Qué es un cambio climático

Jordi Pérez Colomé
Si un día los humanos desaparecemos de este planeta, será seguramente por un cambio climático. No será, de momento, por el que ahora vivimos. El clima ha cambiado siempre en la historia. Así, que ahora la Tierra se caliente no debería sorprender. Pero hay dos cosas que no encajan: el ritmo rápido del cambio –0,74 grados más de media desde 1900 a 2005– y el alto nivel de de dióxido de carbono (CO2) en la atmósfera, que no parece fruto de un proceso natural. El amplio consenso científico dice que lo hemos puesto allí nosotros, los humanos, sobre todo quemando petróleo y carbón. El CO2 es como una manta que rodea la Tierra y que hace que el calor del sol que entra no salga. Cuanta más gruesa es la manta, más calor hace.
David Serrat es catedrático de Geodinámica de la Universidad de Barcelona. Cuando voy a verle para pedirle por el cambio climático empieza a hablar sin que le pregunte nada: “Este cambio climático no es una variación más grande que otras que ha habido a lo largo de la historia”. El problema es el papel que el hombre juega y sus consecuencias.

Quite un glaciar de su vida
Serrat me da pruebas de que no estamos tan mal. Empieza por los glaciares que se derriten en las montañas. Es verdad que disminuyen, pero “más de la mitad del tiempo los glaciares han estado más arriba de lo que están hoy, y no pasaba nada”. Hace poco, Serrat visitó un glaciar pirenaico con un geógrafo amigo: “Me dijo: ‘¡Estos glaciares hay que conservarlos como si fueran ermitas románicas!’ Cuidado con eso. Yo me he dedicado toda la vida a los glaciares y hay dos problemas: ¿cómo los conservas? Es imposible. Y luego, los glaciares son señal de las peores épocas para la humanidad”.
Nosotros vivimos ahora en el holoceno, una época interglacial. En los últimos miles de años, cuando los glaciares crecían, significaba frío y por tanto desgracia. Aparentemente, los bárbaros invadieron Roma huyendo del frío que se apoderaba de su tierra. O durante los siglos xvi-​xix se dio la pequeña edad de hielo, que hizo estragos en Europa. “Fue la causa de una de las grandes catástrofes recientes”, según Serrat. El frío, no hay que olvidarlo, mata más que el calor.
Por tanto, que haga más calor no es en sí malo. “El óptimo climático se dio por ejemplo en la época de los romanos. Hasta la cumbre del Aneto había prados verdes”. El Aneto es una montaña del Pirineo donde hoy hay glaciares, aunque disminuyen.
También se dio entre el siglo ix y el xiii el periodo medieval caluroso. Averiguar si aquella época fue más calurosa es difícil. Entonces no había termómetros y para saber la temperatura debe recurrirse a aproximaciones como los troncos de árboles o tubos de hielo, donde se pueden leer en cierto modo los cambios de temperatura. Parece que hoy la temperatura sube más rápido. Pero es más discutible si ya hace más calor que entonces.

Un futuro incierto
El problema es que tras que haya aumentado un poco la temperatura, como ocurre ahora, el proceso se nos vaya de las manos. Estamos seguramente jugando con fuego. Para un geólogo, que maneja millones de años como yo manejo semanas, el ser humano es raquítico. La civilización como ahora la estudiamos en historia surgió con este holoceno nuestro, al final de la última glaciación, hace diez mil años. En este periodo la temperatura se ha mantenido estable, ni mucho frío ni mucho calor. ¿Por qué? Es difícil decirlo. Pero hemos tenido esa suerte.
Eso no significa que no cambie un día: “Durante las épocas glaciales primero subía la temperatura y siglos después lo hacía la cantidad de CO2. Ahora estamos haciendo que sea al revés. ¿Cómo reaccionará la tierra? Nadie lo sabe. Esa incerteza que la ciencia no puede solucionar, nos asusta”. Habrá que vivir sin tener el futuro asegurado.
Aunque, por ejemplo en España, no estará de más prepararnos. “Lo que está claro ya es que la temperatura sube y que en el Mediterráneo hará más calor y lloverá menos; tenemos que ir adaptándonos y ver lo que hace un país como Israel, que ya vive con poca agua”. Durante el mes de marzo, La Vanguardia publicó dos informaciones largas sobre cosas que ya se hacen en Israel y que aquí parece que se ponen en marcha: el paso a una agricultura de secano (olivos, viñas, almendros) y el uso de agua potable sólo para lo estrictamente necesario. Para otras cosas puede usarse agua desalada o reutilizar la que sale de las depuradoras con un tratamiento especial, en lugar de tirarla al mar. Adaptarse a un clima más cálido, “que no tiene nada de malo en sí”, según Serrat, es una de las posibilidades ante el cambio climático.

