Los inmigrantes son españoles

Jordi Pérez Colomé
En campaña electoral, la inmigración suele aparecer. Pasa en otros países, pasa también en España. A veces es porque, dicen, quita puestos de trabajo a los nativos de pura cepa. Otras, porque alguno se porta mal. Esta vez, aquí, ha sido porque un partido, el Partido Popular, ha propuesto un contrato de integración. Tienen su apoyo: en una encuesta en un periódico casi el 70 por ciento de los participantes creía que los inmigrantes deberían firmar un contrato así.
He ido a la web del Partido Popular a informarme sobre el contrato. El inmigrante se comprometería a cinco cosas: a cumplir las leyes, a respetar las costumbres de los españoles, a aprender el castellano y si quiere otra lengua cooficial, a pagar los impuestos y a volver a su país si por “un período de tiempo” carece de empleo y medios para sostenerse.
Se supone que se aspira a que firmen este contrato porque si lo incumplen, se les expulsará. Es una amenaza. Pero difícil de aplicar. Sería complicado que un día España expulsara a gente porque no sabe suficiente castellano o porque no cumple unas “costumbres” que nadie sabe cuáles son. En la misma noticia se da información de otros países donde algo parecido ya se aplica. Los ingleses han puesto en marcha un examen de “vida en el Reino Unido” que “puede hacerse cuantas veces se necesite hasta aprobar”. Es la prueba de que es ilusorio y seguramente imprudente expulsar a alguien por estas cosas. Sin embargo, si se propone es porque alguien, en buena fe, cree que sería mejor para españoles e inmigrantes. A mí me parece que no.
A veces me divierto a imaginar que quizá dentro de unas décadas seamos nosotros los que debamos emigrar a Pakistán o China. ¿Nos gustaría firmar un contrato? Yo ya lo hice; emigré un año a China en el 2000. Mi experiencia no tiene nada que ver con la de un inmigrante chino en España. Pero sí que sirve para imaginar qué es integrarse y si es posible.
Supe que viviría en China dos años antes de ir. Empecé a estudiar chino, con un cierto tesón. Cuando llegué allí, el primer mes no podía decir ni pío; no me entendían. Con las semanas empecé a hacerme comprender. Luego mi chino oral mejoró, pero nunca llegué a escribirlo. Trabajaba, eso sí, en una empresa china, con chinos. Comía a menudo en restaurantes chinos. Iba en bicicleta y cogía autobuses y taxis chinos.
Mis amigos, sin embargo, eran españoles. Cuando compraba comida, compraba cosas que conocía, occidentales si podía ser. Tomaba café en Starbucks, si daban una peli europea corría a verla y en una iglesia me sentía en casa, mientras que una pagoda era para mí un lugar extraño lleno de colorines y con estatuas de cartón piedra.
Respetaba las leyes chinas porque quién quiere problemas, pero rompía sus costumbres cuando iba de la mano de mi novia por la calle. Si le daba un beso, rompía más costumbres. Si hubiera tenido allí un hijo con una española, hubiera hablado chino, pero su cultura habría sido en gran parte la mía.
¿Estaba integrado en China? Sí, por una parte. A mí, más que a nadie, me interesaba integrarme: entenderse con la gente es cómodo y respetaba sus costumbres, ¿qué iba a hacer sino? Pero no estaba integrado porque sólo me sentía de verdad bien con gente como yo y con cosas a las que estaba acostumbrado. Yo vivía mi vida, los chinos la suya. ¿Qué problema había?
Había extranjeros que llevaban veinte años en Pekín y no hablaban una palabra de chino. No porque no quisieran –una vida en China sin chino es más compleja y aburrida – , sino porque el chino es una lengua difícil. Lo mismo ocurre aquí. Si un inmigrante no aprende español es porque no tiene tiempo o porque no sabe más. Pero si pudiera aprenderlo por arte de magia, quién no lo haría. Una cierta integración –la que se pide en el contrato– favorece sobre todo al inmigrante, que a menudo ya hace lo que puede. Imponer un contrato no ayuda. Exámenes y pruebas hacen que pensemos en los inmigrantes como en seres particulares, que necesitan empujones para ser mejores ciudadanos. Es incierto. Hacerles sentir extraños es precisamente contraproducente para su supuesta integración. Son personas que han tenido la mala suerte de nacer en el país equivocado. Encima de haber tenido nosotros mejor suerte, ¿debemos pedirles pruebas de buena fe porque vienen a molestarnos?
Me parece en suma que se confunde un poco un problema económico con uno cultural. La inmigración es un reto para nuestras sociedades porque viene gente modesta y no multimillonarios. El problema es de capacidad de acogida, de hacer que por ejemplo en los servicios públicos quepamos todos. Como sociedad ese es el reto. No estaría mal empezar a superarlo ahora que, según un estudio de la Unión Europea, un 80 por ciento de los inmigrantes se sienten “bastante adaptados” –que es una palabra mejor que “integrados”. Hace poco vi también una encuesta en que los musulmanes respetaban más al Rey que los viejos españoles. Hay que pensar más en capacidad, menos en velos.
Otra cosa también ayudaría. Ahora que ya sabemos qué piensan algunos políticos de los inmigrantes, me gustaría saber también qué piensan los inmigrantes de los políticos. No hay mejor manera de saberlo que con el voto. Que yo sepa, sin embargo, los inmigrantes “integrados” siguen sin tener derechos políticos más allá del municipio. Uno de los grandes temas en las primarias americanas era a quién votarían los latinos. Los latinos son una gran comunidad en Estados Unidos y tienen su peso. ¿Pero a quién votarían los latinos españoles? ¿Y los musulmanes? Si los inmigrantes tienen un día de verdad todos los derechos, los que se merecen, los políticos ya no jugarán con medidas anti inmigración. Se les podría girar en contra “el voto musulmán”. La integración sería más rápida: no hay mejor manera de preocuparte por el futuro de un país que formar parte de él.
En Cataluña se hizo célebre hace unos años una frase de Jordi Pujol: “Es catalán todo el que vive y trabaja en Cataluña”. Hoy podríamos aplicarla a España. Yo he salido a la calle y cada vez que he visto un inmigrante he pensado: “Mira, un español” (o “mira, un europeo”, que también me gusta). Parece una tontería, pero no lo es. El otro día noté en un taxista un ligerísimo acento extranjero. Le pregunté de dónde era. Se molestó: “¿Por qué?, me dijo, ¿se nota que no soy español? Soy rumano”. Hacerle notar a alguien que no es del lugar, aunque sea de buena fe, puede ser feo. Si hubiera pensado antes que conducía un taxi aquí, no me hubiera equivocado. Era español.

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