La biblioteca de libros que me han marcado

Pablo d’Ors
Para ser del todo sincero tendría que decir que los libros que más me han marcado son aquellos que yo mismo he escrito. En mi historia de lector, difícilmente encontraré un libro que me haya abierto tantas puertas como la colección de cuentos El estreno, mi ingreso en la narrativa, uno que me haya causado tantos problemas y malentendidos como la novela Las ideas puras, uno que me haya dado tantas alegrías como la nouvelle Andanzas del impresor Zollinger, y uno, en fin, que recoja de forma tan cabal y completa mi visión del mundo y del hombre como El estupor y la maravilla.
Dicho esto, debo advertir que no soy definitivamente un buen lector: soy demasiado compulsivo y voraz, lo que significa que no digiero bien y que antes de haber amaestrado un argumento o una historia ya estoy arrojándome a la siguiente. Soy, además, demasiado empático: cuando leo persigo lo que me importa; siempre voy al acecho de quien me cuente mi propia biografía. Más sencillamente: en la literatura busco espejos. Por si esto fuera poco, leo para escribir. Todos mis libros han nacido en los márgenes de libros ajenos, de donde bien puede deducirse que, en mi opinión, el arte nace del arte, y no de la vida, como piensan quienes ni gozan ni padecen esta vocación.
Mi biblioteca está dividida en dos grandes bloques: las novelas, por una parte; y los ensayos de –digamos– espiritualidad, por la otra. Bajo el epígrafe “espiritualidad” incluyo teología, pastoral, historia de las religiones, fenomenología, zen. No abordaré aquí esto último, si bien es cierto que sin conocer mis libros religiosos de cabecera difícilmente podrá nadie hacerse cargo de quién es realmente Pablo d’Ors. Voy a centrarme en el territorio de la ficción y, dentro de ese vasto continente, sólo en los libros que –mejores o peores– me han configurado como escritor.

Los hermanos Grimm,
Cuentos
De niño estudié en el Colegio Alemán de Madrid, por lo que mi imaginario infantil –del que todavía hoy sigo bebiendo– es esencialmente germánico. Los maravillosos personajes de los Grimm, sus tramas y escenarios, poblaron mis sueños y me abrieron al imprescindible mundo de la fantasía.

Lobsang Rampa,
El tercer ojo
He leído que su autor era un impostor que quiso enriquecerse exportando a occidente los supuestos secretos más ancestrales y herméticos del mundo de los lamas. Poco importa eso. Las peripecias de su protagonista –un monje superdotado y capaz de ver el aura– me inocularon el veneno del oriente cuando yo apenas contaba catorce años; todavía más, me hicieron vislumbrar que la aventura más intensa que puede vivir un hombre es la interior.

Hermann Hesse,
El juego de los abalorios
Claro que también podría hablar del Lobo estepario –que hoy me parece tan flojo– o de Siddharta –que sigue pareciéndome excepcional – ; el caso es que Hesse me descubrió, siendo yo un adolescente, el incomparable poder de la literatura. El juego de los abalorios es la mejor parábola que se ha escrito nunca sobre la vida religiosa, si bien se trata aquí de una vida religiosa aristocrática y sin Dios. Nunca he leído un relato de iniciación tan inteligente y emocionante como el que aquí nos brinda, con suma elegancia, el Nobel alemán.

Milan Kundera,
La broma
Esta novela me hizo mucho daño, muchísimo, si bien no creo que haya habido ni pueda haber un libro más significativo para mí. Tras su lectura comprendí algo que puede parecer pueril, pero que revolucionó mi vida: que se puede fracasar, que el fracaso tiene sus derechos. Es el libro que más veces he leído.

Thomas Bernhard,
La calera
También aquí, como en el caso de Hermann Hesse, podría haber escogido otros títulos como por ejemplo Trastorno, El sobrino de Wittgenstein o Tala, y ello porque Bernhard es siempre e inconfundiblemente él mismo: una escritura hipnótica como no conozco otra, y ese vicio por regodearse en los infiernos humanos, paisajes que durante mi juventud tanto me empeñé en frecuentar. Aunque por el tema pueda despistar, el autor que más me ha influido estilísticamente es Thomas Bernhard, a quien dediqué el mejor de mis cuentos.

Robert Musil,
El hombre sin atributos
Un autor que escribe para ser subrayado, brillante, ingeniosísimo, de una ambición brutal. No sé si lo entiendo del todo, pero me hizo ver que una novela puede ser un mundo, y un escritor, en consecuencia, algo así como un dios.

Stefan Zweig,
Los ojos del hermano eterno
Delicioso, exactamente lo que yo quisiera escribir. Con sabor a leyenda, este virtuoso y estratega que era Zweig traza con sabiduría las fases que debe atravesar un asesino para reconciliarse con su destino y encontrar la paz. No hay un libro que haya recomendado más: es breve y enjundioso, está preñado de humanidad y se lee como la seda.

Franz Kafka,
Obras completas
En este caso no me quedo con una obra en concreto, porque de la K. de las letras universales me gusta todo sin excepción: los diarios, las cartas, las narraciones. Kafka, que tanto sufrió con su pluma, me ha enseñado a confiar en la mía. Kafka siempre habla de mí, y eso me fascina.

Heinrich von Kleist,
Michael Kohlhaas
Se narra en este Michael Kohlhaas de Von Kleist la historia de un hombre bueno que se pervierte por causa de una injusticia de apariencia intranscendente. Yo soy muy obsesivo y este personaje también; de modo que no me fue difícil identificarme con él. Es el único libro que he empezado a leer por segunda vez nada más terminar la primera lectura.

¿Es ésta, pues, mi historia como lector? En esencia, sí, aunque para que fuera más exacta habría que añadir algunos títulos como Bartleby, el escribiente, de Herman Melville; Lolita, de Vladimir Nabokov; El Evangelio según Jesucristo, de José Saramago; Una fiesta en el jardín, de Gyorgy Konrád; Las sillas, de Eugène Ionesco; El sendero del bosque, de Adalbert Stifter; La montaña mágica, de Thomas Mann; El libro del desasosiego, de Fernando Pessoa, y cualquiera de los libros de Robert Walser.
En el ámbito más explícitamente religioso tendría que citar El peregrino ruso, que es anónimo; Sacerdocio católico, de monseñor Montini; Charlas acerca de la gracia, del cardenal Journet; El canto del pájaro, de Anthony de Mello; El coraje de ser, de Paul Tillich; Introducción a la vida evangélica, de Eugenio d’Ors; Obras espirituales, de Charles de Foucauld; Guía del caminante, de Ana María Schlütter; y, por fin, la Autobiografía, de Mahatma Gandhi.
La suma de todos estos libros sí que da como resultado –según creo– una buena fotografía del paisaje espiritual en que Pablo d’Ors se reconoce.
Pero no hay que asustarse: se trata de muy pocos libros teniendo en cuenta que –según mis cálculos– he leído unos cien libros por año en estos últimos veinticinco, de donde fácilmente se infiere que ya casi he sobrepasado los dos mil quinientos. Me sobrecoge esta cifra, y doy gracias porque ya casi lo he olvidado todo.

Revistas del grupo

Publicidad