La mejor educación

Hace unas semanas salieron los resultados de un informe mundial de educación. Los adolescentes españoles salían malparados. Su capacidad lectora y matemática era floja. En los días siguientes, los analistas acusaron, los profesores se defendieron y por suerte los políticos no propusieron una nueva ley.
La educación de un país no depende de una ley de educación. Los primeros países en estas clasificaciones son siempre los mismos: Finlandia, Corea del Sur, Suecia, Canadá, por ejemplo. Son países cuyas tradiciones educativas son un ejemplo. Los profesores están entre los mejores de su generación y los padres pueden elegir las mejores escuelas –sin tener que dejarse una fortuna– con lo que las malas tienen que mejorar.
Son cambios que llevan tiempo y que, de momento, aquí no parecemos poder asumir. No en vano, los que hoy mandan también salieron de esas aulas tan criticadas. Seguramente si el informe examinara a las clases dirigentes de los países –y no sólo a los pobres adolescentes– los resultados serían similares. De tal palo tal astilla, reza un sabio refrán. Los países pueden cambiar, claro, pero legislar a golpe de informes es inútil. Mejorar la educación es una tarea lenta.
No estaría mal ser un poco más escépticos con estos informes. Es verdad que los jóvenes finlandeses son mejores que los españoles. Esto hace un titular magnífico. Pero cuántas veces los mejores estudiantes –el empollón– de la clase se ha quedado en un gris oficinista y quien menos uno pensaba ha llegado a dirigir imperios, escribir novelas de éxito, dirigir periódicos que ahora titulan sobre las desgracias de nuestro sistema o incluso ha llegado a tener la posibilidad de dirigir los designios de su país desde un escaño. No es mala idea para un futuro número de esta revista preguntar a algunos prohombres cómo fueron en su paso por la escuela. Alguna grata sorpresa nos llevaríamos. q

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