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Fernando Rey
Ha llamado la atención, de nuevo, el alto número de ministras del Gobierno. El presidente ha explicitado su voluntad de dar ejemplo de igualdad. La foto de la nueva ministra de Defensa paseando sin embarazo su gravidez ante las tropas ha dado la vuelta al mundo. Berlusconi desde Italia hizo sus comentarios de taberna y caverna sobre el particular (por cierto, viendo esa elección, ¿podemos todavía seguir diciendo que el pueblo nunca se equivoca?) En España se ha discutido si una ministra de Defensa puede ser mujer y estando embarazada, además. Yo confieso no entender nada de todo esto (o quizás me fatiga entenderlo demasiado bien). La composición de cualquier colegio que no refleje, más o menos, la proporción entre mujeres y hombres de la población me parece sospechosa. Todavía hay, por desgracia, muchos escenarios donde las mujeres se abren paso sobre un suelo pegajoso que les impide avanzar del mismo modo que sus compañeros varones. De modo que un Gobierno paritario me gusta. Otra cosa bien distinta es si los ministros y ministras son competentes, cuestión que remite a las competencias y habilidades individuales, que no tienen que ver con el sexo. Así pues, las críticas vertidas hacia las mujeres ministras, antes incluso de adoptar las primeras decisiones del cargo, me parecen de mal gusto y peor inteligencia. Bien es cierto que muchas de estas críticas son, en realidad, puyas al presidente en el trasero de sus ministras. Pero, de otro lado, tampoco me gusta que un varón alardee de nombrar mujeres. Con ello se incurre también en cierto machismo. Igualdad: ¡cuántas tonterías se dicen en tu nombre!

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