¡Ah, las vacaciones!

Rosario Bofill
Ya estamos en verano. El verano todo lo transforma. No sólo el calor, el sol, la ciudad que sólo se vacía un tanto en agosto. Los coches andan más nerviosos dando bocinazos y las bicicletas, tan de moda ahora, se meten por donde les da la gana y los pobres transeúntes en un intento de que no les atropellen se arriman a las casas buscando también la sombra de los balcones. La gente tiene ganas de que lleguen sus vacaciones y hay algunos que cuentan los días de trabajo como si fueran días de colegio.
En el campo el trigo maduro, los árboles verdes que pronto se secarán si el calor aprieta y esa luz del sol que casi nos ciega a mediodía en que todo parece encendido. “El mediodía, que es la eternidad”, dice Juan de la Cruz. El verano con tanta luz tiende a evocarnos esplendor. Aunque muchos sumergidos en el bullicio ni se den cuenta.
Porque la verdad es que muchos andamos más aborregados que en otras estaciones por el bochorno. En la ciudad el verano se llena de turistas y en cambio la mayoría de los nativos se escapan donde pueden. El veraneo, ese tiempo pensado para la libertad y reposo, debió empezar a principios del siglo pasado. (Aún nos suena raro decir el siglo pasado, como si de pronto nos hiciéramos más viejos.) El veraneo entonces era sobre todo cosa de burgueses que prolongaban sus vacaciones casi tres meses. Niños y mujeres se quedaban en la costa o en la montaña, los maridos iban y venían de la ciudad al campo. Con ironía y malicia se les llamaba “los Rodríguez”.
La ciudad, sobre todo en los barrios periféricos se llena de niños que juegan por la calle polvorienta, Aunque ahora se han inventado las colonias veraniegas para que al menos puedan pasar quince días en plena naturaleza para enseñarles qué es un caballo, un cerdo, una oveja o un gallo. Los niños de ciudad no saben estas cosas. Quince días de campamento o colonias no son muchos pero si luego se añaden los que van con los padres al pueblo, la cosa queda más apañada.

No siempre el verano se pudo asumir como tiempo de vacaciones, eso que llamamos vacaciones, decía al empezar, son relativamente recientes. En muchas fábricas había sólo una semana, si la había, y muchas tiendas cerraban unos días.
Cuando llega el verano (debe ser la mala conciencia) siempre pienso en los viejos que viven en pisos pequeños, calles estrechas y en las que el calor queda allá encogido y no deja dormir por la noche; o los que están internados en los hospitales o los presos. Debe ser irritante pensar cuántos están zambulléndose en las aguas de la costa. El verano es tiempo de contrastes.
Pero de todos modos el verano y las vacaciones se han extendido, se han generalizado. Ya, a Dios gracias, no son sólo un privilegio de unos pocos. De tal manera que cuando llega junio casi todo se pospone para después del verano. Es como una vibración exultante. Se sueña con viajes, que se hacen realidad, a los lugares más lejanos del mundo ahora más próximos. Ofertas a buen precio. Se agotan los billetes y parece que una explosión de bienestar invada a todos. Vistas en futuro, las vacaciones podrían ser sinónimo de felicidad. Casi nadie se libra de esta sensación de “ahí queda todo, y yo me voy” que tanto nos satisface.
Yo no escapo a la sensación de libertad que produce la palabra vacaciones. Estoy jubilada y sueño en el campo, menos calor, más paz, tranquilidad, borrar problemas o problemillas si es posible y aplazarlos para después en octubre. Aún me queda algo –o mucho– de ingenuidad. Prefiero no perderla.

Pero detrás de la palabrita “vacaciones”, nos acechan también los problemas cotidianos que siempre nos están esperando: la casa que hemos alquilado tiene la nevera estropeada y humedades en las paredes, y está en un paseo donde hay juerga toda la noche, la playa esta abarrotada de gente, y lamentablemente sucia, las carreteras están a tope, para llegar a destino se tarda el doble, en los aeropuertos la gente duerme por los rincones; en el campo las motos o los quads pasan a tubo abierto rompiendo la paz y algunos excursionistas dejan los caminos y las fuentes llenos de papeles y envases.
En la casa, en vacaciones se suele reunir la familia, se multiplican los platos, las sábanas y las camas. Los chiquillos chillan y los mayores el descanso no lo ven ni pintado y a veces ponen cara larga y saltan chispas. En realidad con el asunto de la paridad todos colaboran más, pero de todos modos siempre he leído que en septiembre las estadísticas no citan el verano como la mejor época del año. En verano dicen, se fraguan muchos divorcios.
Cada uno se había hecho sus proyectos. Luego estos a penas se realizan. Y el estrés y a veces la “depre” no es menor que cuando se trabaja en épocas dijéramos “normales”. La verdad es que yo cuando acaba el veraneo siempre suspiro por una semana de descanso. Y me consta que no soy la única, que eso les pasa a muchos más.

Si no nos hiciéramos tantas ilusiones, si no le pidiéramos tanta felicidad al verano tal vez pudiéramos disfrutar este tiempo simplemente como un tiempo un poco distinto, y saber vivirlo más relajados cumpliría su función que es la del descanso y la diversión bien combinadas. Ni tanto esperarlo ni tanto echar pestes cuando estamos metidos en él.
Me pregunto por qué este mes se me ha metido entre ceja y ceja escribir el editorial sobre las vacaciones: seguramente es el ambiente que se respira pero yo creo que en el fondo es para prepararme yo misma para el veraneo. No poniéndole dentro fantasiosas ilusiones y no sentirme desengañada. No sé si es mejor pensar con ilusión en el bullicioso tiempo de veraneo del que hemos hecho un mito o tomarlo con más calma y simplicidad como algo normal que se vive distinto.
Pero, ¡tampoco hay que ser tan razonable! A fin de cuentas, pienso que el mito cumple una función. Y las ilusiones también, aunque a veces resulten un tanto engañosas.

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