¡No tengo móvil!

Marcos Eymar
No tengo móvil. Mi rechazo visceral a esas cucarachas parlantes me llevó a pasar un curso entero en un séptimo piso parisino sin ascensor y sin teléfono. Fue entonces cuando descubrí el angustioso placer de estar incomunicado. Casi todas las noches bajaba a la cabina de la esquina y hacía una única llamada. Concertaba las citas con días de antelación. Al acercarse la hora, mi oído se tensaba para escuchar los pasos en la escalera. Como un morse prehistórico, el crujido de la madera me anunciaba visitas que, con demasiada frecuencia, acababan en el chirriar de la puerta de los vecinos.
Desde entonces, me he incorporado tímidamente a la modernidad. No me gusta el messenger, donde las despedidas se parecen a intrascendentes asesinatos. Tampoco me siento cómodo con las videoconferencias por Skype. En cambio, me he convertido en un ávido consumidor de correos electrónicos. Flexible y poco comprometedor, el mail permite mantener el contacto tanto con el casero que vive en Inglaterra, como con el amigo de la infancia. También se presta a los juegos literarios: con un amigo en Bruselas adopto el lenguaje diplomático del Antiguo Régimen, con otros el de un peligroso conspirador. Recuerdo que una vez un amigo que iba a asistir a una fiesta de disfraces en Madrid me mandó un mail urgente pidiéndome que le tradujera del latín las instrucciones para ponerse una toga. Al día siguiente, me envío en archivo adjunto unas fotos del sarao gracias a las cuales pude comprobar que mi esfuerzo no había sido vano.
El mail sirve para todo y para todos. Lo cual no me impide añorar a veces las largas cartas que escribía antes de la Revolución de Internet. Frente a la multiplicación de falsas identidades en el ciberespacio, me digo que en el futuro sabrán menos sobre nosotros que sobre los hombres antidiluvianos que, pluma en mano, desnudaban su alma a la luz de una vela.

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