La ingenuidad

En noviembre de 2008 se celebrarán elecciones presidenciales en Estados Unidos. De momento, no se saben ni tan sólo los dos candidatos que representarán a sus partidos. El inicio de ese camino será precisamente este mes de enero con el comienzo de las elecciones primarias en algunos Estados.
Uno de los candidatos por el Partido Demócrata será Barack Obama. De momento, la favorita en su partido es Hillary Clinton; Obama, según las encuestas, va segundo. Pero a estas alturas todo puede cambiar. Sin querer valorar las aptitudes de los aspirantes, sí que nos gustaría hablar aquí de una crítica que Obama recibe a menudo. Obama es senador norteamericano desde 2004; antes había sido senador en su Estado, Illinois, durante dos legislaturas. Su experiencia es limitada y de ello le acusan. Pero esta falta de experiencia le ha llevado a recibir otros despechos. Destaca uno: su ingenuidad.
Obama ha hecho dos propuestas especialmente “ingenuas”, según se ha dicho. La primera es que iría a Teherán a hablar en persona con el presidente iraní, Mahmud Ahmadinejad. Su contendiente Hillary Clinton ha dicho que ella antes sondearía el terreno y vería cómo hacerlo mejor. Y le llamó “ingenuo”. La segunda propuesta de Obama que hace dudar a sus adversarios es su afán por conseguir acuerdos en temas espinosos sentando a todas las partes alrededor de una mesa. Un ejemplo: en la reforma de la seguridad social norteamericana quiere que estén ambos partidos y, sobre todo, las compañías de seguros y las farmacéuticas, ambas acusadas –con parte de razón– de ser las menos interesadas en una mejora del sistema, que ahora les favorece.
Quizá ambos objetivos sean ingenuos. Pero la ingenuidad puede a veces no ser tan mala. Acercar las posturas alrededor de una mesa en temas enquistados pero que necesitan una solución, aunque el acuerdo sea difícil, puede ayudar. Querer arreglar las cosas hablando puede ser ingenuo, pero es valioso.
Por su lado, hoy Irán y Estados Unidos no se hablan. Uno de los congresistas de más solera de Washington, Lee Hamilton, que codirigió la investigación sobre el 11 de septiembre, vio este verano como en Irán detenían a un colega suyo de origen iraní que había ido a su país a ver a la familia. Le acusaban de espionaje. Hamilton quiso ponerse en contacto con las autoridades del país, pero “es un agujero negro, no hay ningún tipo de conversación entre Estados Unidos e Irán”. Al final, Hamilton se decidió a enviar cartas en farsi al presidente y al guía supremo del país. Al cabo de un tiempo, el embajador iraní en las Naciones Unidas le llamó. Tenía una carta para él. En tres semanas, el colega de Hamilton estaba en Estados Unidos. Hoy los presidentes de Estados Unidos e Irán se hablan por los medios de comunicación y se dicen que son malos e incluso endemoniados. Si esto es prueba de experiencia y de saber estar en la escena internacional, más valdría ir a Teherán con la mano tendida. Para ser ingenuo, a veces se necesita valor.

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