Ocho días en una tierra que fue santa

Eulàlia Tort
Me interrogan
Once jóvenes nos damos cita en el aeropuerto del Prat para coger un avión y tomar rumbo hacia Israel. Vamos a facturar maletas cuando descubrimos que antes tenemos que ser entrevistados por las autoridades israelíes. En medio de un pasillo del aeropuerto que enlaza las dos terminales, nos hacen ir pasando de uno a uno a la entrevista. Me toca una mujer israelí de unos 40 años. Quiere saber si todos los del grupo somos amigos, cuál es el objetivo de nuestro viaje, si llevo algún regalo para alguien, a qué me dedico. Cuando le digo que estoy en el ámbito educativo, nos ponemos a charlar sobre la escuela pública y concertada en Cataluña. Sin embargo, me doy cuenta de que me ha ido sacando mucha información sin enterarme. La pregunta final ha sido si llevo algún explosivo. Me alegro de que haya confiado en mi respuesta negativa y que todos los pasajeros hayamos respondido lo mismo. Aunque, ¿qué esperaba?
Llegamos a Tel-​Aviv y la guía ya nos está esperando en un minibús. Es una mujer colombiana-​israelí llamada Sonia. Nos vamos directos para Jerusalén. Haremos el viaje justo al revés de lo que hizo Jesús: empezamos por Jerusalén y acabamos en Galilea. Descargamos el equipaje, cenamos, y nos vamos a dar una vuelta. ¡Jerusalén by night, que emoción!
Nuestro hotel está cerca de un barrio ultra ortodoxo judío. Empezamos a caminar, charlando con Sonia y abrumándola de preguntas. Descubrimos un cartel, colgando en una pared, escrito en hebreo e inglés donde se indica que los grupos y turistas se abstengan de seguir andando: no somos bien recibidos. Damos la vuelta y Sonia nos confiesa que tiene miedo de que nos tiren alguna piedra, botella u objeto. Por las calles hay hombres con rizos, kipás, todos ellos vestidos de negro. Pero hay diversos looks en función del maestro al que siguen. Por ejemplo, una rama de los ortodoxos lleva un gorro típico ruso, otros llevan los pantalones por dentro de las botas, otros pantalones hasta las rodillas; por la indumentaria se distinguen las distintas escuelas.
Las mujeres turistas no les gustamos. No nos miran o incluso se tapan la cara cuando inevitablemente tenemos que compartir acera. Las mujeres no son menos sorprendentes. Todas ellas van vestidas de negro, sin tacones y muchas con pelucas. Según Sonia las mujeres casadas se rasuran el pelo para ser menos atractivas y reservan al marido su íntima calva. El paisaje que veo me suena a las fotos de posguerra. Todo solitario, todo negro, todo silencioso.

El muro es alegre
Bajamos a desayunar al hotel. Cuando estoy preparándome unas tostadas con una gran variedad de mermeladas descubro un fusil a mi lado. Hay un chico que no debe tener más de veinte años y lleva una arma, muy grande. Está haciendo el servicio militar, obligatorio en Israel: tres años los chicos y dos las chicas. Desde el primer momento, se les entrega un arma que no pueden abandonar nunca. Cuando los chavales tienen unos días de descanso del servicio militar, se marchan a sus casas con los fusiles y son más o menos habituales las muertes accidentales. Por ejemplo, un hermano pequeño que juega con el arma que hay en el comedor de casa o disparos accidentales.
Cogemos el autobús y llegamos a los restos del templo de Jerusalén. Bien, de uno de los muros de contención. El Duomo de la Roca es precioso con la cúpula dorada que se ve desde toda la ciudad. También es emocionante estar enfrente de la mezquita de El Aqsa. En esta zona, hay musulmanes orando y soldados israelíes y musulmanes.
La sorpresa llega cuando bajamos al muro de los lamentos. Sonia nos explica que judíos y musulmanes se reparten los días de acceso al muro para orar. Nos acercamos. Entre las rendijas de las piedras, miles de papelitos con deseos. Evidentemente, también pongo uno aunque cuesta encontrar sitio libre. Hay mujeres que lloran mientras recitan, con los ojos cerrados, la Torá. Hombres y mujeres estamos separados por unas vallas. Sin embargo, las mujeres se suben en sillas de plástico, para ver por encima de ellas y asegurarse de que sus hijos están bien. Ellos llevan un manto blanco con rayas azules y el tefilín, un par de cajas en formas de cubo de cuero negro que contienen los pasajes relevantes de la Torá escritos en pergamino atadas con correas de cuero negro al brazo y a la cabeza.
El sabor que deja el muro de las lamentaciones es excelente. Me sorprende el ambiento festivo. Consigo adueñarme de una silla de plástico y diviso a una treintena de hombres jóvenes, vestidos de verde caqui, que están cantando y bailando. Entre las mujeres, la fiesta no es menos. Llega un grupo de adolescentes judías argentinas. Se cogen todas de las manos y empiezan a bailar. Me alegra ver este rincón del mundo de un modo tan distinto al que presentan los informativos. El muro siempre es origen de conflicto y en cambio, lo que vemos nosotros, es que el muro es motivo de alegría.
Por la tarde nos vamos hacia Belén, que está bajo la Autoridad Nacional Palestina. Para llegar, tenemos que cruzar el muro que el gobierno israelí ha puesto por motivos de defensa, dice. Sonia no podrá acompañarnos. Ninguna aseguradora cubre a los guías turísticos israelíes al otro lado del muro así que es zona prohibida para ella. El chófer, un chico joven israelí musulmán no tiene ningún problema en cruzar. Otra cosa será luego volver a entrar. En la basílica, descubrimos el lugar donde nació Jesús. Resulta sorprendente de este lugar que cada rincón de la iglesia esté gestionado por una denominación cristiana distinta. Así hay el rincón copto, el católico, el ortodoxo. Entrando en la basílica de la Natividad te transportas a diferentes mundos. Según nos cuentan, esta misma mañana ha habido una trifulca entre religiosos de estas distintas denominaciones. Parece ser que uno ha barrido más allá de su zona y la respuesta que ha recibido han sido escobazos. Suerte que la policía ha intervenido.

