Los voluntarios son la mujer de Brian y tres personas: Lindsay, una joven de unos treinta años que es la única que ha hecho esto antes; una hija de peruanos de unos cincuenta años, y un joven blanco de apenas veinticinco. La peruana y el joven son los únicos que no llevan camisetas pro Obama. La de la mujer de Brian causa sensación: es una portada de la revista Time con la esposa de Obama, Michelle. «Me la he hecho yo misma», presume.
Brian explica serio lo que hay que hacer. Tiene en la mano un largo listado con los votantes registrados del barrio que vamos a visitar. Llamarán sólo a los que se registraron como demócratas –el partido de Obama– o independientes. Son datos públicos y cuando uno se registra en Ohio tiene que decir si lo hace como demócrata, republicano o independiente, aunque luego vote como le apetezca. Cuando alguien abra, tendrán que preguntar por el votante, por ejemplo: «¿Esta Gerald en casa?» Si es él, seguirán: «Soy un voluntario de la campaña del senador Obama. ¿Puede el senador Obama contar con su apoyo en noviembre?» Deberán anotar la respuesta. Luego preguntarán los temas que más le preocupan y de qué medios saca la información.
Para ir del restaurante al barrio, unos doscientos metros, cogemos el coche. En los suburbios no se camina. Todo está pensado para el coche. Las calles son anchas, siempre hay donde aparcar y apenas hay aceras. Al final del viaje me acostumbré tanto a esto que cuando veía a alguien andando por un lugar así pensaba sin querer: «¿Qué hace ese?» O cuando he querido andar yo por suburbios, me he sentido memo y un poco fuera de la ley. Es un país para coches. Todos viven lejos del supermercado, del trabajo, de la librería y el transporte público apenas existe. El precio de la gasolina aquí no es un problema sobre todo de los camioneros, como aquí; es de todos.
El barrio a primera vista me parece de clase media, con pares de casitas unifamiliares con un pequeño césped y una piscina en el centro de la urbanización. Resulta, sin embargo, que son casas de protección oficial. Ha habido una confusión con las listas y no están bien ordenadas. Así que habrá que ir una a una, al azar y preguntar a quién votarán. Nos podremos encontrar de todo. Yo voy con las dos chicas.
Es una tarde soleada y pocos están en casa. La primera que encontramos es una chica que vuelve de pasear al perro. Tendrá treinta años y lleva una cinta en el pelo y una camiseta amarilla. Masca chicle, es chulilla y pasota. Mi voluntaria se olvida del guión y le pide directamente si sabe a quién votará. Dice que no. ¿Y qué te hará votar por uno u otro?
–El que me dé más dinero –dice; quizá así se cree más dura.
Seguimos y ahora sale una mujer que esperaba al pizzero; no está muy presentable. También está indecisa y le preocupa «la economía, los puestos de trabajo y la sanidad». «Como a todos», le responde Lindsay. Mientras damos con varias casas sin habitantes, Lindsay me cuenta que espera que su marido no se entere que ella está haciendo esto: «Es republicano». Ella se dedica a Obama mientras él trabaja. Es una infidelidad política y, por lo que me dice, no estoy muy seguro que el marido sepa ni tan sólo que ella es demócrata. (Me encontraré cinco matrimonios con el marido republicano y la mujer demócrata.) Tras otras casas sin nadie, abre una mujer malhumorada y atareada que grita: «¡Sí, sí votaré por Obama!», y portazo. Luego toca una joven negra, que responde: «Esperad. Voy a buscar a mi marido». Sale el marido, un joven negro delgado y avispado, con tatuajes y descalzo, se parece un poco al mismo Obama de joven. Le preguntan a quién votará.
–¡A Obama! –y ríe. Y la mujer: «Por esto quería que respondiera él».
–¿Ya estás registrado?
–No.
Lindsay le da en seguida el papel para que se registre. Sólo hay que anotar los datos básicos. Luego la misma oficina del Partido Demócrata se encarga de llevarlo a la autoridad correspondiente, desde donde enviarán al votante su tarjeta para que vaya a votar. En la mayoría de los estados norteamericanos hay que registrarse para votar. El interés por unas elecciones crece durante las tres últimas semanas de una campaña. Pero uno debe registrarse un mes antes de la votación. Así que si no lo ha hecho, cuando le apetece ir a votar, ya no está a tiempo.
