arrepentimiento mutuo es el más difícil, y sin embargo el más necesario de todos, si aspiramos a avanzar.

¿Un choque de civilizaciones?
Aunque el discurso de “Una palabra común” se enmarque en términos de conflicto entre musulmanes y cristianos, un honesto examen de conciencia no nos permite olvidar que nuestro futuro no está amenazado sólo por el conflicto entre nosotros. A lo largo de siglos de innegable conflicto y disputa entre miembros de las dos tradiciones, cada grupo ha tenido sus propios conflictos internos que se cobraron y se cobran muchas más vidas que las trifulcas interreligiosas. Más musulmanes son asesinados por otros musulmanes que por cristianos u otros. El enorme número de personas encontró la muerte en la guerra Irán-​Irak de los años 80 era, casi sin excepción, musulmán, así como los que les mataron.
Apenas alguno de los diez millones de cristianos que murieron en las guerras europeas a lo largo de los siglos fue asesinado por musulmanes. La mayor vergüenza del último siglo fue la matanza de millones de judíos por cristianos condicionados por su larga tradición de antisemitismo y seducidos por una nueva ideología virulentamente nacionalista y racista. Los últimos quince años en África han visto millones de cristianos masacrados en horribles guerras civiles por sus compañeros de creencia. Un misionero católico tiene una docena más de probabilidades de ser asesinado en la mayoritariamente católica América Latina que en cualquier parte del mundo musulmán.

La llamada de los pobres
Así que no nos confundamos y pensemos que el conflicto musulmán-​cristiano es el mayor del mundo, o incluso que la guerra es la mayor amenaza para el futuro. ¿Qué hay de los millones de niños africanos que mueren cada año por falta de un poco de agua limpia o unas vacunas que cuestan céntimos? ¿Qué hay de los pobres del mundo que viven bajo cargas apabullantes de deuda externa y corrupta tiranía nacional? ¿Qué hay de los efectos devastadores sobre la tierra de nuestro pobre manejo de sus recursos? La nueva etapa en el diálogo musulmán-​cristiano que representa “Una palabra común” no debe ser una ocasión para estrechar más nuestra atención y obsesionarnos con nosotros mismos. Si queremos hablar de amor, no será posible ignorar la llamada de los pobres.

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