Los tres demonios liberal-​conservadores

Josep Maria Margenat
En mayo traté con los demonios socialistas, ahora toca hacerlo con los liberal-​conservadores. Como ya dije, me refiero a los espíritus enemigos de la naturaleza humana que pueden pasearse por el cosmos liberal o conservador para engañar a los cristianos que ahí habitan. Pero no podemos describirlos sin más, pues hay una previa distinción necesaria. Liberal y conservador son casi conceptos antagónicos y no es posible agruparlos en un solo clima sin justificarlo. Si liberal es quien defiende el progreso y la libertad de iniciativa del individuo, mientras conservador es el defensor de la continuidad de lo establecido y el mantenimiento del papel de la comunidad, ¿cómo amalgamarlos?
Los que no vivimos en ese clima, sin embargo, tendemos a identificar ambos y hablamos de liberal-​conservador. Los que no somos conservadores y sólo podemos llamarnos liberales en cuanto hacemos nuestra aquella frase de Benedetto Croce, “perché non possiamo non dirci cristiani”, los envolvemos en una misma rúbrica. Quizá sean conservadores en lo social-​cívico y liberales en lo privado-​económico. Observo con frecuencia que quienes habitan esos parajes tiene una doble alma. Si en los socialistas el problema era el engaño utópico, en los liberal-​conservadores se desdobla entre sus dos almas y logra confundirles.
Tres demonios habitan el cosmos liberal-​conservador. El primero es el más elemental, y no es privativo de este cosmos, pues a los socialistas se les presenta de la igual. En realidad es el demonio clásico: “Te reconozco en la medida en que me reconoces”. Está muy extendido. A veces los cristianos han de pagar unos peajes tan fuertes para ser aceptados, que acaban por perder su originalidad radical y se entregan a quien los ha acogido. Ya no son cristianos (aunque crean que siguen siéndolo), pues su alma vibra sólo con la de aquel señor que les paga, les adula, les consiente, les nombra. Existir a luz de este mundo no es fácil para algunos.
El segundo demonio, más propio de los conservadores, es la utilización de la religión con el señuelo del mantenimiento del orden. No siempre fue así, pero al menos desde hace más de doscientos años en la Europa occidental, católica, anglicana y protestante, la religión ha sido favorecida por la gente de orden. ¿Cómo no confiarse del todo a ellos, incluso a sus más deleznables estrategias, si no es porque se cree que sólo salvando el orden establecido, o recuperando el orden perdido, se defiende la religión? Muchísimos cristianos están amenazados por este demonio. No se explicaría que tantas personas honradas, conservadoras o liberales, aplaudiesen el inmenso error que es para el catolicismo español la emisora COPE, si no fuera porque están convencidos de que ese precio es necesario pagarlo para el triunfo de sus ideales, el triunfo de la religión. La consigna “politique d’abord” no es nueva en nuestros días. Para muchos, ante el real, presunto o imaginado ataque enemigo, todo vale para defender los propios valores, y no hay que reparar en medios. Después vendrá la religión, pero “politique d’abord!” En el catolicismo de principios de siglo era la Acción Francesa la que defendía este uso político de la religión; la politización de los actores y de los símbolos religiosos ha atravesado todo el siglo xx (lo que no debe ser confundido con las “religiones políticas”, aspecto éste radicalmente distinto). Hoy incluso existen unos llamados “ateos devotos” que añoran y desean que el catolicismo se ponga al frente de la cruzada contra la relativista y disolvente posmodernidad y salve a Europa. Por la soberbia espiritual, el peor de los pecados capitales, se cuela el demonio en estos cristianos.
El tercer demonio ronda a las almas liberales. Aunque se parece al primer demonio, común a unos y otros, éste es más propiamente moderno y, en ese sentido, fáustico. Es el demonio de la aceptación y del triunfo en el mercado de los supervivientes, en el que los prescindibles y los náufragos se quedan fuera de la historia, como simples víctimas sin memoria. Este demonio intenta dictar a la religión lo que es una buena religión, la que lleva al triunfo inmediato en esta sociedad competitiva, a un bienestar material y social. Éste es el peligro más grande del anémico y abúlico cristianismo burgués europeo, el demonio de la acedía que lleva al agnosticismo católico, pues en realidad los verdaderos valores religiosos se han permutado por unos valores de reconocimiento a las propias biografías triunfantes en el sistema burgués-​capitalista. La “memoria passionis” frente a un cristianismo burgués vaciado de lo original e irrenunciable, “lo diferencial cristiano”, es el único remedio contra este demonio, que ronda a nuestros mejores hombres y mujeres, los más preparados, los más dispuestos a comprometerse, los más libres, pero posibles víctimas del olvido de las víctimas.

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