Es un sistema, está claro, que no fomenta la participación. Según el periodista Christopher Hayes, de la revista The Nation, «Tras la Guerra Civil (18611865), cuando los negros en el sur y los inmigrantes en el norte empezaban a acudir a las urnas en masa, empezaron a surgir los requisitos para registrarse, diseñados por los poderes establecidos para asegurar que no demasiados del tipo equivocado de gente votara». Lo consiguieron.
Hoy, más allá de algunos activistas, nadie parece pedir la eliminación total del sistema. Sin embargo, la campaña de Obama se ha embarcado en un proyecto enorme para registrar a cuanta más gente mejor antes del final del plazo, el 6 de octubre. Registrar nuevos votantes no tiene el mismo peso en los cincuenta estados que forman el país. El sistema electoral americano se basa en el colegio electoral. Cada estado, según su población, tiene asignado un número determinado de delegados. El candidato que gana el estado –aunque sea por un puñado de votos– se lleva todos los delegados.
Por tanto, para la campaña de Obama lo más importante es registrar a votantes en los estados donde la victoria está más difícil. Por ejemplo, California y Nueva York son dos grandes estados que en las últimas elecciones han votado claramente al candidato demócrata (a finales de agosto Obama le sacaba a McCain casi veinte puntos en Nueva York). Texas o Alabama suelen preferir el candidato republicano. En cambio, Florida, Pennsylvania, Nuevo México u Ohio están en el aire (los expertos dicen que son doce los estados que puede ganar cualquiera). Esto hace que el esfuerzo de los partidos en estos lugares sea mucho mayor. Nueva York, por ejemplo, que apoyará a Obama probablemente no verá al candidato hacer mítines en su estado. Tampoco los esfuerzos de los voluntarios neoyorquinos para registrar y convencer a otros ciudadanos los harán en su estado, sino en la vecina Pennsylvania. Yo me di de alta en la web de Barack Obama como ciudadano de Chicago y en la del movimiento político de base Moveon​.org como ciudanano de Nueva York y no paro de recibir mensajes para ir un fin de semana a las vecinas Iowa o Pennsylvania a hacer campaña.
David Plouffe, el jefe de campaña de Obama, ha dicho que «el modo de cambiar el proceso político es cambiar la cara del electorado». En Ohio, el estado que dio la victoria a George W. Bush en 2004, la diferencia entre el ganador y el aspirante, John Kerry, fue de unos sesenta mil votos. En Nuevo México, de unos seis mil. Es posible pues cambiar un estado con unos miles de nuevos votantes.
Para entender el esfuerzo y la novedad de la campaña de Obama sirve el ejemplo de Virginia, al sur de la capital federal, Washington. Virginia ha votado por el candidato republicano en todas las elecciones desde 1968. En 2004 Bush ganó el estado por 262.000 votos. Según el Washington Post, sólo el 1 de agosto había 235.976 nuevos votantes registrados en el estado. Por dos motivos: uno, porque mucha gente que trabaja en Washington vive aquí, y dos, por el esfuerzo de los voluntarios. El primer motivo, el cambio demográfico, ya ha hecho que en anteriores elecciones Virginia haya elegido el gobernador y uno de sus dos senadores del mismo partido que Obama. El segundo motivo, el esfuerzo, puede confirmar esta tendencia.
La campaña en Virginia centra sus esfuerzos, lógicamente, en votantes que le sean favorables: jóvenes, negros y la gente que se ha mudado a los suburbios del norte. Según dice el presidente del Partido Demócrata en el distrito de Fairfax, Virginia: «La campaña de Obama está cambiando el mapa. No aceptan las reglas del juego. Están poniendo más votantes en el terreno de juego. Obama ha decidido poner más cartas en la baraja y se están repartiendo a sí mismos más reyes y reinas».
Hablé con muchos voluntarios de varios estados. A todos pedí si era la primera vez que se implicaban como voluntarios en una campaña electoral. Muchos me decían que sí. Los que me respondían que no, añadían: «Pero nunca tanto como esta vez». Todo este esfuerzo sale poco en los medios, que prefieren los mítines y los discursos. Si Obama es presidente, esta estrategia habrá sido básica. No es ninguna broma. Es carísimo enviar miles de personas a registrar gente. Los voluntarios lo hacen gratis y Obama tiene más de dos millones. Es una parte central de su campaña: antes de cada mítin sale el jefe de zona a pedir a los asistentes que envíen un sms al 62662 (las letras de «Obama»). Quedarán registrados y el que quiera se implicará más. Yo estuve en Estados Unidos 25 días y seis veces intentaron registrarme para votar, por la calle. Ninguna vez se me acercó alguien del Partido Republicano a pedirme algo.
