Una casa común y compartida

Laia de Ahumada
Lunes 4 de enero de 1999. Son las cinco y media de la tarde y todo está a punto. Los voluntarios esperan nerviosos a que den las cinco para abrir la puerta. Es el primer día de funcionamiento del todavía no estrenado Centro Abierto Heura. Hace una tarde agradable, lo que les inquieta porque piensan que los futuros usuarios quizá prefieran sentarse en los bancos de la plaza antes que encerrarse en un lugar desconocido. ¿Vendrá alguien?, se preguntan con la mirada. Se han estado preparando dos años con un formador de la Fundación Pere Tarrés. Saben, paso por paso, qué deben hacer en cada momento. Han elaborado un ideario con los objetivos, han compartido los miedos y las ilusiones, pero son conscientes de que no todo sucede como se programa y están abiertos a lo imprevisto.
A lo largo de dos años con el grupo de calle han podido experimentar que la persona sin hogar es imprevisible. ¿Habrán sabido crear suficientes vínculos, suficiente confianza? No ha sido fácil la tarea en la calle. Las salidas se hacían en grupos de dos o tres al atardecer, justo cuando el parque de la antigua plaza Lesseps quedaba solitario. Era como entrar en un mundo desconocido, olvidado por la ciudad, un mundo paralelo donde la miseria y el alcohol eran los protagonistas.
Los primeros contactos fueron chocantes, suscitaban un montón de interrogantes, de contradicciones personales: “No ofrezcáis ni pidáis nada –esta era la consigna – , dad amistad, conocimiento y la perspectiva de apertura de un centro de primera acogida”. Soñaban con una casa común y compartida, abierta a todos los que no tienen; un lugar donde poder iniciar procesos de reestructuración personal a partir del acompañamiento individual; un lugar sencillo, sin demasiadas pretensiones.
En aquel primer proyecto cabían todos los sueños, y también el de sensibilizar el barrio, de abrirlo a la realidad de unas personas que dormían en sus calles y plazas, mientras ellos lo hacían cómodamente en sus camas, a pocos metros. Era un proyecto de barrio, donde los voluntarios se encontrarían con los usuarios como unos vecinos más, dónde la conversación continuaría en la calle, entre amigos. Al principio de esta historia, esta decena de voluntarios y voluntarias no sabían nada o casi nada de las personas sin techo. Sólo los habían visto con sus carritos paseando por la ciudad y habían bajado la mirada porque les daba miedo, y se habían apartado porque iban sucios y olían mal. Pero se habían dejado interpelar y habían dejado otros lugares de voluntariado con el fin de prepararse para atender y acompañar el colectivo más marginal de la ciudad, el más difícil de recuperar según las estadísticas, el más fácil de querer según les demostró la experiencia.
Con las visitas periódicas por la calle fueron poniendo rostro a las cifras y se familiarizaron con los olores; diferenciaban las borracheras que invitaban a las confidencias de las que más valía salir corriendo. Aprendieron el don de la oportunidad, el tono de la conversación, y sobre todo a entender que no había diferencia entre ellos y los otros, que no había ni mejores ni peores, ni salvadores ni salvados, sino una relación capaz de curar a todo aquel que se atrevía. Se habían creado vínculos, o al menos se lo parecía, porque si un día no iban los echaban de menos, porque los reconocían y esperaban también en aquel centro prometido, más por la ilusión que les hacía a los voluntarios que no por la que tenían ellos, que ya la habían perdido toda por el camino.

