Una boda en Kuala Lumpur y más diversiones

Jordi Pérez Colomé
Me dan el ramo de la fertilidad. Me habían invitado a una boda en Kuala Lumpur. Nunca antes había estado en una boda malaya. Mi gran preocupación inicial era cómo ir vestido. Farha, la novia, dio sólo algunos detalles previos: “Para los chicos con unos pantalones y una camisa es suficiente. No preparo una boda de mucha elegancia”. No era necesario que llevara traje ni corbata.
Sin embargo, antes de la boda, iba a estar quince días de viaje por Singapur y Malasia; ¿cómo llevar unos pantalones y una camisa en la mochila sin que se estropearan? Era una duda pequeña, pero inquietante.
Días antes de salir, supe además que el novio de Farha –Ryan, norteamericano– iba a casarse sin la presencia de su familia. A unos cuantos nos iba a tocar figurar a su lado como amigos o parientes de él. Pero no sólo eso. En las celebraciones malayas, la novia espera en una tarima –sentada en su trono– la llegada del novio, que debe cruzar todo el salón con su comitiva detrás. Yo iba a estar en ese séquito. Todos nos iban a mirar, quizá con lupa. Mejor pecaría por exceso: decidí llevarme el traje en un portatrajes individual. Añadí un bulto a mis cargas, lo que me disgusta. Prefiero ir ligero.
El día antes de la boda, en Kuala Lumpur, fuimos a cenar con los novios. Ya estaban casados. En Malasia la ceremonia religiosa se celebra una semana antes que la fiesta con parientes y amigos. Ante el imán Farha había hecho leer en voz alta las condiciones para su futuro marido. Unas eran más comunes –no la pegaría, la respetaría, la ayudaría– pero había alguna más curiosa: “Para casarse con otra mujer, deberá pedirme permiso”, dijo Farha. Supongo que será para denegárselo. En Malasia la gran mayoría de la población es musulmana –hay un 25 por ciento de chinos e hindúes – , y aunque la poligamia no se lleva, según Farha, todos los hombres saben en lo más íntimo que si un día quieren, pueden hacerlo. En su matrimonio, no quería sorpresas. Ryan tuvo que firmar.
La boda es en un pabellón deportivo que se alquila para fiestas. Es a las ocho y llegamos un poco antes. Aún hay algún deportista sudoroso que se pasea por aquí. Nos habían advertido que no sería un festín largo y pesado como los nuestros. Todo sería más rápido. Se habían invitado a unas mil personas. No todos iban a venir, pero nadie sabía cuántos: aquí no se confirma, quien quiere va y quien no se queda en su casa. Conforme los invitados llegan se sientan en las mesas y empiezan en seguida a comer de un bufé de arroz y cuatro o cinco tipos de carnes y vegetales en salsa, a cual más raro.
Los invitados no vienen muy elegantes. Llegan poco a poco y los reciben en la puerta los padres. Los hermanos de la novia hacen un pasillo de bienvenida y aguantan una especie de escobas de plumas al revés. Los hombres de la familia inmediata van vestidos de amarillo, con unos pantalones y camisa de seda y un mantel alrededor de la cintura, colocado como si fuera la toalla tras salir de la ducha. Cuando se dan la mano, se tocan luego el corazón. Los hombres sólo saludan a los hombres, las mujeres sólo a las mujeres. No hay besos.
Llega también un extranjero que se parece a Sean Connery, pero en aburrido; va vestido de marfil con el atuendo de seda malayo. Parece que quiere dárselas de interesante o integrarse mejor en la sociedad malaya. Yo también aprendo rápido: aspiro a integrarme y cuando alguien me saluda me toco el corazón. No sé si sólo se hace cuando el otro es mayor que tú, pero yo lo hago siempre. Es un gesto rápido y, creo, se me da bien.
