Dignidad y solidaridad

Fernando Aguilera Luna
No hay otra dignidad que la procedente del trabajo propio, sea artístico, intelectual, profesional, artesanal o manual. Porque es la única forma de ganar el sustento sin aprovecharse de la labor de otros.
Pero, además, el trabajo, aún no siendo imprescindible para cubrir las propias necesidades, en virtud de diversas circunstancias que pueden darse en la vida, desligándolas de esa obligación, sigue siendo necesario como acto de solidaridad con los demás, que sí han de trabajar necesariamente, sin poder evitarlo. Así mostramos a los otros que, aún sin necesitar desplegar ese esfuerzo y sacrificio, estamos con ellos, aplicando nuestra dedicación a necesidades de otras personas, ayudándolas y mostrando a todos que cada día prestamos un esfuerzo similar al que la inmensa mayoría ha de realizar.
Sin el trabajo cotidiano, por otra parte, no seremos capaces de comprender bien a los demás, porque será muy difícil que apreciemos las dificultades y sacrificios de otras personas si no las sufrimos directamente.
De todo esto se desprende la necesidad imperiosa de que el trabajo ocupe una parte destacada en nuestras vidas. El jubilado podrá desligarse del trabajo productivo en su propio interés, pero no de las aportaciones al resto de la colectividad, siempre necesitada de ayuda desinteresada, de ese algo más que en la vida todos hemos de estar en disposición de dar si realmente queremos que las condiciones de vida mejoren, restañando injusticias, y deseamos corresponder a cuanto cada día recibimos de la sociedad.

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