El trabajo es una maldición

Joan Massana
Antes de explicar lo que el trabajo significa para mí, quiero hacer constar que estoy dispuesto a aceptar que sin trabajar no seria posible la vida colectiva ni la supervivencia individual, ni bla, bla, bla. Subirse a un cocotero también debía suponer un trabajo, aunque por supuesto menor que subirse a un andamio o estar ocho horas en una oficina de la Caixa.
También estoy dispuesto aceptar que existen algunas tareas –pocas– o mejor dicho –muy pocas– que puedan ser agradables o satisfactorias: la investigación científica, la interpretación artística. Aun así, los investigadores suelen tener grandes impedimentos para su labor –económicos, burocráticos pesudoreligiosos– y los artistas conviven también con envidias, patio de butacas no demasiado lleno, críticas feroces.
O sea, que no me gusta trabajar ni nunca me ha gustado. El trabajo es una maldición y por eso los calvinistas han hecho lo posible para disfrazarlo y para que no nos demos cuenta. Como decía Poincaré, la verdad suele ser tan cruel que el engaño puede ser un consuelo.
En cualquier caso, yo no soy calvinista ni creo que las empresas sean una familia, de modo, que estoy, me parece que con Wilde, según el cual, sólo trabajan aquellos que no tienen nada mejor que hacer.

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