El capital de riesgo es la nueva cara del capitalismo

Pere Escorsa
Tradicionalmente las empresas pasaban de padres a hijos. De vez en cuando, sin embargo, una empresa compraba a un competidor de su mismo sector, para eliminarlo y arrebatarle su cuota de mercado. Es lo que hizo, por ejemplo, Roca, en 1999, al comprar la suiza Laufen, convirtiéndose en el segundo productor de material sanitario del mundo. O lo que han hecho, más recientemente, Air France al controlar la holandesa KLM; Perfetti Van Melle con Chupa Chups; el Banco de Santander con Abbey y ABN Amro; Iberdrola con Scottish Power; Eroski con Caprabo, o la italiana Enel, conjuntamente con la española Acciona, con Endesa.
Sin embargo, en los últimos años las reglas de juego se han modificado profundamente, al irrumpir con fuerza numerosos grupos financieros ávidos de beneficios: los capitales de riesgo. Normalmente estos capitales toman una participación minoritaria en una empresa, le dan un empujón, generalmente con participación de una entidad financiera, y al cabo de un cierto tiempo –tres o cuatro años– venden su participación obteniendo a menudo pingües beneficios. Es posible que entonces la empresa haya crecido rápidamente o, incluso, que cotice en Bolsa. Por supuesto, puede suceder también que la empresa fracase y que los capitalistas pierdan su inversión.
De hecho, el capital de riesgo no es nuevo. En Silicon Valley, la meca de la tecnología mundial, el capital de riesgo ha sido responsable del vertiginoso crecimiento de sus empresas. Ha pasado a la historia, por ejemplo, el legendario Mike Markkula, que financió a Jobs y Wozniak, al comenzar su aventura de Apple, aunque prácticamente todas las empresas de la zona han utilizado estos capitales en sus etapas iniciales. Por aquí contamos con un precedente ilustre: la reina Isabel la Católica, que financió la aventura americana de Colón empeñando sus joyas.
Sin embargo el capital para expansión (venture capital) representa actualmente sólo un 30 por ciento, aproximadamente, de las operaciones de capital de riesgo. El resto lo protagonizan grandes fondos de capital privado (private equity) que entran en empresas maduras, pudiendo tomar la mayoría o incluso el cien por cien del capital, las gestionan de forma muy agresiva (reducción de plantillas, cierre de plantas, venta de inmuebles), inyectan nuevo capital, aceleran su crecimiento y, al cabo de unos años, las venden al comprador que ofrece un precio más alto, quizás a sus propios directivos o a otra empresa de capital de riesgo.
No hay espacio para sentimentalismos; las empresas son tratadas como puras mercancías, que se compran y se venden. Estos fondos se financian de instituciones financieras, fondos de inversión, aseguradoras o grandes fortunas. Es habitual que los gestores de los fondos compren empresas con poco dinero propio y obtengan el resto endeudándose –“apalancándose”– con créditos de la banca (leverage buy out). Es justo reconocer que en empresas anquilosadas o con problemas de sucesión, la entrada del capital de riesgo puede ser una solución. En los últimos años las operaciones con private equity se han multiplicado. Panrico fue vendida a Apax Partners, Cortefiel a un grupo formado por CVC Capital Partners, PAI y Permira, Applus –inspección de vehículos– a un grupo encabezado por Carlyle, los establecimientos Vips a Goldman Sachs, la cadena hotelera Hilton a Blackstone, la clínica Baviera y los congelados La Sirena a 3i, Telepizza a Permira. Algunos de estos fondos de capital de riesgo alcanzan dimensiones gigantescas; China participa en el capital de Blackstone y el emirato de Abu Dabi en el de Carlyle, por citar dos casos. Incluso el cantante Bono, de U2, es propietario de su fondo, Elevation Partners, que controla la compañía informática Palm.
El panorama quedaría incompleto sin mencionar, además, los fondos de alto riesgo o fondos especulativos (hedge funds) que persiguen altos rendimientos a corto plazo. Sus gestores gozan de amplia libertad para realizar inversiones arriesgadas, tales como especular en el sector inmobiliario, apostar sobre las subidas o caídas de un valor o endeudarse en yenes, con un tipo de interés bajo, para invertir en francos suizos, con interés más elevado. Se estima que los hedge funds movilizan en el mundo capitales por valor de 1,4 billones de dólares. Hay muchos tiburones al acecho.
Pero en los últimos meses las operaciones de los fondos de private equity han caído espectacularmente. El fondo Texas Pacific Group, por ejemplo, ha renunciado a pujar por Iberia. La banca mundial sufre las consecuencias de las hipotecas de alto riesgo (subprime), necesita liquidez y no está dispuesta a apalancar aventuras arriesgadas. La crisis está llegando.

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