Pero no todo es tan fácil. Como dice Rich Beeson, director político del Comité Republicano Nacional (el otro partido en liza), «registrar votantes es increíblemente importante, pero también lo es conseguir que vayan a votar, y eso es algo que nosotros hacemos muy bien». Una cosa es registrar a alguien; uno no tiene que hacer más que rellenar un papel. Más difícil es conseguir que vaya a las urnas y vote a tu partido. Para conseguirlo, los miembros de las campañas recogen los números de teléfono y el día antes y el de la votación se dedicarán a llamar a los votantes de su distrito para asegurarse que vayan a votar y si necesitan que les acompañen en coche.

El primer republicano
En el distrito Greene, donde ahora voy puerta a puerta con Lindsay y la peruana, en 2006 los demócratas perdieron una elección estatal por cien votos; son cien mil habitantes. La semana antes, en la Central State University registraron en una fiesta local a 140 estudiantes, la mayoría negros. En nuestra siguiente visita nos encontramos con el primer republicano. Es el único hombre blanco que nos abre. Mira a Lindsay, que dice «soy una voluntaria de la campaña de Obama» y el hombre hace que no con la cabeza y cierra la puerta. No ha dicho ni palabra. Es el único republicano con el que daremos.
Ahora nos encontramos con una chica sentada en el porche de su casa. Es grandullona y tiene cara de poco interés, casi de desidia. Cuando Lindsay le habla, ella:
–No sé nada de política. No sé cómo votar. No sé qué dice un partido ni el otro.
Lindsay intenta preguntarle qué temas le importan:
–Un salario que me llegue.
Lindsay le da una bolsita con información del Partido Demócrata y nos vamos. Mientras hacemos otras casas, miro a la apática, que hojea un tríptico. Lo mira como si un heterosexual mirara un folleto pornográfico gay. Terminamos. Han registrado a cuatro nuevos votantes y entre el resto todos menos tres votarán a Obama. Están contentas, pero es un trabajo largo. Le devuelven las hojas a Brian y cada cual se va para sus casas. Yo me voy hacia Indianapolis.

Una campaña eficaz
El esfuerzo de la campaña de Barack Obama ha conseguido en suma dos cosas notables. Una es el entusiasmo de sus seguidores. La combinación de ocho años de un presidente impopular, George W. Bush, y un candidato prometedor y distinto, Barack Obama, han hecho que la base del partido, los votantes fieles, vayan a tope. «No podemos más» es una de las frases que más he oído.
El segundo gran cambio de Obama es la nueva cara que tendrá el electorado de 2008. Según Hayes, de The Nation, «la gente que vota es más vieja, más blanca, más rica que el americano medio». En 2004 había 55 millones de personas sin registrar: sólo la mitad de los que no acabaron el bachillerato están registrados (un 83 de los universitarios lo está); hay un 10 por ciento más de blancos registrados que negros (que casi en un 90 por ciento votan demócrata), las madres casadas superan a las solteras (más pobres y más demócratas) en un 13 por ciento, o 8 de cada 10 mayores de 55 años está registrado, pero sólo 6 de cada 10 entre 18 y 24 (que es único sector de edad que ganó Kerry en 2004).
Todo esto es tan importante que ni tan siquiera las encuestas pueden prever su valor: «La mayoría de las encuestas se basan en votantes probables, y la probabilidad de votantes se mide a través de elecciones anteriores», dice Darrell West, de la Brookings Institution, al Christian Science Monitor. Este año, con el repunte de interés que hay, las predicciones son más difíciles. Este es uno de los motivos –quizá el principal– por los que Obama lo tiene mejor para ser el próximo presidente.
Pero la clave en la mayoría de estados seguirán siendo los votantes independientes. La gran mayoría de americanos se sitúa en una especie de centro político y sólo algunos temas los hacen tender a derecha o izquierda. Pero de entre todos estos, sólo unos pocos cambian realmente de partido. Son personas que votan de un modo u otro según el año, la elección o su estado de ánimo. Tienen motivos variopintos y es imposible descubrirlos todos. En estas elecciones, como siempre, habrá varios temas que pueden cambiar lealtades. Aquí están los principales.

La economía va mal
La economía americana podría ir bien. En el último trimestre ha crecido un 3,3 por ciento; es mucho. Pero no todos los últimos trimestres han sido iguales, ha habido problemas con las hipotecas, se han perdido trabajos o la productividad (lo que es capaz de producir un trabajador en su jornada) ha crecido, pero los salarios, no. Aunque la economía crece, hay algo que no encaja.
