Es algo central

Margarita Benedicto
Como muchas de las mujeres profesionales de mi generación, siempre he considerado poder trabajar en lo que me gusta a la vez como un privilegio y como algo irrenunciable. Ya mi madre, que era feminista para la época, nos inculcó a las dos hermanas la importancia de la independencia laboral y económica y nos hizo ver las tremendas limitaciones de la mujer ama de casa. Por eso en ningún momento de mi vida me he planteado la posibilidad de no trabajar y siempre he pensado con un asomo de rabia por qué ese dilema no se les pasa a los hombres por la cabeza jamás. Por lo tanto, el trabajo es algo central, fundamental en mi vida, pero no en toda la vida. Eso también lo he tenido siempre claro. No sé si admiradora del Eclesiastés (“Todo tiene su momento y cada cosa su tiempo bajo el cielo”) o buscadora incansable e insatisfecha de la plenitud que se hace visible en el hombre renacentista y desde muy joven fascinada por la descripción de la utopía de Marx y Engels en La ideología alemana de la abolición de la división del trabajo, que permite al hombre ser por la mañana cazador, por la tarde pescador y crítico después de comer, he procurado ser trabajadora, madre, esposa, activista social, intelectual, poetisa, naturalmente sin conseguirlo del todo pero sin poder tampoco renunciar a nada.

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