Amor al saber no me falta

Norbert Bilbeny
Presumir de saber es estúpido. Pero el obligado “sólo sé que no sé nada” siempre me ha parecido otro de los grandes tópicos del saber. Además de ser una contradicción, en lugar de confesar modestia expresa arrogancia. Dice que ya sabe algo, o sea mucho, filosóficamente hablando. Incluso: ¿cómo sabe que no sabe nada? Algo sabrá, si dice no saberlo. Y es que de lo que no sabemos, no sabemos nada.
Mientras, como es mi caso, aunque sepamos poco ya sabemos algo. Modestamente, yo sé “más por viejo que por diablo”. De niño aprendí a hacer caligrafía y a fregar platos. Luego, a dibujar y a cocinar caldo. Después, a manejar el martillo y a corregir galeradas. Ahora me las apaño escribiendo y creo que ya sé leer rostros. Por cierto, pueden poner tranquilamente en mi epitafio: “Estudiante de inglés”. Pero me defiendo también en esta lengua de piratas. Sé, pues, muchas y variadas cosas, que debo más a otros y a las circunstancias que a mi propia cabeza. Aunque, como filósofo, amor al saber no me falta. Y que éste venga poco a poco. Porque si supiera de pronto lo que no sé, me avergonzaría.
Sinceramente, no me sobra nada de lo que sé; todo aprovecha. Ni valoro más unas cosas que otras: hay momentos en que lo trivial sirve más que lo relevante, y al revés. Sirve el Pater Noster, hacer volar la cometa, sacarse una astilla, poder dialogar con otro diablo o redactar la despedida de una carta, cuando ya nadie escribe cartas. No subestimo absolutamente nada de lo poco que sé. Hasta lo que había olvidado tiene después su feliz minuto de vuelta, sea para un chiste, una cita por carambola, o para decir que eso ya lo olvidé. Ya es algo. Pero pronto el destino nos quitará eso también.

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