En los años de la administración Bush la mayor parte del crecimiento ha ido a parar a los que ya tenían más y la desigualdad se ha disparado. Entre 2002 y 2006 los ingresos del 1 por ciento más rico crecieron un 11 por ciento anual, los del resto, un 1. Ahora, ese 1 por ciento más rico dispone de un 18 por ciento de la riqueza del país, algo que no ocurría desde los años 20. Tras la Gran Depresión de 1929, con Franklin Delano Roosevelt, Estados Unidos adoptó medidas más redistributivas, parecidas a las europeas. Ese 1 por ciento más rico fue perdiendo ingresos hasta tener un 7,5 por ciento en los años 70. La llegada de Reagan disparó de nuevo su poder. Los ocho años de Clinton contuvieron un poco el aumento y ahora ha crecido de nuevo.
Esta tendencia se ha solapado con un cambio planetario que poco tiene que ver con quien haya en la Casa Blanca. Los americanos que trabajaban fabricando coches de repente no sólo competían con sus vecinos, sino también con eslovacos o chinos. Más trabajadores dispuestos a hacer el mismo trabajo por menos implica menos salario o que la fábrica cierre. Los americanos con títulos universitarios, de momento, no han tenido este problema. Las diferencias entre ambos grupos por tanto han aumentado. Hay más factores: la tecnología (hacer hoy un coche necesita más máquinas y menos manos que hace cuarenta años), los cambios familiares (las familias monoparentales tienen menos ingresos que las que tienen dos sueldos). Sea como sea, han sido años malos para la mayoría de norteamericanos y el gobierno no ha ayudado a paliarlos.
Un ochenta por ciento cree que hoy es más difícil que hace cinco años llevar una vida de clase media. Sarah y Chris son un joven matrimonio con quien hablo en Denver. Sarah es planificadora urbana en un ayuntamiento y Chris es profesor de matemáticas en un instituto. Tienen una casa de unos doscientos metros cuadrados –no especialmente grande para lo que se lleva aquí – , dos coches y aún no tienen hijos. Sarah, además de los gastos habituales en comida, gas, luz o teléfono, tiene tres recibos del banco cada mes: la hipoteca, devolver el crédito que le dieron para pagarse la universidad y el coche. Por suerte en su trabajo le sufragan la sanidad privada. Para todo esto necesita casi tres mil dólares al mes (unos 2.400 euros). Sólo ella. Luego está Chris, cuyos gastos son parecidos. Tras contar esto, Chris me dice: «Daría un trocito de casa y un trocito de jardín para poder pasar una semana al año en la playa». Yo me sorprendo: ¿no les queda dinero para ir a la playa? Serían mil dólares más por cabeza al año. Chris hace que no con la cabeza.
Sarah y Chris votarán a Barack Obama. Es lógico. Obama propone bajar los impuestos progresivamente a todos los americanos menos al 20 por ciento más rico (los que ingresan más de 250.000 dólares; 176.000 euros). El candidato republicano, John McCain, quiere mantener los recortes a los más ricos de los años de George W. Bush.
La economía suele ser domino tradicional de los demócratas. Cuando las cosas van mal, los norteamericanos suelen confiar en ellos. Los americanos, sin embargo, ya suelen votar según sus ingresos: los que tienen más votan republicano, los que tienen menos, demócrata. Pero en las últimas décadas, cuando en las casas de los menos acomodados ha habido tantos electrodomésticos como en las del resto, la economía ha perdido peso. Lo han ganado otras cosas. Esta vez, sin embargo, en recesión y con una desigualdad disparada, el Partido Demócrata lo tiene todo de cara. Es otro motivo por el que Obama lo tiene mejor para ser presidente.

Mi religión pesa, pero no sólo por el aborto
En los años en que la economía perdía peso, la religión y los célebres «valores» lo ganaban. Un buen ejemplo es el voto católico, tradicionalmente del Partido Demócrata porque los hijos de inmigrantes irlandeses e italianos solían ser pobres. Votaban según ingresos. Cuando empezaron a vivir mejor otros aspectos entraron en juego. Quizá el más importante sea el de los valores. En Estados Unidos no hay valor más sagrado que el de la vida de un feto, el aborto. Los republicanos están en contra; los demócratas a favor. Así, hoy los católicos votan como el resto del país, divididos: unos miran su cartera; otros, sus valores.
