La biblioteca del poema en prosa

Alberto Tugues
Todo comenzó con el verso. Verso no rimado, verso libre, pero con la música y el ritmo del verso. Sin embargo, no me sentía cómodo con el verso. No era mi construcción poética, la casa del ser, como decía Heidegger, se resistía a ser edificada, algo se estremecía en los cimientos. ¿Acaso me exigía demasiada desnudez espiritual, demasiado despojamiento? ¿Pudor lírico tal vez? Sea como fuere, estaba claro que no era mi forma, la forma que necesitaba para expresarme. Después de interminables experimentos en verso, después de muchas tentativas confusas y noches en blanco –tiempo de silencio – , al fin, un día, comencé a escribir poemas en prosa. La suerte estaba echada. ¿Quiénes, qué autores me animaron a hacerlo, cambiando no sólo mi estilo –mi falta de estilo – , sino también mi vida? Había apostado por la poesía desde el principio, había jugado a los dados con el azar, como pedía Mallarmé, y por fin tuve la suerte de una buena jugada: fue así como gané la forma del poema en prosa. Es decir, jugando, escribiendo, ésta es la historia de una aventura, de un juego poético, de unos títulos que, al leerlos, al jugar con ellos, fui ganándolos hasta alcanzar mi propia forma.

Petronio, El satiricón
Boecio, La consolación de la filosofía
El prosimetrum clásico, o género donde se alterna la prosa o la filosofía con la poesía, ya me descubrieron la posibilidad de hacer converger poesía y prosa en un mismo libro. En estos dos títulos clásicos, El Satiricón y El consuelo de la filosofía, la poesía se incorpora a la narrativa de Petronio, y a la filosofía de Boecio. En suma, prosimetrum, síntesis de prosa y poesía.

Dante, La vita nuova
Sonetos, canciones y prosa del descubrimiento amoroso. Prosa destinada a explicar el contenido de cada soneto, el sentido de cada canción del libro que Dante compuso para celebrar el “saludo” simbólico, la señal poética que le hizo su ideal amoroso, platónico, Beatriz. Otra vez, la prosa explicando, entrometiéndose en la poesía, que diría María Zambrano.

Miguel de Cervantes, Rabelais y los demás
También en la novela pastoril, bucólica, los autores incorporaban poemas de amor y desamor a la narración, que eran cantados por los pastores a las bellas damas. Memorables, las parodias de la poesía bucólica que Cervantes intercala en el Quijote, así como las canciones, sonetos y el extenso “Canto de Calíope” en La Galatea. También Rabelais quiso incluir algunos poemas y listados sarcásticos a modo de versos en su Gargantúa y Pantagruel.

Aloysius Bertrand, Gaspard de la nuit
Inicio del poema en prosa en Francia, reconocido por Baudelaire. Sin embargo, demasiado exótico aún, con abundantes elementos decorativos propios de la moda orientalizante y romántica de aquella época. Pero se trata del inicio y de un libro valiente y heterodoxo en la forma, que anuncia lo que pronto será el poema en prosa moderno.

Charles Baudelaire, El spleen de París
Ya el poema en prosa moderno. El verdadero nacimiento, el comienzo de todo. Poema en prosa urbano, los personajes, el sujeto poético merodeando por las calles de París, mezclándose con los transeúntes desconocidos, contemplando los escaparates de las tiendas, avanzando por las aceras donde los cuerpos se aproximan, en un largo y tortuoso paseo que conduce a los suburbios de la ciudad. Multitud y soledad. Farolas de gas, barrios altos con las calles iluminadas, barrios bajos, callejuelas mal alumbradas, novias de alquiler en las esquinas. Lo desconocido, lo anónimo llenando las calles de la ciudad. Angustia, hastío. El poema en prosa moderno cuya estructura, cuya forma abierta devora todos los materiales de la ciudad, la miseria, las luces y los deshechos, sometiéndolos a su ritmo asimétrico.

Arthur Rimbaud, Una temporada en el infierno y las iluminaciones
El gran paso, el salto al vacío del poema en prosa. Sin red protectora. En dirección desconocida, pero que avanza hacia el silencio del autor, después de la euforia visionaria, de la iluminación. Abriendo el poema, la prosa del poema, hacia el fondo, hasta los límites de la noche y del lenguaje. Orfeo callejero, Orfeo de barrio, Rimbaud baja a los infiernos de la ciudad, sin los miramientos, sin los guantes de Baudelaire, como decía Sartre. Y nos dirá que, por delicadeza, pierde su vida. Una vez perdido, extraviado por calles y caminos, se parará un momento a contemplar el horizonte, experimentará una iluminación, y regresará con los ojos llenos de sensaciones nuevas, de palabras nunca dichas antes. Escribirá con otra mirada, con otra visión. Pero también con una irónica alegría, con esa risa que Rimbaud incorpora a la poesía moderna, tan fresca como la de Catulo. Esa risa que nace de la propia visión, de la pureza del descubrimiento, como la risa irreprimible de la mística y visionaria Juliana de Norwich; como la ebriedad del alma del místico sufí Rumi, danzando, girando sobre sí. La alegría efímera que precede al silencio, a la música callada, que anuncia la falta de lenguaje de las visiones más puras. El silencio del poeta, Rimbaud desviviéndose ahora en tierras extranjeras, exiliado de sí mismo, callado, ya sin decir ninguna palabra a nadie. No era necesario hablar más.