La comitiva que debe entrar con Ryan al salón se prepara en la calle para entrar, aunque todavía falta alguien por llegar. Resulta ahora que soy el único hombre y el padre de la novia me da un ramo lleno de huevos duros colgando. Es una especie de árbol de la fertilidad y lo debe llevar un hombre no sé por qué, y además pesa mil demonios. La ventaja de cargar con el árbol es que me concede un sitio de privilegio en el grupito: justo detrás del novio, que también va de amarillo, con su toalla a la cintura. Lleva también una daga. Ryan tiene cara de susto. Entramos.
Ryan va delante y al lado un joven que es su ayudante. En el camino hacia la novia, nos detienen dos grupos de mujeres. Son primas y tías de la novia que quieren dinero para dejarle avanzar. El novio debe comprar su paso. Es una costumbre rara. El ayudante de Ryan reparte sobrecitos a las mujeres, que no paran de gritar y reír. Dentro de los sobres hay dinero de verdad; no sé cuánto.
Al final del recorrido, en la tarima, está la novia, aunque una doncella le cubre la cara con un abanico y por tanto no nos ve. Va de verde. Avanzamos despacio, con una solemnidad de fiesta mayor, pachanguera. Llegados a la tarima, el único que tiene derecho a subir con Ryan y el ayudante, soy yo. Esto es gracias al árbol. No sé qué tengo qué hacer ahora, pero allí estoy con mis huevos duros ante mil malayos sonrientes.
El ayudante del novio y la doncella de la novia charlan mientras ellos esperan. Ryan sigue con cara de susto. Al final, una chica me dice que deje el árbol al lado del trono de él y que me ponga detrás de un grupito de niños que hacen de coral. Así lo hago y mientras los nenes tocan el tambor me entretengo a cambiarles el gorrito que llevan: a uno le pongo el de otro. Ellos me miran y se ríen.
Cuando se acaba la ceremonia, bajo a comer. El arroz no es malo, aunque no sé qué son las salsas. Hay algo que pica mucho. Lo peor es la bebida. El agua es rosa. Le han puesto unos polvos y tiene un sabor repugnante. Todos beben esta pócima, porque por ser musulmanes nadie bebe alcohol. Le pido al camarero “agua”, me dice que sí, claro, y me trae más agua rosa. Entre lo que pica y que no puedo beber, trago con esfuerzo.
Llega el momento de la tarta. Los novios se han cambiado de traje. Las poses y las fotos son las mismas que en las bodas occidentales, pero hay una diferencia: aquí no hay tarta. Todo es de cartón piedra y sirve para hacer el paripé. Aunque Ryan da a Farha un mordisco de algo y ella lo engulle. No sé quién debe comerse el resto. Yo sin embargo, que quería algo dulce, me quedo con las ganas. Son apenas las diez y la celebración ya decae. Muchos se han ido. Queda la familia más cercana y pocos más.
Nos despedimos de los novios y nos vamos. El imitador malo de Sean Connery se va justo antes que nosotros. El padre nos dice que nos llevará al centro de Kuala Lumpur uno de sus hijos. Mientras esperamos, el padre cuenta cómo antes las celebraciones duraban semanas. Había que ir casa por casa de los familiares y presentarse. Es mejor así, concluye. Un rato y fuera. Las tradiciones más pesadas se diluyen también en Malasia.
El hermano, un joven simpático y servicial, nos deja en Bukit Bintang, en el bullicioso centro de la ciudad. Todo está aún abierto y me siento en una terraza a tomarme un pastel, un agua y un café.