El aborto está permitido por una sentencia del Tribunal Supremo de 1973 conocida como Roe vs. Wade. Para derogar esta sentencia los conservadores necesitarían una mayoría pro-​life (a favor de la vida) en el Tribunal Supremo. En los años de Reagan y Bush padre o ahora la podrían haber tenido y no la utilizaron. Cínicamente, para algunos. Que el aborto siga siendo legal es básico para no perder el unido voto antiabortista. Además, si se derogara la sentencia, no se prohibiría automáticamente el aborto, sino que el asunto pasaría a la voluntad de cada estado. Esto es algo que seguramente muchos americanos no saben, o no quieren saber. Bill, de Nueva Jersey, es demócrata, pero sus padres votan republicano. ¿Por qué?, le pido. «Por el aborto», dice. ¿En lugar del aborto qué querrían exactamente?, insisto.
–Yo creo que no lo han pensado. Sólo quieren un candidato antiabortista.
El aborto es «no negociable». Los matices quedan más allá de una campaña electoral. En una entrevista que un famoso pastor hizo en su megaiglesia a los dos candidatos les pidió cuándo empiezan los derechos humanos de un feto. La respuesta de McCain: «En el momento de la concepción» y el público aplaudió y chilló. La respuesta de Obama, más larga, venía a ser: esto es algo que está por encima de mi salario y, añadió, más allá de pensar en el aborto, el objetivo debe ser reducir los embarazos no deseados. La respuesta de Obama es quizá más razonable (más en un país donde la educación sexual de adolescentes es limitada), pero la que quiere oír la gente para quienes el aborto es no negociable es la de McCain.
Grant Gallicho asesora a la campaña de Obama para recuperar el voto católico. Su objetivo es trasladar el enfoque de un debate demasiado encarnizado a otro más general y que les pueda ser más favorable: «A McCain nadie le ha hecho la pregunta difícil: “Derogamos Roe, ¿y entonces qué?» Pero da igual, nuestro objetivo es ampliar la mirada de los creyentes más allá del aborto o los derechos de los gays: qué hay de la pobreza, de la igualdad».
La mayoría norteamericana se ha movido en los últimos años y la mayoría apoya que el aborto sea legal, con límites. Uno de los que lo ha visto es Mike Huckabee, ministro bautista que aspiraba a ser el candidato republicano y feroz antiabortista: «El movimiento por la vida ha sido criticado por centrarse sólo en el feto, y una vez el niño nace, que se espabile. Pero para tener credibilidad, tenemos que demostrar tanta compasión por el niño que duerme bajo el puente como por el que está en el seno materno». Aún no deaparecerá, pero el aborto como casi único tema religioso y de valores, pierde fuelle. La desigualdad da razones a los creyentes más liberales que ponen el acento en la pobreza y en la redistribución. El aborto, aún republicano, puede empezar a mostrar algunas grietas. Douglas W. Kmiec, católico republicano que apoyará a Obama, lo explicó al New York Times: «Las preocupaciones del senador Obama por un sueldo digno, el acceso a la sanidad pública, la estabilización del mercado de las viviendas, las necesidades de los desaventajados y la importancia de la comunidad son todos aspectos de la misión social de la Iglesia». Obama no ganará entre los votantes centrados en valores morales, pero puede sacar algo más que sus antecesores.

La política exterior será un tema menor
En 2004 la guerra de Irak fue clave. En 2008 casi todos están de acuerdo en que hay que salir de Irak pronto y centrarse en Afganistán y en su frontera con Pakistán, donde se cree que está Bin Laden. La seguridad nacional ha sido un punto fuerte republicano desde que Reagan «ganó» la Guerra Fría –«nosotros vencimos, ellos perdieron», dijo– tras la presidencia «débil» de Jimmy Carter y la fama de pacifistas de los demócratas. La debilidad de los americanos por el ejército es notable. Montones de coches llevan lazos amarillos con el lema «Apoyo nuestras tropas», muchos veteranos presumen de ello hasta en las matrículas y la idea de que son la nación más poderosa del mundo se siente.
