Mi biblioteca de la colección Araluce

Luis Alberto de Cuenca
Me empezó a gustar la literatura por culpa de la colección Araluce, suculentamente subtitulada “Las obras maestras al alcance de los niños”, una benemérita biblioteca de clásicos, adaptados para la infancia y auspiciados por la firma barcelonesa del mismo nombre, que echó a andar allá por la segunda década del siglo xx, inspirándose en una colección británica para su diseño y contenido, y que no detuvo su maquinaria hasta los años sesenta del mismo siglo.
Hace poco, el Grupo Anaya quiso rentabilizar la nostalgia de los lectores de la colección Araluce, que fuimos legión en su momento, y la relanzó parcialmente, pero no tuvo éxito, interrumpiéndose en el volumen 20 de los 93 que componen la serie. Debo decir, con mal disimulado orgullo, que he conseguido reunir esos 93 títulos después de muchos años de interminables pesquisas, y que verlos alineados uno tras otro en una estantería de mi biblioteca es de las pocas cosas que me tranquilizan últimamente.
El primer tomo de la colección Araluce eran unas Historias de Shakespeare, lo que delata el origen británico de la serie. A los que, como yo, creemos que en las letras universales William Shakespeare camina un paso por delante de sus competidores, por ilustres que sean, eso de que la colección Araluce comience con el Cisne del Avon nos parece muy bien.
La Divina Comedia de Dante le pisa los talones, pues constituye la materia del tomo 3. Las dos partes del Quijote tuvieron que esperar hasta los tomos 9 y 10, mientras que la Odisea de Homero no llegó hasta el número 12, figurando la Ilíada inmediatamente después (volumen 13). Los últimos títulos de la colección son los siguientes: El libro de las Bestias de Raimundo Lulio (90), Tristán e Isolda (91), las Fábulas de La Fontaine (92) y Los Animales y el Hombre (93).
He escogido los ocho títulos que recuerdo con más intensidad. Los que más veces he leído. Los que pueblan los prados más floridos de mi memoria. Los leería por primera vez hace más de cincuenta años, pues entonces los niños aprendíamos a leer más temprano, y, además, los libros de la colección Araluce llevan insertas unas deliciosas láminas fuera de texto que hacían las delicias de la gente menuda de entonces. Seguiré el orden de la serie, que es el que todo coleccionista que se precie de serlo debe seguir: siempre he pensado que, en materia de lectura, el orden cronológico, geográfico o temático son menos relevantes que el número que ocupa cada libro en su colección.

La odisea
No consta el nombre del adaptador, de manera que debe ser traducción de una adaptación inglesa cuyo autor han preferido omitir los de Araluce. Hay ocho ilustraciones en color de José Segrelles, todas maravillosas. Una de ellas, como es costumbre en la colección, aparece pegada en un rectángulo ad hoc de la cubierta, que es de tela y está decorada con arabescos muy art nouveau. Lo cierto es que siempre he preferido la Ilíada a la Odisea en términos absolutos, pero es mucho más mítica para mí la edición de Araluce de la Odisea que la de la Ilíada. Inconsecuencias de esa alma caprichosa que tenemos los bibliófilos. Digna de recordar es la imagen de cubierta, con Ulises atado al mástil de la nave, para no sucumbir a las Sirenas.

La canción de Rolando
Era y es mi libro favorito de la colección Araluce. Aquí sí cita al adaptador inglés, H. E. Marshall. Sobre su adaptación ha trabajado Manuel Vallvé para ofrecernos la versión española, enriquecida por ocho estrafalarias, y un tanto expresionistas, láminas de Toullot. Adoro la traducción de la Chanson por Benjamín Jarnés que publicó Revista de Occidente dentro de su colección “Musas Lejanas”, pero la Canción de Rolando que se vino a vivir a las entretelas de mi alma y no ha salido todavía de allí es, y será, sin duda, la contenida en las 128 páginas de este librito de Araluce. En cubierta, un Rolando sufriente y aparatoso abrazado a Durandal (esa que en los romances castellanos se llama Durandarte). Los cantos, dorados, y en la segunda de cubierta el ex libris de mi padre, Juan Antonio de Cuenca, con la iglesia románica de San Vicente, en Ávila, como motivo.

Más historias de Shakespeare
Relatadas a los niños por Jeanie (sic) Lang e ilustradas, sin excesiva brillantez, por Ochoa. Sin nombre del traductor al español. Figuran en el tomo las siguientes obras de Shakespeare: Hamlet, Vida y muerte del rey Juan, Macbeth, Ricardo III, El rey Lear, Pericles, príncipe de Tiro y Julio César. ¡Ahí queda eso! El primer tomo de la colección incluía las comedias, más aptas para la juventud, no cabe duda, que estas tragedias (a excepción de Pericles, tal vez), donde se nos recuerda lo frágil de nuestra condición humana y se define la vida como un “cuento contado por un idiota, lleno de sonido y de furia, que nada significa”. Cuando aprobé, con matrícula de honor, la reválida de 4º, mis padres me regalaron las Obras completas de Shakespeare traducidas por Astrana Marín (Aguilar). Pero mi amor al viejo Will se inició en la colección Araluce.

