Poca nostalgia

Andrés González Castro
Sospecho que soy uno de los últimos mohicanos del móvil de tarjeta. De manera recurrente, me acosan las compañías y me conminan para que me haga un contrato. Una tarde estaba muy deprimido y claudiqué a una hermosa voz argentina. Cambié a contrato pero solo duré un mes: como me salía más caro, volví a echarme al monte de las tarjetas. Y es que gasto la friolera de 6 o 7 euros mensuales en teléfono móvil; recurro más al sms que a las llamadas. Sobre todo es una cuestión de precio, pero además enviar mensajes me rejuvenece, porque lo asimilo a lo furtivo. Nadie alrededor sabe de qué trata el texto, cosa que no pasa con las llamadas. No sé por qué, pero uno tiende a vocear con el móvil como si estuviera hablando por el envase de yogur de aquellos teléfonos que se hacían en clase de ciencias naturales.
En cuanto a las bitácoras, participo en un par de ellas: en la personal y en una colectiva. El chat me pone frenético y no lo uso apenas: veo iconos de gente activa con la que no quiero hablar, se empiezan a abrir ventanas y más ventanas. Acabo llevando conversaciones paralelas y resulta agotador.
Por lo que respecta al correo electrónico, es un grandísimo invento. Este artículo, por ejemplo, ha llegado a El Ciervo gracias a un mensaje electrónico. Para los que tenemos mala letra y ninguna veneración por las plumas estilográficas, el teclado es una prótesis utilísima que ahorra a nuestros corresponsales el esfuerzo de descifrar garabatos.
En resumen, creo que he incorporado algunas de las tecnologías de la comunicación a mi vida diaria (incluso sé hacer páginas web sencillas) y reservo la nostalgia para las postales navideñas.

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