Hoy es «sabath»
Hoy es sabath, día sagrado para los judíos. En el desayuno no hay café, ni tostadas. Nada caliente. En sabath no se puede usar la energía. Y lo tienen todo previsto y estudiado. Por ejemplo, los ascensores del hotel tienen un sistema para que no sea necesario ni pulsar el botón. Empezamos el día visitando el Museo de la Shoá. Especialmente sorprendente es una sala oscura en la que se muestran los rostros de algunos de los judíos fallecidos a manos de los nazis. Los judíos tienen clara la necesidad de guardar la memoria.
Luego vamos a la iglesia de la Visitación y al Museo de Israel. Lo mejor, una maqueta extraordinaria de la época del segundo templo. Para comer, descubrimos un restaurante con vistas a la puerta de Damasco. Comemos hummus, mutabal, pan de pita. Según nos cuenta Sonia esta es la comida típica israelí: han adoptado y hecho suyas las recetas típicas de países como Siria, Jordania o Irán. Resulta curioso. Todos nos damos cuenta rápidamente que estamos en la zona árabe de Jerusalén. Es una ciudad totalmente dividida donde la convivencia parece más bien una anécdota. La población judía tiene sus barrios y los musulmanes, los suyos. Y es fácilmente perceptible darse cuenta una en que zona está. Carteles en árabe, las mujeres con pañuelos, comercio en la calle, más suciedad, en cambio, las zonas judías son más parecidas a las ciudades europeas.

Getsemaní
Empezamos el día con una misa en el Santo Sepulcro. Es extraordinario poder celebrar la eucaristía aquí. La liturgia recobra un sentido distinto. Rápidamente nos marchamos a Dominus Flevit, en el Monte de los Olivos, con unas vistas extraordinarias de la ciudad. Esta iglesia conmemora las lágrimas que vertió Jesús sobre Jerusalén antes de su entrada. Bajamos el Monte a pie. La siguiente parada es el huerto de Getsemaní. Conseguimos, gracias a las mediaciones (y sonrisas) del salesiano que nos acompaña, que nos dejen acceder al huerto y hacer un rato de oración y silencio. Es un auténtico privilegio. Después de comer, haremos el vía crucis que acaba claro está, en la iglesia del Santo Sepulcro. Encima del Gólgota está construida esta iglesia y una puede tocar la piedra y descubrir donde fue crucificado Jesús y enterrado.
Al salir, nos topamos con una mujer con aspecto un poco raro. Nos pregunta, en inglés, si sabemos que Jesús murió aquí y que el Mesías está por llegar. Sonia, nos aclara rápidamente que este es un ejemplo del llamado popularmente “síndrome de Jerusalén”. Esta ciudad tiene un imán para atraer a gente especialmente iluminada y con algún que otro problema psicológico.
Mañana ya dejaremos esta ciudad. Una compañera de viaje, entre lágrimas, nos confiesa que se siente profundamente decepcionada. No se imaginaba Jerusalén como una ciudad donde la violencia se palpa en el ambiente. Y no le falta razón. Pero, sin embargo, a mí no me deja un sabor tan negativo. Como dice un profesor moralista, solo llevamos dos mil años, nos queda mucho camino por recorrer.