A las cinco no habie nadie
Dieron las cinco en el campanario de los Josepets. El encargado de abrir la puerta y hacer la acogida asomó la cabeza fuera. No había nadie todavía. Los rótulos de la pared anunciaban el horario de apertura –lunes de 17 a 20 h– y los servicios de ducha, ropero y sala. Sólo un día era muy poco, eran conscientes y les dolía, pero una decena de personas, la mayoría trabajando en otros puestos, no podían hacer más y no querían tampoco ir más allá de sus posibilidades. Su objetivo era intentar abrir todas las tardes, de lunes a viernes, y se preguntaban si sólo un día les iría bien a los usuarios, si cogerían el ritmo o se olvidarían.
Los voluntarios retocaban la ropa ya ordenada del ropero, revisaban las barajas de cartas –que ya lo estaban – , movían las sillas de un lugar al otro para que se les pasaran los nervios. “¿Y si jugamos nosotros, a cartas, mientras esperamos?”, dijo una. “¡Buena idea!”, dijo otro. Era necesario practicar con la baraja y el dominó: ¡los usuarios eran unos jugadores espléndidos! El local relucía y estaban orgullosos porque había costado mucho encontrarlo y acondicionarlo. Nadie les quería dejar o alquilar nada cuando oían la palabra “sin techo”.
Finalmente se habían constituido en asociación y habían tenido la suerte de que un párroco de los Josepets les había dejado la antigua cripta de la iglesia y había costeado las obras de acondicionamiento. Las obras fueron muy laboriosas: se hartaron de sacar escombros, de pintar, de limpiar, de trabajar sábados y domingos para tenerlo todo a punto. Para cubrir los gastos se habían emitido entre los socios unos vales parecidos a los microcréditos, y gracias a un contrato de alquiler con el obispado, a un precio simbólico, podían estrenar aquel flamante local de 80 metros cuadrados.
Las partidas de dominó animan a los voluntarios, que se atreven a dar gritos de alegría que rompen el silencio de la cripta. Ya son las seis. El portero vuelve a abrir la puerta. En la calle no hay nadie, ni tampoco nadie ha tocado el timbre. Cuando alguien lo haga, se le recibirá amistosamente –aquel día y siempre– porque valoran la dificultad que comporta dejar su lugar para desplazarse hacia otro desconocido. “Es normal que el primer día no venga nadie”, dice una de las voluntarias. “Pero, ¿y si tampoco vienen el segundo día ni el tercero?”, dice otra, temerosa de que todos los esfuerzos se vayan al traste.
La encargada del ropero ordena las toallas encima de la mesa y las fichas de ducha que les han dejado fotocopiar los compañeros de la asociación Arrels, entidad pionera en el acompañamiento de personas sin techo que los han orientado en los inicios del proyecto. Como ellos, muchas entidades y personas los han apoyado. Se sienten dentro de una red de complicidades y saben que aquella tarde no están solos. Las horas pasan.

El centro va a cumplir diez años
Aquella tarde no apareció nadie, pero no se desanimaron, al lunes siguiente fueron 11 personas, y nunca jamás tuvieron que esperar a que se llenara el local. El 4 de enero de 2009 el Centro Abierto Heura cumplirá diez años. Algunos de aquellos pioneros se quedaron por el camino, otros todavía siguen firmes, al pie de cañón. La decena de voluntarios se multiplicó por cuatro, los socios por ocho, los días de apertura por cinco y un millar de usuarios han acudido a la casa común y compartida de Heura. Ha habido anécdotas como para llenar un libro, pero la que más les gusta explicar es la de que se les considera la única entidad en la historia asociativa que ha sido capaz de devolver una subvención concedida. Los trabajadores del ayuntamiento no se lo podían creer porque nunca se habían encontrado con una casuística parecida, que seguramente les debería provocar un problema administrativo. Este hecho, acontecido en los orígenes, es fruto de un talante que los ha acompañado hasta el día de hoy: son un centro pequeño, familiar, con poco espacio y menos recursos, que se ha mantenido a lo largo de los años con el trabajo de los voluntarios y voluntarias y con una única profesional. No se han querido casar con nadie si esto les suponía renunciar a aquello en lo que creían o les obligaba a callar para tal de poder subsistir.

La gente muere de soledad
La hiedra (heura en catalán) es una planta humilde, pero trepa muy arriba y sacude las tejas. Los voluntarios han aprendido mucho de esta planta: es fuerte, crece, no calla, aprecia y acoge, llena de verde y de esperanza y, tozudos han seguido, hoja a hoja, su ejemplo y han clavado las raíces en cada corazón que les ha venido a ver y, de rebote, cada visitante les ha dejado una huella en la piel. Han descubierto que la gente de a pie no se muere ni de hambre ni de frío, sino de soledad, y con todas sus fuerzas han intentado llenar esta carencia y así seguirán, seguro, hasta que se les acaben.
En el fondo, sin embargo, siguen incubando una ilusión secreta, contradictoria, pero compartida: poder cerrar algún día este centro, y todos los centros de la Barcelona de cara “guapa” y entrañas doloridas. Les gustaría, de verdad, que su trabajo ya no fuera necesario. Durante todos estos años han descubierto que no son una empresa y que, por lo tanto, no les hace falta luchar férreamente por conseguir objetivos, ni por contabilizar vidas, ni por ser más competitivos que otros, ni por luchar para conseguir más usuarios. Lo que desean es que todas las personas tengan una vida digna, sin más, y que las instituciones inviertan buena parte de sus esfuerzos y de dinero de todo el mundo para conseguirlo, y que todos los ciudadanos y ciudadanas sean capaces de tender la mano a todos aquellos que son diferentes, únicamente porque son más frágiles. Pero mientras este sueño no se hace realidad, los voluntarios y las voluntarias del Centro Abierto Heura lo hacen vivir cada tarde, en el centro, en la prisión, en el hospital y en la calle. Seguirán acogiendo, escuchando y acompañando, seguirán aumentando la familia y apostando por cada una de las personas que acogen.
Sin hacer ruido. Son así.

Revistas del grupo

Nuestra redacción

Publicidad