El conde de lautréamont, Los cantos de maldoror
Con Lautréamont el poema en prosa, sus cantos dan un paso más en la senda laberíntica abierta por Baudelaire y Rimbaud, pero incorporando al poema el collage, la parodia de sí mismo. A partir de ahora, el poeta le pierde el respeto a la forma del poema. Villón, Baudelaire y Rimbaud, ya habían profanado los contenidos poéticos, y ahora llega el falso conde de Lautréamont a violentar la estructura, la forma del poema. Arrojará infinitas alucinaciones, frases largas, frondosas, pero bien medidas, siempre exactas; imágenes ambiguas, relaciones monstruosas. Terror tragicómico en el escenario donde luchan el mal y el bien. En desventaja el bien, ya que el mal utilizará la belleza literaria del poema para corromperlo (mucho después, saldría de la cárcel Jean Genet con otro botín de belleza literaria). Seres perplejos y condenados a vivir en la desmesura de otra realidad, sufriendo, amando lo imposible. Pero cuando ya todo estaba perdido, apareció el humor negro de Lautréamont, el humor que lo purificaría todo. Textos enciclopédicos incrustados al texto del poema, ironías discursivas dedicadas al lector, todos los materiales seleccionados serán transformados en una majestuosa operación poética, donde el autor revelará la realidad macabra del poema y su técnica. Será entonces cuando estallará el contenido y la forma del poema en prosa, dando así comienzo al dadaísmo y, sobre todo, a los poetas surrealistas: los grandes cultivadores del poema en prosa, Max Jacob, Pierre Reverdy, Henri Michaux, René Char, Francis Ponge…

Stéphan Mallarmé, Igitur
El silencio. La poesía y la prosa abolidas en el silencio. A través de las escaleras de Igitur, por donde se sube y se baja al misterio, llegaremos después al territorio virgen, al espacio en blanco, al silencio absoluto de “Un golpe de dados jamás abolirá el azar”. Si las partidas de dados no pueden abolir el azar, habrá que buscar otra técnica para enfrentarse al azar. ¿Prosa, poesía? Ya no importa, estamos en los límites, en el territorio fronterizo de los géneros literarios: los dados han sido echados sobre la mesa y a medida que éstos ruedan, al azar, van trazando un vacío, una serie de palabras enigmáticas entre los inmensos blancos de la página. Estamos en otro dominio estético: silencio blanco en torno de las palabras. Lenguaje puro, reducido hasta el hueso, espumas originales, palabras puras que desaparecen al ser dichas, al ser pronunciadas. Poesía, prosa, silencio.

Robert Walser, La rosa y vida de poeta
Franz Kafka, Contemplaciones
Fernando Pessoa, El libro del desasosiego
Sólo con mencionar sus nombres nos será dado entrar en la cueva mágica de los ladrones de poesía. Y también.
Himnos a la noche, de Novalis. La prosa poética de Hiperión, de Hölderlin. Los cuadernos de Malte y La leyenda de amor y muerte, de Rilke. Ensueño y demencia de Trakl. Poemas en prosa, de Oscar Wilde. El mundo no se acaba, de Charles Simic, y Tarántula, de Bob Dylan.

Los poemas en prosa en lengua castellana que prefiero
Azul, de Rubén Darío. Las formas del fuego, de J. A. Ramos Sucre. Diario de un poeta recien casado y Espacio, de Juan Ramón Jiménez. Poemas, de Macedonio Fernández. Poemas en prosa, Contra el secreto profesional y Escalas melografiadas, de César Vallejo. Veinte poemas para ser leídos en el tranvía, de Oliverio Girondo. Los poemas en prosa de Residencia en la tierra, de Pablo Neruda. La fijeza, de Lezama Lima. Pasión de la tierra, de Vicente Aleixandre. Ocnos, de Luis Cernuda. ¿Águila o sol? y El mono gramático, de Octavio Paz. Summa de Maqroll el Gaviero, de Álvaro Mutis. Historias fingidas y verdaderas, de Blas de Otero. El fin de la edad de plata, de José Ángel Valente, y los Poemas en prosa, de Ángel Crespo.

Los poemas en prosa en lengua catalana que prefiero
Llibre d’amic e amat, de Ramon Llull. Diari 1918 y Allò que no diu “La Vanguardia”, de J.V. Foix. Petites proses blanques y La pluja, de Salvador Espriu. Viatges i flors, de Mercè Rodoreda. Inscripcions, làpides, esteles, de Joan Perucho. Quaderns de l’Alquimista, de Josep Palau i Fabre. Accions musicals y El saltamartí, de Joan Brossa, y La vida silenciosa, de Lluís Solà.

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