Un claustro en el metro

Enric Escorsa
No pienso que existan ni los ruidos ni los silencios en sí mismos. Hay contextos y determinados estados que permiten gozar o por el contrario aborrecer los mismos pasajes concretos de la sinfonía continua de la vida. Un ruido (¿silencio?) que me gusta mucho es el zumbido latente, pesado y maquinal que desprende la ciudad de Barcelona, escuchado desde la distancia y a la altura de la carretera de las aguas que sube por el parque de Collserola, en un atardecer cualquiera; hasta que se me mete en la oreja un abejorro natural.
En cambio, hay mañanas somnolientas en las que dentro de un vagón de metro cruzando el subsuelo de esa misma ciudad a toda velocidad se crea, paradójicamente, un claustro de quietud que permite entreoír los ritmos agudos, casi imperceptibles, que salen de los auriculares de alguna gente y se sobreponen los unos con los otros, de forma –para mí, entonces, por lo general (¡aunque no siempre!)– desagradable.

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