Un viaje a Libia en forma de diccionario

Soledad Gomis Bofill
A de aterrizar. Me habían advertido de que viajar a Libia no era fácil. Pero, nada más aterrizar, los problemas nos llegaron desde la antigua metrópolis, Italia. Habíamos viajado con Alitalia y, a la media hora de espera ante la cinta vacía de los equipajes, averiguamos que la compañía ni siquiera había embarcado nuestras maletas. Así que, con ropa demasiado abrigada, emprendimos el rumbo a un hotel previsto para otro día porque el nuestro era un hotel presidencial. Léase y entiéndase textualmente: no estatal sino presidencial. Del líder. Y él, Muamar el Gadafi, había dispuesto utilizarlo para alojar una conferencia sobre Darfur. A nosotros la decisión nos supuso viajar, recién llegados, 80 kilómetros más de lo previsto. Y adecuar el programa a la nueva situación. Seguramente fue peor para los que ya estaban alojados y tuvieron que buscar otro sitio.

B de belleza. Hay dos buenísimas y bellísimas razones para viajar a Libia. La primera es un patrimonio arqueológico de primer orden, plagado de yacimientos griegos y romanos. El otro es el desierto, o los desiertos, porque los libios distinguen entre cinco tipos distintos según el suelo y la topografía. En mi caso, el motivo fueron las ruinas, con un mínimo atisbo de lo que es el desierto que me hizo desear un nuevo viaje para conocerlo realmente –y de paso ver algunos de los yacimientos rupestres de diversas civilizaciones. Hay belleza, también, en la letra siguiente, la C. Por lo demás, el feísmo se impone por doquier, con construcciones bajas, sin encalar, a cemento vivo, con parte de la estructura a la vista y con tiras metálicas asomando de los pilares, por si algún día la casa crece en altura. Tampoco hay cuidado alguno en la limpieza, y los desperdicios se acumulan a lado y lado de los caminos.

C de costa o de Cirenaica. Que viene a ser casi lo mismo. La Cirenaica, la región al noroeste del país, presenta algunos de los mejores paisajes de Libia, desierto al margen. En la costa, sin edificar –aunque el hijo del líder presentó un proyecto eco-​lux con edificios de los más relumbrados arquitectos internacionales – , las tierras rojizas llegan a la playa, cultivadas y salpicadas de palmeras, olivos, cipreses y enebros. Hay pocas casas, algunos rebaños y un relieve suave. Nadie se baña –sólo visitamos un hotel a pie de arena, en otra región. Benghasi, la capital de la región, está abandonada por el régimen, que sitúa en esa zona la mayor desafección al líder. Cirene, la otra capital, la que fundaron los griegos en 640 aC, fue durante un milenio, una de las ciudades más monumentales del Mediterráneo. Ella sola ya merecería el viaje, con un templo dedicado a Zeus comparable al de Paestum, pero, además, con una palestra, un ágora, una casa con mosaicos o un teatro donde son evidentes los estragos del terremoto del año 365 que una mecenas italiana parece que va a paliar. Al salir casi conmocionados de las ruinas, no había postales. Tal vez sea la manera de asegurar el pago del derecho a fotografiar (ver F).

D de descontento. La gente no está satisfecha, parece. Dicen que viven sobre un mar de petróleo y que su nivel debería ser el de los Emiratos Árabes o el de Kuwait –lo dicen hombres y aclaran que dejan aparte la situación de la mujer-​. En Libia hay muy escasas inversiones en carreteras, no hay trenes y no se invierte en excavaciones. Además, algunos de los hoteles que se están construyendo con capital extranjero y, más aún, los nuevos que se anuncian, no son asequibles para los libios. Están esperanzados con los cambios que va introduciendo el hijo del líder, Seif el Islam Gadafi. Son, en general, reclamaciones económicas, más que de otro orden.

F de fotografía. Ahí es donde a los viajeros se les va el dinero en Libia. En cada yacimiento arqueológico hay que pagar por hacer fotografías. Se las apañan para que la tarifa no baje de 10 dinares, aunque, en los lugares de gran interés, suele ser de 15 (unos 3 euros) por el conjunto, 5 más por el museo –aunque luego no haya iluminación, sólo la luz que entra por los ventanales– y 5 más por el lugar más relevante, probablemente el teatro. La tarifa sube a 10 dinares por supuesto en caso de grabación en vídeo.