John McCain es hijo de almirante, luchó en la guerra de Vietnam, donde su avión fue abatido, estuvo cinco años preso y fue largamente torturado –aún hoy se ve cómo no puede levantar bien los brazos cuando saluda en los mítings, son las secuelas. Cuando volvió aún se dedicó unos años al ejército antes de entrar al congreso y al senado. Barack Obama nunca se ha puesto un uniforme norteamericano. El problema de McCain era que podía ser visto como demasiado proclive a las intervenciones militares –durante las primarias cantó «Bombas, bombas, bombas», refiriéndose a Pakistán – , pero en su discurso en la convención recordó su pasado militar y cómo intentará siempre no tener que enviar el ejército a la guerra. Obama, curiosamente, ha tenido que declarar lo contrario: que no dudará en defender a Estados Unidos por todos los medios.
Obama ha convencido a parte de los americanos de que, a pesar de su patente inexperiencia, podría ser un buen «comandante en jefe», que es uno de los cargos del presidente. Obama ha insistido que lo necesario es juicio, no experiencia. Tiene seguramente razón. McCain, en este campo, está por encima del bien y del mal. Por suerte para Obama, si no ocurre nada grave, los temas de política exterior serán menores en las próximas elecciones.

La imagen de los dos partidos
En Denver hablo con Dick, un treintañero que vive en Louisiana, en pleno sur; ha venido a ver a su prima. Su estado es republicano, él por lo que dice, no. Hablamos de las diferencias entre Estados Unidos y Europa. Parece gustarle la idea de que aquí tengas la sanidad gratis aunque no tengas trabajo. Allí si pierdes el trabajo, y no puedes pagarte tu cuota, te quedas sin. Si te pones malo, puedes ir de urgencias y te atenderán, pero luego el hospital te enviará la factura. La mayoría de bancarrotas personales las causa la sanidad. El sistema sanitario es uno de los grandes retos de cada presidente norteamericano. Quien consiga un sistema que contente a las aseguradoras privadas y a la población, pasará a la historia a lo grande. Es muy difícil. Los demócratas apuestan por más subvenciones del gobierno para los que tienen menos, los republicanos por menos impuestos para todos aquellos que paguen su propia sanidad. Son parches.
Le pregunto a Dick por los vagabundos; en Estados Unidos hay montones, en cada esquina, jóvenes, mujeres, ancianos. Él me pregunta dónde están los nuestros. A mí sólo se me ocurre decirle que no sé, quizá la familia. Dick me corta:
–No, no, nada de la familia, dónde están los borrachos, los que se drogan, los que no tienen solución. La verdad es que no lo sé, quizá alguna institución. Sin embargo, la frase de Dick revela una de las mayores diferencias entre europeos y americanos. Ellos suelen creer que si uno está en la calle, si no tiene dinero, es que algo ha hecho mal, es culpa suya y por tanto es su problema. Nosotros solemos creer que si está en la calle, las circunstancias lo han llevado y entonces ha empezado a beber, así que es culpa de la sociedad y el gobierno debe hacer algo.
El famoso sueño americano dice que quien trabaja duro saldrá adelante. El Partido Republicano es el que mejor refleja esta aspiración: poco gobierno, pocos impuestos, poco gasto público, cada cual a lo suyo; en política exterior, Estados Unidos primero. Sin embargo, en el terreno moral, son más intrusivos: aunque quieren libertad para tener armas, no al aborto, no a los derechos para los gays, no a la eutanasia. Esta combinación un poco rara y, sobre todo, la claridad para saber qué defiende ha sido una de las claves del éxito republicano reciente.
En cambio el Partido Demócrata, cuyo perfil más de gobierno europeo que redistribuye le sirvió para arrasar después de la gran depresión y la guerra, navega ahora entre las dudas. Los demócratas defienden más gobierno que los republicanos, ¿pero cuánto?, más impuestos, ¿pero cuántos y para quién?, más diplomacia, ¿pero y con los iraníes?, ¿sí al aborto o sólo a veces?, ¿matrimonio gay o sólo uniones civiles? Puede parecer menor, pero estas dudas no ayudan a saber qué proponen los demócratas a los votantes poco interesados en política –que son muchos– y son muy fáciles de ridiculizar. Cuando un republicano quiere criticar a los demócratas dice que quieren convertir al país en «socialista». Para nosotros será exagerar, pero para un norteamericano es muy serio: «Tú has pagado los préstamos de tu época de estudiante y trabajado duro. Cualquier impuesto que me penalice porque he ganado más dinero que alguien que no haya hecho esto siempre, me molestará», dice Jere, de Kansas City.