Mejor prevenir que curar
La otra es mitigar sus efectos. El catedrático de Física de la Universidad Autónoma de Barcelona, Josep Enric Llebot, cree que deberíamos hacer ya algo “para impedir crear inercias en la naturaleza que luego serían imposibles de contrarrestar”. Hay cuatro factores que nos permiten saber que el clima cambia. El primero, la temperatura, ha aumentado. El segundo, la pluviometría, es muy variable. No hay una señal clara. El tercer elemento son los glaciares, que disminuyen, pero cuya variedad podría ser natural –es improbable pero podría ser.
Hay sin embargo un cuarto factor que da más pistas. Son los cambios fenológicos, que son distintos aspectos naturales. Por ejemplo, en Cardedeu, un pueblo cerca de Barcelona, el maestro de la escuela anotó desde 1952 al 2000 cuándo salían las hojas, las flores, los frutos y cuándo caían. Resulta que las hojas salían antes y caían más tarde en el 2000 que en 1952, que la maduración se ampliaba y que por tanto el periodo activo de la planta se alargaba. En suma, la primavera se adelanta y el final del verano se retrasa. Esto podría pasar sólo en Cardedeu, por un cambio local, pero datos de otras partes dan, según Llebot, resultados similares. Son datos que indican que algo pasa.
¿Qué puede pasar? “Veamos el CO2”, dice Llebot, “y nadie niega que crece”. ¿Hace el CO2 que la temperatura aumente? “Históricamente, eso es falso”. Como me ha dicho Serrat, en las últimas glaciaciones, la temperatura subía primero, a causa de ligeros cambios en la órbita de la Tierra respecto al sol. Unos 700 años después lo hacía el CO2. Esto indicaría que “el CO2 no era el motor del cambio”, como ahora se dice. Sin embargo, ahora crece mucho más rápido de lo que le tocaría, con lo que sí puede serlo. ¿Qué pasará? Lo probable es que haga aumentar la temperatura cada vez más.
Además, geológicamente, la Tierra debería dirigirse ahora hacia una nueva glaciación, de aquí a unos diez mil años. La temperatura, aunque imperceptiblemente, debería descender. Pero sube. Es otra prueba de que el hombre puede haber alterado el clima. Pero a la vez puede ser bueno si logra dominarlo: estaríamos retrasando la llegada de la próxima era glacial. Sería una buena noticia.

¡Pero si esto es un cuento!
Uno de los grandes escépticos españoles es el geógrafo vasco Antón Uriarte. Para él hay poca incertidumbre. Esto del cambio climático es un cuento y punto. Hablo con él por teléfono. Su tesis es la siguiente: la tierra se calienta, sí, pero no se debe “fundamentalmente” a la actividad del hombre. Es un cambio natural.
Uriarte me da el teléfono muchos argumentos, pero destaco tres. La Tierra se ha calentado durante el siglo xx, sí, pero sobre todo lo ha hecho entre 191040 y al final, desde los años 70 hasta el 2000. Es cierto. Para contrarrestarlo he oído dos opiniones. La primera es que el aumento no tiene por qué ser constante. Puede haber altibajos. El segundo es más elaborado: el CO2 impide al calor del sol salir de la atmósfera y por eso se calienta la Tierra; si hay algún elemento en la atmósfera que impida un poco la entrada del sol, habrá menos y por tanto el CO2 retendrá menos calor en la atmósfera. Esto es lo que ocurre cuando un volcán entra en erupción. Es como una chimenea que emite una especie de ceniza que impide parte de la entrada del sol en la atmósfera. Ocurrió con el Pinatubo a principios de los 90 y la región de las Filipinas se enfrió. Pues bien, en los años 40 y 50, cuando la temperatura no subía, el hombre emitió muchos aerosoles, que hacen una función parecida a la de un volcán. Pero los aerosoles sobreviven menos en la atmósfera y cuando se disiparon el CO2 volvió a ejercer su función y a calentar la tierra.
También me dice Uriarte que en los últimos diez años la temperatura desciende. Es cierto: desde 1998 la temperatura baja. Sin embargo ese año fue el del Niño –un fenómeno natural de alteración del clima– más fuerte del siglo. Es lógico que descienda desde entonces, pero la tendencia global al alza se mantiene. Escoger como inicio de una tendencia un año “extraordinario” no es lícito cuando se habla de tendencias en décadas.
Por último, Uriarte apunta que en el Jurásico los niveles de CO2 en la atmósfera eran muy superiores a los que habría en el 2100 si no paráramos de emitir al nivel que lo hacemos ahora, “y había mucha más vegetación”. Es probable –los datos del Jurásico son difíciles de contrastar – , pero también el planeta era distinto. La relación exacta entre la temperatura y el nivel de CO2 no es irrefutable. Hay muchos elementos que lo producen y engullen: el mar, la vegetación, el suelo, el hielo.