E de expolio. La suerte, para Libia, ha sido quedar un poco a trasmano y evitar así, en gran medida, un expolio mayor de sus vestigios arqueológicos. En la maravilla que es Leptis Magna pueden verse, sobre la arena de la playa, tres enormes columnas de mármol que un cónsul francés tardó meses en sacar de su emplazamiento original para luego no encontrar barco que pudiera trasladarlas. Pero toneladas y toneladas de mármoles, debidamente cortados, dejaron las termas y las basílicas de la ciudad para cubrir suelos y paredes de Versalles y otros edificios monumentales en Francia y en Gran Bretaña. Actualmente uno no puede pasear por las ruinas con mochilas ni bolsas y, en algún punto, como el magnífico teatro, hay un fuerte despliegue policial. Sin embargo, al recorrer el mercado, observé que un mostrador de mármol decorado con delfines que podía verse hace un año ya no está ahí. Pregunté al guía y resultó que ha sido trasladado a “los almacenes de Trípoli”. Porque algunos quieren seguir expoliando y lo han hecho de noche, llegando en embarcaciones. Solamente en otro lugar, el quizás aún más extraordinario teatro romano de Shabrata vimos también vigilancia policial, pero apenas hay perímetros de seguridad debidamente vallados, ni menos aún cámaras de vigilancia.

G de gratis. Los libios lo tienen casi todo pagado. Cuando una pareja se casa, el Estado la provee de vivienda. Si desean irse a vivir cerca de los padres de él –es lo usual– o, si quieren una casa con determinadas condiciones, pueden quedarse el dinero equivalente y poner ellos la diferencia necesaria para comprar otra. Lo mismo ocurre con el coche. El que ofrece el Estado suele ser asiático y su valor ronda los 19.000 dinares (casi doce mil euros). Hay un importante mercado de coches de segunda mano: Mercedes, Volkswagen, Toyota. Muchos vienen de Suiza y parece que la etiqueta con la CH (Confederación Helvética) debe de ser un signo de distinción, porque nadie se molesta en quitarla. A veces tampoco se molestan en desenganchar la matrícula anterior sino que sobreponen la del país.
También son gratis la electricidad, el agua, la enseñanza y la sanidad. Los libios no pagan impuestos. Así que el sueldo medio, 400 dinares, equivalente a 240 euros, es más que suficiente. Ese sueldo llega a unos 1.300 dinares entre los médicos y a 1.800 dinares entre los catedráticos de universidad.

H de hoteles. Los hoteles del Estado tienen la apariencia estándar e internacional para mí lamentable, que se daba también en antiguos establecimientos de la Europa del Este. Aunque, en lo que se refiere a estrellas, su distribución es, cuando mínimo, generosa. En la capital, el hotel presidencial citado, que necesita de todo tipo de recomendaciones para otorgar alojamiento, cuenta con paredes desempapeladas. O sea, con papel generosamente levantado, ventanales que a menudo no cierran, tele sin mando a distancia, griferías forradas de cal y cortinas de baño decoradas con verdejo. Las plantas nobles, en cambio, tienen el lujo propio de los países árabes, con profusión de dorados, moquetas, telas y alfombras que no dejan un centímetro sin cubrir, y un estado de revista impecable. Nuestra conclusión fue que debía haber habitaciones y habitaciones, y que nuestra planta debía ser la destinada a turistas occidentales sin referencias. Al margen de los hoteles del Estado, poco a poco se abren en Libia nuevos establecimientos, participados por capital extranjero. Alguno es bonito y tiene carácter, como el de la maravillosa ciudad bereber de Ghadames. Otros, recién inaugurados como resort, ofrecen un amplio bungalow con sala de estar y tele en la que es posible mirar las principales cadenas europeas, cocinita, habitación doble y ¡un gran baño con una ducha de 60x60! Ah, y un colchón de piedra. Aunque de pequeña me llamaban la princesa del guisante, prometo que no fui la única a la que le salieron cardenales de dormir ahí, a pesar de que sobrepuse cuantas toallas encontré.

I de inmigración. Los libios no emigran, pero sus vecinos inmigran. Se ocupan en la hostelería, si son tunecinos, y en empleos de inferior categoría o también en hoteles, pero sin trato con los huéspedes, si provienen del África negra. Los libios miran a los inmigrantes por encima del hombro porque aceptan propinas, cosa que ellos, oficialmente, no hacen. Los camareros extranjeros son notablemente más locuaces que los libios. El turista los distingue porque les encanta entablar conversación, y porque lo hacen en francés. La lengua más común para los locales es el italiano, resultado de una colonización tardía y breve –apenas tres décadas a principios del siglo xx. Aún hoy Italia mantiene su influencia y es el país con el que hay mayor intercambio comercial. Inevitablemente, en lo que a la hostelería se refiere, el inglés se abre paso con rapidez.