Un país sano. No sabía cómo sería Malasia. Me llevé sobre todo impresiones buenas. Es un país humilde, pero tranquilo y lleno de oportunidades. Pasamos unos días en la playa, en una isla tropical, Pulau Tioman. La zona de las playas era tranquila, barata y con varios turistas, también locales. Un día quisimos ir a Tekek, la capital de la isla, con la esperanza de encontrar un amable pueblo de pescadores. No era muy lejos y había que ir a pie. Por suerte, un señor amable en moto con sidecar nos dio un pasaje, sin que se lo pidiéramos.
Tras un par de kilómetros, llegamos al centro de lo que debía ser un pueblecito y eran sólo unas cuantas casas desperdigadas. Había apenas luz en la calle y las casas eran poco más que cabañas dignas. Las mujeres iban con el velo, los hombres con el mantel en la cintura y los niños jugaban fuera. Casi todos tenían tele y algunos parabólica. Era una vida aburrida, sosa, pero no mísera.
Muchas ciudades y pueblos de Malasia dan en general una impresión mejor que la de Tekek. No es un país del primer mundo, con todo lo que hay aquí. Pero están a las puertas.

Los autocares y la educación. En algunos detalles si que se ve sin embargo que hay cosas por mejorar. Por ejemplo, en el modo de conducir autocares. Van a por todas y para el pasajero es mejor no mirar la carretera. Los periódicos anunciaban a menudo accidentes de autocares. La educación vial y el riesgo que corren muchos por la locura de un chófer es un buen termómetro para saber el bienestar de un país y el valor de la vida de sus habitantes.
Hay otro que es inverso, a menudo: la amabilidad de la gente. Esto no es nada riguroso ni científico, pero preguntar una dirección, pedir ayuda en Malasia era a menudo un placer. La gente indicaba con una sonrisa. No sé si es lo mismo que ocurre en otras partes. Además, todo el mundo –incluso los mayores– hablan un inglés preciso. En una de mis dudas por la calle, un hombre de unos sesenta años me dijo que girara a la izquierda en la siguiente “junction”, que es cruce, pero que yo en mi vida habría utilizado. Se nota que fueron colonia inglesa hasta 1957. No todo lo colonial tiene que ser malo.

La mezquita sirve para dormir. Las mezquitas son difíciles de visitar. No siempre están abiertas al público y las restricciones son notables, sobre todo para las mujeres. Conseguimos entrar en una de Kuala Lumpur. Había tres pabellones –lugares con el suelo elevado, lleno de columnas y un techo – , que relucían como una patena de limpios. Eran las dos de la tarde y en cada pabellón había un montón de hombres tirados por el suelo. Dormían. Sólo alguno, en la parte delantera, hacía las reverencias típicas del islam. Era simpático ver a tanta gente venir a hacer la siesta al fresco de la mezquita.
El islam malayo es relajado. En los días que allí estuvimos, el primer ministro hizo un discurso a la conferencia de imanes del país. Les animó a seguir los sermones que publicaba el gobierno “para evitar polémicas”. Se refería a que evitaran criticar al gobierno –quizá por su poco fervor. También resaltó otro punto el primer ministro: las mezquitas debían ser más acogedoras y menos aleccionadoras. “Si no es así, los jóvenes cada vez más se alejarán de la religión”. Es un discurso que no suena raro a oídos europeos. Malasia también camina hacia la separación de religión y Estado, y hacia la secularización.

La política cambia. Malasia no es un país rico. Pero lo será. En política no es una democracia asentada, pero también lo será. Hubo elecciones en marzo. Por primera vez desde la independencia, la oposición ganó varios estados y se acercó a la victoria nacional. El gobierno lo aceptó sin rechistar mucho. Los periódicos pudieron más o menos informar con tranquilidad (aunque era más fácil averiguar lo ocurrido por internet). Farha nos dijo que todo esto es bueno: “Los jóvenes se interesan cada vez más por la política”.

Singapur. Nunca había estado en una ciudad como Singapur, que está al sur de Malasia. Además de una ciudad, Singapur es un país. Tiene su moneda, su gobierno, sus fronteras, sus líneas aéreas, Singapore Airlines, las mejores del mundo. En Singapur no hay mucho tráfico, está todo limpio, no hay corrupción, uno se siente seguro, cómodo.
La política en cambio raya la dictadura: siempre ha mandado el mismo partido y ahora es primer ministro el hijo del padre fundador, Lee Kuan Yew. Se usa la pena de muerte con facilidad –que los ciudadanos creen que es la mejor solución contra delitos graves– y la prensa no dice lo que quiere. De momento esto ha convenido a todos: si eres de Singapur, tienes por ejemplo una casa asegurada a un precio razonable. El 83 por ciento de los ciudadanos vive en estas “casas populares”.
Pero a la vez le falta algo. El mundo perfecto de Singapur chirría. Le falta naturalidad, personalidad. No se consigue una ciudad ideal a base de leyes.

Revistas del grupo

Publicidad