Qué dice Naciones Unidas
El consenso científico sobre el cambio climático está en los informes del Panel Intergubernamental en Cambio Climático de Naciones Unidas. En todas las entrevistas que he hecho, lo citaban. Su último informe, el cuarto, lo publicaron a finales de 2007. “El calentamiento del clima es inequívoco”, dice. El Panel reconoce que una de las dificultades para tratar del cambio climático es su variación regional. Por ejemplo, dicen que “globalmente el área afectada por la sequía se ha incrementado ‘probablemente’ desde los años 70”. ¿Por qué sólo “probablemente”? Pues porque, entre 1900 y 2005, “la precipitación se incrementó significativamente en el este de América del norte y del sur, en el norte de Europa y en el Asia central, pero declinó en el Sahel, el Mediterráneo, África del sur y partes de Asia del sur”. Las mayores polémicas están sin embargo en los modelos que utiliza el Panel para prever el futuro. Cogen distintas opciones –según los diferentes ritmos que puede tener el crecimiento de CO2– y las alargan en el tiempo mediante complejos programas de ordenador. En los medios solemos ver lo que ocurriría en el peor de los casos.
Antón Uriarte me advierte de una cosa que ya había comprobado. En muchos de los informes y artículos sobre cambio climático las peores noticias están al principio. Conforme uno avanza, las cosas se matizan. El Panel da al principio ejemplos de “lo que puede ocurrir”. Pueden ocurrir muchas cosas desastrosas, claro, pero más adelante rebaja las perspectivas porque las previsiones “no recogían cambios o desarrollos en capacidad adaptativa”. Unas páginas más allá dice: “Hay estudios que indican que hay ‘gran acuerdo’ y ‘mucha evidencia’ del sustancioso potencial económico para la mitigación de las emisiones globales de gases de efecto invernadero en las próximas décadas”. Hay margen de reacción. El reto es saber cuánto.
Cuando el Panel habla del largo plazo, advierten que “determinar qué constituye ‘interferencia humana peligrosa en el sistema climático’ implica juicios de valor”. Esta es una de las claves. ¿Cuánto calor más podemos permitirnos sin que se nos vaya de las manos? Es una decisión política. Queda por tanto para los políticos. De eso me ocupo en la segunda parte.

En qué quedamos
La temperatura media de la tierra sube. Es casi seguro que la causa sea el nivel de CO2 en la atmósfera y que ese CO2 lo hayamos puesto ahí nosotros, los humanos. Si es así, es mejor que procuremos limitar las emisiones y adaptarnos a las ya seguras consecuencias (esto es más fácil que lo hagan los países ricos). Si el sistema climático cambiara para adaptarse a más CO2, será casi imposible detener su inercia. Pero eso no sabemos cuándo ocurrirá, ni tan sólo si ocurrirá. Para complicar las cosas, el cambio climático afecta de modo distinto a cada continente. El peligro no es una catástrofe natural inminente y seguramente el cambio más notable que veremos los que ahora vivimos será la sequía y más calor, sobre todo en invierno. Pero eso no quita que queramos dejar un planeta sano a nuestros nietos. ¿Cómo conseguirlo?

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