K de kilómetros. Recorrer Libia es hacerse un hartón de coger autocares y aviones. No hablo de trenes porque no los hay, ya lo he dicho. Ni de coches, porque el turismo “por libre” es prácticamente inexistente. Para viajar a Libia se necesita una carta de invitación personal del líder que resulta casi imposible de conseguir por iniciativa individual, hay que obtenerla a través de agencias libias. Además, muy a menudo existen puestos de control en la carretera en que se deben mostrar los permisos para viajar. También el acceso a las ruinas importantes está tramitado con meses de antelación. Así que es inevitable el autocar, el 4x4 –para el desierto– o el avión. Libia ocupa una extensión de 1.759.540 kilómetros cuadrados, cuatro veces la superficie de España –y con una densidad de 3,3 habitantes ¡por kilómetro cuadrado! Su costa se extiende, entre Egipto y Argelia, a lo largo de casi 1.800 kilómetros.

L de líder. Él es Gadafi, claro. Lamentaba nuestro guía que, cuando vivió en Madrid, la única manera de que la gente identificara su país era hablar de Gadafi. En su Libro verde, el líder explica el sistema que se considera una tercera alternativa al capitalismo y al marxismo. De la revolución que él impulsó se celebra ahora el 38 aniversario. Que no se trate de un número redondo no es óbice para que por todo el país y especialmente en la capital, centenares de vallas recojan este número sobre bucólicos fondos. Muamar el Gadafi preside el hall de cada hotel que visitamos y comedores de todos los precios, además de tiendas, museos y cualquier establecimiento de uso público que se pueda enumerar. Las fotografías o láminas le muestran solemne, sonriente, en plano corto, en plano general, montado a caballo, con diferentes edades. Y en el Museo Nacional, entre esculturas y mosaicos imponentes, nos sorprende un Volkswagen escarabajo: es el coche que él utilizaba cuando preparaba la revolución.

M de mantra. ¿Qué hace ahí esta palabra?, puede preguntarse algún lector. Y es que no puedo escribir nada sobre Libia sin hablar de los garamantes. Garamantes, garamantes, su nombre se convirtió para mí en una suerte de mantra. Me fascina su sonido, que funciona, al margen incluso de su enorme poder evocador. Los garamantes son citados por Herodoto, en el siglo v aC, como un pueblo sedentario, de agricultores, que combatían en carros. Vivieron en el Sahara y nunca fueron conquistados por los romanos, aunque sí duramente perseguidos.

P de policía. Todo el viaje estuvimos acompañados por un policía. La excusa es protegernos, la realidad, controlarnos. Pero era un control que sólo podía evitar que organizáramos el robo de alguna pieza arqueológica, porque nuestro hombre apenas hablaba unas palabritas de italiano y cuatro de inglés. Poco podía entrometerse o censurar al guía o nuestros comentarios sobre el régimen o su líder que, además, siempre era nombrado con esta fórmula para evitar que le molestara al oído oír reiteradamente el apellido Gadafi. Este policía, que había entrado ya en la primera madurez, nos invitó un día a bombones para celebrar que se había cerrado su compromiso matrimonial. Y debió ser la impaciencia ante las futuras delicias del matrimonio lo que, a partir de aquel momento, le llevó a mirar con ojos de carnero degollado a una de las viajeras y a sentarse a su lado en un avión con cien asientos vacíos o en un autocar en el que hasta entonces se había mantenido en un rincón. Hasta que ella, alarmada, encontró la manera de rehuirle.