Esta tendencia individualista tiene una doble cara. Por un lado, y no sé exactamente si es por esto, los norteamericanos son mucho más cordiales y están más predispuestos a ayudar en el ámbito privado. Son más conscientes que si el papel del gobierno es menor, cada cual debe jugar un papel mayor por el bien de la comunidad. Esto se ve en muchos ámbitos: desde la simpatía individual –es muy fácil acabar charlando con el vecino en una cafetería– hasta saber que la iglesia a la que uno va, la revista que lee o la radio que escucha, sólo tiene fondos privados y hay que arrimar el hombro. Por el otro, allí donde lo privado no llega, tienen problemas gordos. Cuando iba camino de Chicago desde Indiana, un grupito de gente que conocí, cuando me despedía, me dijo: «Sobre todo no te pares en Gary». Se referían a que era un lugar peligroso: ¡toda una ciudad era peligrosa! No es raro conducir por suburbios y pasar de barrios con casas grandes y parterres cuidados, a zonas con el asfalto roto, basura por todas partes y hogares que se caen. Si no hay más dinero público, no se puede hacer más.
Este es un mal año para ser republicano. El presidente republicano tiene una de las cotas más bajas de popularidad y el candidato republicano ni lo cita ni lo presenta en sus mítings. John McCain se presenta como reformista y más centrista que su predecesor (es como si Ruiz Gallardón se presentara después de un Aznar quebrado por la guerra de Irak y una economía en crisis). Sus posibilidades pasan por movilizar hasta el último republicano que crea en él o, sobre todo, que tema lo que según dos autores conservadores, Ross Douthat y Reihan Salam, traerán los demócratas: «Unos Estados Unidos europeizados, con más impuestos, un empleo público super expandido, unos jóvenes de clase media alta infantilizados que viven en casa con sus padres hasta los treintaypico porque sus trabajos no les dan para comprarse una casa, con cerca de un 50 por ciento de hijos de padres monoparentales y una burocracia pública creciente para recoger a los que se quedan atrás».
La ventaja republicana en este campo es grande. Por ejemplo, Barack Obama ganó las primarias con un mensaje de cambio y esperanza, hablaba poco de las políticas concretas que impondría y los expertos se quejaban. Desde la convención, da detalles y números, pero ahora los comentaristas lamentan que sea demasiado específico y no dé una visión global. McCain no tiene este problema. Todo el mundo sabe qué hará. Los debates de octubre serán la clave para saber si Obama puede demostrar que detrás del Partido Republicano sólo hay más de lo mismo. El objetivo son siempre los independientes. Un 12 por ciento más de americanos se identifica hoy con los demócratas, pero esa diferencia no se refleja en las encuestas para presidente. Obama tiene aquí más trabajo para explicarse bien. Será una labor fina, compleja y determinante.

Los candidatos son buenos
Cuando Barack Obama calibraba si presentarse como candidato a presidente, fue a hablar con un pastor amigo, quien le dijo: «Cuando el hierro está caliente es cuando hay que martillearlo». Había llegado su momento y tenía que aprovecharlo. Obama saltó a la fama en agosto de 2004, con un magnífico discurso en la convención que eligió a John Kerry como candidato demócrata. En noviembre de 2004 fue elegido senador. Obama insistía, después de tantos años de partidismo, en que los dos grandes partidos debían trabajar unidos para mejorar el país de verdad. Era negro, pero había hecho una carrera de blanco y su acento era de la América profunda. Después de ocho años de división, su candidatura podía expresar como nadie las ganas de cambio del país.
Para sus admiradores, Obama tiene dos grandes cualidades: inteligente y genuino. Obama es realmente inteligente. Sin recursos, estudió con becas en dos de los centros más elitistas del país: Columbia y Harvard. Habla muy bien y en las entrevistas masca las respuestas. En la tele, la diferencia con el estilo más intuitivo de Bush es patente. Después de estudiar en Columbia, mientras sus compañeros empezaban a ganar dinero, Obama estuvo tres años trabajando de «organizador comunitario» en una zona negra y pobre del sur de Chicago. Ahí, dice, aprendió lo que más le ha servido en su vida. Puede ser cierto: su campaña es un ejemplo de organización de base, con voluntarios y profesionales trabajando por algo, dicen, más grande que ellos.
Obama, de momento, no ha defraudado mucho a nadie y su genuinidad sigue intacta. Está claro que una persona humilde y discreta no se presenta para presidente de Estados Unidos. Ese toque de «creo que he sido llamado para esto» Obama lo tiene (con apenas 40 años había escrito dos libros de memorias y autoanálisis, prueba de ligero egocentrismo), pero criticarlo por mesiánico es exagerar. Los republicanos intentan lógicamente ridiculizar todo esto de «la Historia me ha llamado» que ven en la campaña de Obama, pero con la boca pequeña reconocen que se enfrentan a uno de los políticos mejor dotados de su generación.
