Relativizar las seguridades es signo de madurez

Gaspar Mora
Es convicción común que la cultura de la modernidad es plural y relativista. La libertad, uno de los ejes de nuestra sensibilidad moderna, nos ha acostumbrado a la crítica de cualquier dogma. Se desmoronan evidencias seculares en muchos ámbitos: social, político, cultural, sexual, familiar, ético, y especialmente religioso.
Creo que esta convicción no responde exactamente a la realidad. Nuestra cultura lo ha puesto todo en duda no por simple afán de destrucción de dogmas sino en función de algo que considera superior; este algo es el valor de la persona, de su libertad, de su felicidad, de su realización. Nuestra sociedad tiene absolutos tan fuertes que han puesto en duda convicciones seculares, y estos absolutos son éticos. Hoy se acepta cualquier discurso sobre cualquier tema, pero no se acepta, por ejemplo, la defensa del racismo, de las dictaduras o de las ablaciones. De hecho, éste es el punto de llegada del cambio enorme de la modernidad. Todo, incluso Dios, fue puesto en revisión en función del hombre y de su realización personal y libre. Ciertos valores antropológicos y éticos son nuestros absolutos, sobre los cuales no aceptamos ningún relativismo.
Veo este fenómeno en dos ámbitos actuales. Uno es el conflicto de las civilizaciones. Nuestro occidente moderno ha aprendido, más o menos, a aceptar todo tipo de pluralismo: cultural, lingüístico, político, religioso. Pero no puede aceptar un sincero pluralismo en los valores éticos; no puede entender como pluralismo aceptable la sumisión de la mujer o la ablación femenina de otras culturas, y rechaza que se entienda la exigencia del respeto a cada persona como una imposición occidental. Otro ejemplo. Nuestra cultura no ve como conflictos auténticos los problemas sociales o religiosos; se deben resolver a base del respeto mutuo. En cambio, ve como verdadero conflicto la colisión de valores éticos; por ejemplo, el conflicto entre la liberación de la mujer y el derecho a la vida del feto, o el conflicto entre la negación del holocausto nazi y la libertad de expresión. Entran en colisión valores vividos como absolutos; son conflictos prácticamente insolubles.
¿Cuál es la reacción de la fe cristiana ante el fenómeno actual del relativismo? Me voy a fijar en el relativismo de los valores religiosos en el actual clima agnóstico e increyente, alimentado por el impacto de la pluralidad de las religiones en nuestro mundo globalizado. Es claro que la Iglesia ha de sentirse incómoda ante el relativismo religioso. Pero también esto es preciso matizarlo.
Antes he subrayado que en nuestra sociedad, todo, también Dios y la vida eterna, se relativiza ante la fuerza del hombre, de su razón, de su libertad, de su realización. Este acento evoca experiencias cristianas muy entrañables. Como esto del evangelio de Mateo: “Si alguno de vosotros tiene una oveja y se le cae en un hoyo un día de sábado, ¿no le echa mano y la saca? Pues un hombre vale mucho más que una oveja. Por tanto, se puede hacer el bien en sábado”. Ya Jesús puso en entredicho toda la seguridad de su mundo religioso en función del valor de la vida humana, apelando incluso a evidencias de la vida diaria.
La crisis religiosa de la modernidad no ha pasado en vano. Nos ha enseñado a entender el mismo Evangelio. Creo que nuestra situación teológica actual se puede formular así: hemos aprendido a discernir entre las afirmaciones cristianas y su sentido, y a entender que es éste último el que lleva el peso de la fe. Dos ejemplos fundamentales. El primero, Dios. Hemos aprendido a distinguir entre auténticas y falsas confesiones de Dios. La confesión de Dios que no significa el bien, la plenitud y la realización del hombre, es falsa. Otro ejemplo: la muerte y la resurrección de Jesucristo. Sólo es fiel al verdadero mensaje cristiano la confesión de la muerte y la resurrección que responda a su sentido misterioso y lleno de luz; encuentra la Vida sólo el que la da en el amor y la entrega. Así hemos aprendido a pedir perdón a los hombres y a Dios por hechos que pretendían ser fieles al Evangelio pero que después ha quedado claro que no resistían al juicio del criterio evangélico, el amor de Dios por el hombre.
El cristianismo empezó con una llamada a la relativización de las convicciones más firmes de la fe judaica: “¡Qué bien anuláis el mandamiento de Dios para conservar vuestra tradición!”. Saber relativizar las seguridades es signo de madurez y ha sido el camino del crecimiento ético y religioso de la humanidad. Con la condición que el criterio de la relativización no sea el simple interés de desmoronar seguridades, sino la búsqueda del bien, la verdad, la realización auténtica del hombre. Es ahí donde se juega la fidelidad al Dios del Evangelio.

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