Los caballeros de la tabla redonda
Mi segundo libro favorito de Araluce, después de la Canción de Rolando. Me lo leía mi inolvidable Amparo Robles cuando yo aún no sabía leer. Aquí es Manuel Vallvé quien nos cuenta una serie de leyendas artúricas, entresacadas de La morte d’Arthur de Malory (siglo xv) y de los Idylls of the King de Lord Tennyson (siglo xix). Ilustraciones, hermosísimas, de José Segrelles. Citaré los muy sugestivos títulos de las diferentes historias: Enid, El Lirio de Astolat, Pelleas y Ettarde, Gareth y Lynette, Sir Galahad y el Santo Grial y la Muerte del rey Arturo. Todavía se me ponen los pelos de punta si acudo a la página 111 y me enfrento a la lámina que lleva el pie textual que sigue: “Viose entonces una espesa humareda y, rodeada por ella, una figura de espantosa fealdad”.

Historias de Goethe
Siempre he sido germanófilo. Además de los frecuentes viajes de mi padre a Alemania en busca de juguetes para su colección, tuvo que influir decisivamente en mi germanofilia este tomito de Araluce. Incluye, relatadas a los niños por la inefable María Luz Morales (gran estilista del castellano), tres obras no muy conocidas de Goethe: Herman y Dorotea, Reineke el Zorro y Balada del Conde desterrado y su regreso. Las ilustraciones, de José Camins, muy en la estela de los Nazarenos alemanes del xix, que tanto me fascinan. Podría pensarse que el autor de Fausto no se presta con facilidad a las adaptaciones infantiles. La genial María Luz Morales desmiente esa imprudente afirmación.

Historias de Sófocles
Otra vez María Luz Morales al timón de la nave. Cuatro de las siete tragedias conservadas de Sófocles se dan cita aquí: Áyax; Edipo, rey; Las Traquinias y Filoctetes. Empuñando los pinceles, un tal J. Rapsomanikis, bastante flojo por lo demás. Pero los alaridos de Filoctetes en la isla de Lemnos se quedaron impresos en mi memoria hasta el punto, tal vez, de arrojarme en brazos de la Filología Clásica, aunque mi Preuniversitario con Homero y Virgilio intervinieron tanto o más que Sófocles en mi elección de especialidad universitaria. Luego he trabajado más sobre Eurípides y Esquilo que sobre Sófocles, pero eso no quita mérito iniciático a las historias sofocleas contadas a los niños por Morales en esta entrega de la colección Araluce.

El hombre que vendió su sombra
“Extraordinaria narración, original de Adalberto de Chamisso, adaptada a la juventud por Manuel Vallvé, con ilustraciones de E. Ochoa”, reza la portada del libro. A Von Chamisso, por culpa de su Maravillosa historia de Peter Schlemihl, rotulada aquí El hombre que vendió su sombra, lo he tenido siempre, desde entonces, en un altar. Hasta le he dedicado un poema, titulado “Homenaje a Chamisso”, en mi libro Sin miedo ni esperanza, de 2002. Las ilustraciones de Ochoa son bastante mejores que las de Más historias de Shakespeare, suponiendo que el “Ochoa” de allí y el “E. Ochoa” de aquí sean el mismo dibujante, que parece que sí lo son.

Tristán e Isolda
La octava y última joyita de mi memoria araluciana es una versión de la leyenda de Tristán e Isolda a cargo de Manuel Vallvé, con ilustraciones, ingenuas pero resultonas, de Víctor Aguado. Vallvé, que no es tan bueno como María Luz Morales, aunque se le acerca bastante, se ha basado en Bédier, erudito francés de principios del siglo xx, quien compuso una especie de versión vulgata a partir de los Tristanes medievales en verso de Béroul y de Thomas. Dice Vallvé en el prólogo que el libro no es una versión del Tristan und Isolde de Wagner, como hubiera podido presumirse a partir del título. Y yo añado que menos mal, porque Wagner, como transmisor de las viejas leyendas célticas y germánicas medievales, me parece un auténtico desastre. En cubierta, un Tristán a caballo, con la lanza en la mano y la espada en el cinto. Dios, ¡qué bien cabalgaba! Y me gusta comprobar que sigue cabalgando igual de bien ahora, pues acabo de sacarlo de la estantería donde reposaba y me ha dado una excelente impresión: como si los años no pasaran por la lámina de Aguado, como si Tristán fuese eterno y no tuviera achaques, como si Isolda lo estuviese esperando, amorosamente, en palacio y él hubiera salido un rato a cazar, para hacer tiempo hasta la hora de la cena. Juraría que los he visto sonreír a los dos, abrazados, al otro lado del espejo de mi cuarto de baño. Lo aprendí en la colección Araluce: la literatura no es más que una manera, acaso la más sabia, de hacer amigos nuevos.

Revistas del grupo

Publicidad