Cómo se hacen las cosas

La guerra de Irak ha dejado de interesar. No ahora, ya hace tiempo; sólo hay que mirar las noticias. No es seguramente culpa de los periodistas ni de los ciudadanos. Las cosas son así. Son ya muchos años, los cambios son cada vez más difíciles de describir y el proceso ya empieza a caer en manos de historiadores. Los mismos protagonistas reconocen hoy que hubo “errores”, que algo se hizo mal. Hoy esos errores se han llevado por delante la vida de mucha gente.
Una guerra tiene muchos frentes, más si se lleva a cabo en varios países y contra una organización terrorista con muchas ramas. Esto es lo que hizo Estados Unidos después de 2001, al principio en Afganistán, Pakistán y otros escondites de Al Qaeda. Este conflicto provocaba detenidos. Había que interrogarlos para descubrir si preparaban nuevos atentados. De eso se iba a encargar la célebre CIA. A. B. Krongard, número 3 de la organización entre 2001 y 2004 ha declarado esto al New York Times: “Pregunté: ‘¿Qué haremos con estos tíos cuando los pillemos?’ Nunca hemos dirigido una cárcel. No hablamos lenguas. No tenemos interrogadores”. Pues así se organizó todo, sin preparación. Siempre según el New York Times, que ha sacado la información de hablar con “dos docenas de oficiales norteamericanos que sólo han hablado bajo condición de anonimato”. Las siete mil páginas que detallan el programa de interrogatorios de la CIA es aún confidencial.
Las dos decisiones más importantes para la CIA fueron los métodos de interrogatorio y el lugar. Se eligieron los métodos duros “con poca investigación y reflexión”, siempre según el periódico norteamericano, y se creó un sistema que tomaba prestadas las técnicas modeladas por la Unión Soviética. Incluían temperaturas bajas, impedir el sueño o sumergir en agua. Para el lugar se pensó primero en una cárcel remota, en el desierto, de la que nunca se supo la ubicación. Aunque, aparentemente, se construyó y se dejó sin usar cuando el presidente decidió que Guantánamo sería el lugar elegido. Construir todo un edificio y abandonarlo es algo que pocos haríamos con nuestro dinero. Pero hay más. El gobierno norteamericano financió junto a la guerra contra el terror una cadena y una radio en árabe, para contrarrestar el poder de al-​Jazeera. Se llama al-​Hurra –que significa “La libre”– y su éxito ha sido minúsculo. Por dos razones: buena parte de sus dirigentes no tenían experiencia televisiva ni hablaban árabe, lo que aprovechaban algunos de sus locutores para decir, cuando se supo que en Irak habían muerto 4.000 soldados norteamericanos, que “una ocupación es una ocupación. Tenemos que resistir y matar más”. Todo esto con dinero público y descubierto ahora.
Todos nos podemos equivocar. Pero la incompetenecia o la mala fe en organizaciones como el gobierno de Estados Unidos no son sólo errores involuntarios. Los historiadores que juzguen esta administración norteamericana –o al menos parte de su política contra el terrorismo– no podrán ser benévolos.

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