Vi su discurso de la convención con unas cien personas en una sala de arte de la calle Larimer, en Denver. La ciudad se había parado y la gente se reunía para ver hablar a un político como si fuera la final de la Eurocopa. Al final, muchos lloraban, tanto hombres como mujeres. La referencia determinante fue la del discurso del sueño de Martin Luther King, 45 años atrás ese mismo día, del que citó: «No podemos caminar solos, y mientras caminamos tenemos que hacer la promesa de que sólo marcharemos adelante. No podemos volver atrás». Y Obama repitió: «No podemos volver atrás». Esto hizo llorar. No es por nada. Ese mismo día, me emocionó a mí ver por las calles de Denver a una mujer negra con una chapa que decía «La primera familia americana» al lado de una foto de Obama y su familia. Nadie creía poder ver algo así en su vida. Hace poco más de 40 años, los negros votaban a duras penas. Ahora pueden ver como el máximo representante de su país es como ellos. No es un paso adelante en la historia, es una carrera.
John McCain no hace llorar cuando habla. Tiene otras cualidades, pero sus discursos, aunque bien escritos, tienen menos fuerza que los de muchos políticos españoles. Las dos cualidades de McCain son casi las mismas que sus defectos. A sus 72 años, es el «héroe real americano» por su dedicación al ejército y las torturas que sufrió. Su segunda virtud es que en su carrera política se ha distinguido por apoyar muchas medidas con senadores del otro partido y no ha temido criticar a miembros de su partido por desacuerdos (aunque, como los demócratas recuerdan, a la hora de votar en un 90 por ciento de veces lo ha hecho siguiendo las directrices de los suyos).
Sin embargo, a los 72 años sería el presidente más viejo en empezar a gobernar. Cuando eligieron al nuevo general de los jesuitas, Adolfo Nicolás, algunos de sus partidarios temían que su edad fuera un problema. Tenía 72 años. No sé si mis amigos jesuitas estarán de acuerdo, pero me parece más agobiante ser presidente de Estados Unidos que general de los jesuitas.
Su otra dificultad es que los votantes de su partido veían sus credenciales como demasiado centristas. Con su elección de vicepresidente, McCain quiso matar dos pájaros de un tiro. Sarah Palin, la gobernadora de Alaska, es más papista que el Papa en valores morales y con una mujer en la vicepresidencia, el efecto «histórico» de la elección del primer presidente no blanco queda diluido por el de la primera vicepresidenta mujer. Es también un guiño a los seguidores de Hilary Clinton, aunque es curioso que Palin guste según las encuestas más a los hombres que a las mujeres.
El problema de Palin es que McCain persigue con ella sólo ganar la elección. Un vicepresidente norteamericano sólo sirve para sustituir al presidente si se muere. Si algo le ocurre a McCain, dejará la primera potencia del mundo en una mujer que ha declarado abiertamente que la guerra en Irak le interesaba poco. Puede tener tan poca experiencia como Obama, pero Obama lleva más de dos años sometiéndose a entrevistas, a ruedas de prensa y a reportajes de todo tipo. Palin ha hecho tres discursos escritos por otros y la prensa tendrá un acceso restringido. Le tienen que enseñar muchas cosas. Será difícil poder hacerlo en dos meses. Los republicanos confían en que eso de que «es como nosotros» le valga la disculpa de los votantes. Aunque después de ocho años difíciles de un presidente que era «como nosotros», quizá haya menos votantes dispuestos a dar carta blanca.
Barack Obama es en suma un candidato distinto. McCain también, pero menos, y sobre todo parece que su oportunidad pasó (en el 2000 ya intentó ganar a Bush en las primarias y no lo consiguió, y fue una lástima). Con Palin intenta recomponer su candidatura, pero está por ver si aguanta impoluta las semanas que quedan hasta las elecciones del 4 de noviembre.
Estados Unidos es un país enorme, como si toda Europa votara el mismo día. Puede pasar de todo. Pero el candidato demócrata, Barack Obama, lo tiene claramente mejor. Muchos americanos votan al presidente como alguien en quien puedan confiar, directo, claro. En este aspecto quizá McCain lo tenga mejor, pero Obama tiene la elección en sus manos. Sea como sea, el gran reto para los dos es luego ser un gran presidente.

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