R de ruinas. Las ruinas, ya se ha visto, recorren la costa líbica. En el desierto quedan restos de pueblos autóctonos, sobre todo cuevas con pinturas rupestres. Libia –dicen los arqueólogos– estuvo habitada desde la Edad de Piedra. Luego los fenicios fundaron las primeras colonias en el siglo vii aC. A las posteriores llegadas de púnicos, griegos y romanos debemos las ciudades de Cirene, la prodigiosa Leptis Magna –que también por sí sola reclama una visita a Libia – , Shabrata, Apollonia, Ptolomais, y otras menores. Menores en la dimensión líbica, entendámonos. En todas es obligado el acompañamiento del guía local. Los nuestros hablaban todos en italiano y, excepto uno, no eran jóvenes. Lo mejor era el amor que sentían por aquellas piedras.
Recuerdo uno que conocía al dedillo los progresos de las excavaciones que realizan, durante el verano, arqueólogos extranjeros. Acompañaba sus explicaciones de croquis y dibujos resultado de esas excavaciones. Y sabía perfectamente lo que podía encontrarse en internet sobre su ciudad. Por eso se enfadó –con buena parte de razón– cuando consideró que algunos del grupo no atendían y fotografiaban a diestro y siniestro sin saber a qué respondía cada cosa. Otro guía era él mismo arqueólogo y mostraba con orgullo la primera columna que reconstruyó. Lo patético eran las hectáreas por excavar que se abrían ante él y que, ni con cuatro vidas, podría descubrir.

S de sopa. Todas las comidas, en Libia, suelen comenzar con una sopa. La más frecuente, sopa libia la llaman, combina una base de verduras, algo de cordero, pasta de piñones y mucho picante. A veces el turista necesita añadir unas gotas de limón para atenuar las especias. Tras la sopa, si el restaurante es bueno, hay un surtido de pequeños entremeses con humus de garbanzos o berenjenas, hamburguesas vegetales y otros platos comunes a los países árabes. Entre las carnes, abunda el cordero, aunque al turista le llenan de pollo, y la más preciada –con razón– es la de camello. Pescado se toma poco, a pesar de la extensísima costa. También en muy frecuente el cuscús, también precedido de sopa. En los postres, los dulces árabes, dátiles, fruta –manzanas del país y bananas de Ecuador que, en contra de lo que ocurre en España, están en su punto. Luego el té verde, azucarado y servido en pequeños vasitos pone un delicioso punto final.

T de Trípoli. La capital tiene una parte antigua, una medina de callejuelas blancas, con tiendas dirigidas más a los autóctonos que al turista. Lo que se ofrece son telas de las que usan las novias: rayadas y con brillos. También multitud de abalorios de oro de un brillo y unas formas tales que no tientan a ninguna extranjera. Estas se decantan por objetos de artesanía y por joyas de plata, de estilo más acomodaticio con un vestuario occidental. Hay asimismo un barrio italiano, de edificios de aire colonial, blancos también. Trípoli se abre a un puerto absolutamente mercante. Es una ciudad cuidada, que no bonita.

U de Unesco. La Unesco declaró Patrimonio de la Humanidad diversos lugares del país: las ruinas romanas de Leptis Magna, las griegas de Cirene, la ciudad bereber ahora inhabitada de Ghadames, y ayudó en la construcción del Museo Nacional, con sede en Trípoli. En sus paredes cuelgan aún fotografías del día de la inauguración, donde el tradicional protagonismo del líder comparte espacio con Federico Mayor Zaragoza, que fue director general de la organización. Pero la Unesco, dicen, no quiere ayudar en las excavaciones. Considera, con razón, que el país cuenta con recursos suficientes.

V de vestimenta. Entre los hombres lo más común es la vestimenta al estilo occidental, aunque sólo sport. No se llevan trajes ni corbatas. También algunos visten al modo tradicional, largas túnicas, sobre todo blancas, y la cabeza cubierta con casquete de tela. Entre las mujeres se ve de todo: en un delgadísimo extremo las maquilladas, teñidas y vestidas como occidentales, en el otro extremo, algo más ancho, las que van totalmente cubiertas y asoman sólo un ojo entre sus telas negras, y la inmensa mayoría, con un pañuelo cubriendo el cabello y la ropa holgada, sea tradicional o sea traje pantalón. Faldas que dejen las piernas al descubierto, no recuerdo ninguna. Tampoco nadie mira mal a nadie, aunque una pueda sentirse extraña si se adentra en el mercado de los autóctonos, donde sólo nos cruzamos con una mujer de coloristas ropas y cabello rojizo que resultó ser italiana, afincada allí. Las locales, tras sus amplias túnicas, tal vez lleven minifalda. Tenerlas las tienen. Y se las ponen en ocasiones, como despedidas de soltera. Entonces las calles son suyas. Y los hombres se ocultan tras las ventanas para ver qué tipo tienen ellas y como resultan maquilladas y con la melena suelta.

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