La puerta que chirría

Lola Mayo
Todos los vecinos de todas las personas hacen ruidos molestísimos. Mi vecina de arriba arrastra muebles, no puede ser otra cosa. Pero he entrado en su casa y casi no tiene muebles. Sin embargo, desde abajo parecen muchos, y parece arrastrarlos por una superficie mucho más grande que sus treinta metros de casa. Otro vecino me preguntó un día: “oye, ¿la vecina arrastra muebles?” Y yo le dije, “creo que sí…”, perpleja, porque la casa de mi vecina no está encima de la suya. Así que debe oír a otra vecina que tampoco tiene muebles.
Mi vecino de abajo tiene dos pisos, uno enfrente de otro, y pasa de uno a otro continuamente, supongo que olvida un trapo, una cazuela, un transistor, y lleva lo que necesita de piso a piso. Y de paso de uno a otro, quince, veinte veces al día, da un portazo horrible, que se oye en todo el edificio. Además, su puerta chirría, y además, su cerradura gruñe como el cerrojo de un castillo. No he logrado decirle nada, a la de encima tampoco. Son los ruidos de mi vecino, de mi piso de abajo, de mi piso de encima, de la casa donde vivo.
En casa de mi abuela, en el pueblo, había mucho silencio. Mi abuela no escuchaba la radio, ni ponía mucho la tele, y casi no tenía electrodomésticos. Andaba arrastrando los pies, casi no se la oía llegar, salvo por un silbidito, un siseo que hacía antes de preguntarte: “¿quieres macarrones?”, “hay magdalenas de Maxi”, “voy a regar el patio”. Después, vivía en un silencio habitado, que no incomodaba, no veía la necesidad de decir muchas cosas, ni tampoco me pedía que hablase. Se estaba bien así, en paz.

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