En el lago
Dejamos Jerusalén, ciudad de contrastes y de controles y nos marchamos ya para Galilea. Pasaremos por el Mar Muerto y vemos Jordania a lo lejos. Especialmente emocionante fue la visita a Qumrán, lugar donde se encontraron los manuscritos. Según cuentan, un pastor de ovejas tiró una piedra dentro de una cueva y oyó un ruido que parecía el romperse de una vasija. Bajó a la cueva y así fue como se descubrió el yacimiento de Qumrán. He oído hablar tanto de este sitio en las clases de teología que me emociono. Ponemos rumbo hacia Tiberias, en el lago de Galilea, pero el autobús se nos estropea. Estaremos parados un par de horas en la carretera y así es como descubrimos un refugio abandonado en medio de la nada. Nos cuenta Sonia que en Israel, todas las casas tienen refugios. Viven con el miedo. Es innegable.
Noche de fin de año en Tiberías. El hotel organiza una fiesta con músicos árabes e incluso una bailarina haciendo danza del vientre. Nos lo pasamos muy bien. Conocemos a un par de religiosos estadounidenses que se animan a bailar. Es gracioso ver bailar música árabe a dos monjes con hábito y sandalias. También hablamos con un panameño protestante que está haciendo estudios teológicos en Israel y nos invita a una copita de vino. Lo celebramos: en Israel nadie bebe alcohol, ni judíos ni musulmanes.

Un poco de agua
Empezamos el día con una visita a la iglesia de las Bienaventuranzas. Es una visita especialmente anhelada para muchos del grupo. Sin embargo, la decepción es mayúscula. La iglesia en medio de un monte verde y fértil está vallada con lo que impide que los peregrinos puedan alejarse un poco de la marabunta de turistas y orar. Tal vez es aquí, y evidentemente en Jerusalén, donde una se siente más miembro de un rebaño…Muy distinto será el paseo por el lago de Galilea en una de las barcas que imitan las de la época de Jesús. Resulta muy interesante acercarse a la imagen de Jesús como pescador. En esta zona, no podía hacer otra cosa.
Luego vamos a Tabgha, donde se supone que se produjo la multiplicación de los panes y los peces. Estamos en una zona fértil, con cultivos de plantas tropicales. El paisaje predominante es verde mientras que la zona sur del país es árida y seca. Por la tarde, nos acercamos al río Jordán y repetimos el bautismo: ¡ventajas de hacer el viaje con un cura! Al lado tenemos a un grupo de protestantes que se bautizarán por inmersión en el río. Antes de entrar, cantan con las guitarras. Van todos con unas túnicas blancas y cuando se sumergen, ríen porque el agua está fría. Nosotros solo nos hemos echado un poco de agua por encima de la cabeza. Somos más discretos. Esta noche ya dormimos en Tel-​Aviv.

Me comprometo
Visitamos Canaan, lugar donde transcurre el conocido pasaje de la Biblia de la boda donde Jesús convirtió el agua en vino. En el viaje, hay una pareja ya casada que repetirá el compromiso del matrimonio. Y el sacerdote que nos acompaña nos anima al resto a comprometernos también. Es un compromiso diferente, claro. Nos comprometemos a querer en un sentido más general, pero no por ello menos importante, que conste… Luego visitamos el monte Carmelo. Pasaremos la tarde en Tel-​Aviv, capital de Israel para el mundo entero excepto para ellos que siguen considerando Jerusalén como la capital.
Es una ciudad europea totalmente. Y según nos dice Sonia, muy abierta. Lo ejemplifica diciéndonos que cada año se celebra un festival gay sin ningún problema, cosa totalmente imposible de hacer en Jerusalén. Para ella, las dos ciudades más importantes del país representan dos polos opuestos: la apertura y la cerrazón; la libertad y la religión más conservadora.

Ya soy peregrina
Momento de hacer las últimas compras (como buenos turistas). Sonia nos entrega el certificado de peregrinos de Tierra Santa y esto nos sirve para hacer balance de los días vividos. Ha sido un auténtico lujo. Nos hemos acercado al Jesús histórico siguiendo sus pasos y viendo los mismos paisajes que él veía. Y esta aproximación nos sirve también para interpretar mejor el conflicto de Oriente Próximo. Ninguno de nosotros duda en comparar a los judíos ortodoxos de hoy con los fariseos del tiempo de Jesús obcecados con la ley. Llegamos al aeropuerto cinco horas antes que salga nuestro vuelo en previsión de los múltiples controles que tendremos que pasar. En total, cuatro. Pero bueno, viendo como están las cosas por estas tierras, una ya no se extraña tanto de esta preocupación por la seguridad.

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