Por qué la universidad española está encorsetada

Pere Escorsa
La Asociación que agrupa a las ocho universidades públicas catalanas acaba de dar a conocer el Libro Blanco de la Universidad de Cataluña, que pretende diagnosticar la situación presente y establecer los objetivos del futuro. Leo muchas frases como las siguientes: “Sólo una reforma profunda conseguirá la formación de graduados superiores más preparados y reforzará la investigación, de manera que se convierta en uno de los motores del desarrollo económico, la creación de riqueza, bienestar y cohesión social que caracteriza el modelo europeo de sociedad”, “la formación que ofrece debe ser de alta calidad, centrada en los estudiantes e integrada en el Espacio Europeo de Educación Superior”, “comprometida con la sociedad, los valores democráticos y la cultura catalana, y quiere formar estudiantes críticos, socialmente comprometidos con un mundo mejor, más solidario y sostenible”. El Libro se articula en 64 estrategias y 73 proyectos. Bellas palabras y admirables propósitos.
El documento aboga por una mayor autonomía y señala uno de los grandes problemas: la excesiva colegialidad en la dirección de la universidad –¡los interminables claustros!– y recomienda más poder para los equipos rectores, acompañados por una mayor presencia y autoridad de los representantes de la sociedad. Se aspira a una mayor agilidad en la toma de decisiones. Deseo al Libro Blanco el mejor de los éxitos.
Realmente la situación de la universidad es muy preocupante. Ninguna universidad española figura entre las 200 mejores del mundo, según la clasificación del Instituto de Educación Superior de la Universidad de Shanghai Jiao Tong, que tiene en cuenta, entre otros indicadores, los artículos publicados en revistas como Nature o Science, las citas que reciben los investigadores o los ex-​alumnos galardonados con el premio Nobel.
La universidad española ha ido acumulando graves defectos, difíciles de erradicar. La endogamia y el amiguismo en la selección del profesorado es uno de los más conocidos, En las últimas décadas ha sido prácticamente imposible que una cátedra fuese ocupada por un profesor que no procediera de la propia universidad. Como contraste, el historiador Paul Preston contaba hace poco en La Vanguardia que en su departamento de la London School of Economics, entre veinte profesionales sólo había dos británicos. Cabe reconocer que desde hace pocos años se ha intentado corregir el problema mediante el sistema de habilitación y, más recientemente, de acreditación. Otro problema: la oferta de las mismas carreras en muchas universidades, con escasos alumnos en cada una.
Pero hay una tara apenas comentada en el Libro Blanco y que la revista Nature ha denunciado repetidamente refiriéndose al sistema científico español: la burocracia y el régimen funcionarial. Su director, Philip Campbell, lo ha expresado así: “La ciencia en España aún está encorsetada en inoperantes burocracias y jerarquías paralizantes. Si quieren progresar, tendrán que empezar a compensar antes por los resultados obtenidos que por tener un cargo”. Pello Salaburu, coordinador de la obra La universidad en la encrucijada se muestra todavía más tajante: “El funcionariado debe desaparecer”.
Ciertamente la seguridad vitalicia en el cargo no propicia el esfuerzo. Tras superar concursos u oposiciones, muchos profesores se apoltronan: no investigan ni publican ni tienen convenios con empresas. Y no hay forma de despedir a los incompetentes. Por otra parte, los incentivos a los mejores –los sexenios de investigación– son claramente insuficientes. Lo sorprendente es que todavía existan profesores motivados, entusiastas y de altísimo nivel, a modo de oasis en un desierto de mediocridad. Joan Massagué, el investigador español más citado del mundo, se muestra decididamente partidario de sustituir el “café para todos” por un fuerte apoyo a los científicos que han obtenido los mejores resultados. Hace falta más flexibilidad.
No es extraño que se busquen subterfugios para huir de la burocracia universitaria. Muchas unidades de investigación de reciente creación están adoptando la forma de institutos o centros independientes, fuera de la universidad, con un régimen mucho más flexible. Hace poco, un catedrático gallego, amigo mío, fue nombrado director de un importante centro de investigación internacional. Le preguntaron qué condiciones ponía para aceptar. “¡Qué el personal no sea funcionario!”, contestó inmediatamente.
En fin, el diagnóstico está hecho hace tiempo. Hace falta hablar menos y pasar a la acción, si no queremos continuar en la cola.

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