Primarias, primarias

En Estados Unidos siguen las primarias. Se alargan ya más que un día sin pan. Pero empieza a verse el final. Veremos qué ocurre.
Esta vez nos interesa más algo que ocurre en España. En el Partido Popular, tras la derrota electoral, había dos personas que querían mandar: Esperanza Aguirre y Mariano Rajoy. A final de abril, parece que Aguirre ha renunciado a presentar una candidatura en el congreso de junio. Pero en el proceso, a un concejal madrileño del partido, Íñigo Henríquez, se le ocurrió que ambos aspirantes podían resolver sus disputas en unos comicios abiertos: unas primarias. Henríquez cree, y tiene toda la razón, que “es una vergüenza que los partidos políticos, después de 30 años de democracia, sean estructuras cerradas a sus propios militantes”. Así, presentará una ponencia en el congreso para que el partido organice primarias en 2012 y sean los 700.000 militantes los que escojan a su candidato.
Sin embargo, en la cúpula del partido esta propuesta, según ABC, ha generado “estupefacción”. Verían tres problemas, siempre según este periódico. Primero, la experiencia socialista no funcionó (será con Borrell, porque con Zapatero sí que funcionó). Segundo, supondría abrir el partido a un proceso pseudo asambleario “imposible de gobernar para cualquier líder” (esta es precisamente la utilidad de las primarias, que son no dominables). Y tercero, porque crea divisiones difíciles de reparar. Este es el gran mérito de la democracia: que el derrotado no sólo sea capaz de aceptarlo con una sonrisa, sino que deba apoyar al ganador. Otra crítica que se ha hecho a las primarias desde la dirección es que sirven para un sistema presidencial, pero no en uno parlamentario donde los líderes se enfrentan a lo largo de la legislatura. No sería lógico pues que al final, de cara a las elecciones, cambiaran al líder de la oposición en unas primarias. Esto se arregla haciendo las primarias al principio de la legislatura, como cuando dimitió Almunia y se eligió a Zapatero.
En El Mundo, preguntaron a dirigentes del partido qué les parecía todo esto. Titulaba el periódico que “Parlamentarios y dirigentes regionales del PP manifiestan su apoyo a un proceso de primarias”. Cuando se leía la letra pequeña, había más dudas que “apoyos”. Incluso, algunos dirigentes preferían no hablar. Quizá por temor a que la dirección los tache de futuros cargos. Esto es precisamente lo que unas primarias ayudarían a diluir: el temor al desacuerdo con el que manda. Uno de los miembros de la anterior dirección del grupo, Rafael Hernando, dijo: “A mí las primarias no me parecen ninguna panacea, pero que se debata me parece bien”, lo que en realidad quiere decir: me parece bien que los demás hablen mientras mandemos nosotros.
Es cierto que un sistema de primarias no aterriza en un país con facilidad. Pero la democracia dentro de los partidos va a ir creciendo. Será difícil que cuando Zapatero decida retirarse –a ver si sigue el ejemplo de Aznar y está sólo dos legislaturas– decida quién será su sucesor. Es un proceso lento pero seguro y a nosotros nos alegra.

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