Me hubiera gustado ser economista

Joaquim Gomis
Pensaba titular: “Economía, ¡sálvanos!” Porque me temo que la economía –y los economistas– son mal vistos. Aunque todos dependamos de ella y de ellos. Es posible que el título de este número de nuestra revista parezca insinuarlo. Es fácil culpabilizar. Simplificar es siempre nuestra tentación. La economía es la culpable de nuestros males, pensamos. ¿Qué economía? No lo sabemos exactamente, no somos expertos y apenas entendemos nada de las cada vez más numerosas páginas que la prensa dedica a la cuestión, sin conseguir explicarse. Incluso ahora, en tiempos de crisis, me parece que tanto nuestro interés como las explicaciones que se nos ofrecen, todo queda en un nivel superficial de gestión, de soluciones a corto plazo, de acusaciones fáciles. Quizá ello me lleva a añorar aquellos tiempos en que intenté adentrarme en la economía como teoría, como ciencia, como respuesta a algunos de los problemas más serios de la humanidad.

MI PRIMER TRABAJO
Con todo, bueno será precisar que los inicios de esta supuesta vocación por la economía, tuvieron un motivo muy diverso. Y que los anoto aquí excusándome ante el lector ya que sólo tienen un interés de recuerdo personal: el recuerdo de mi primer trabajo. El primer trabajo se recuerda siempre, como si hubiera sido importante y de hecho lo es: es el inicio de un sucesivo camino que irá variando, con altos y bajos, pero tejiendo tanto la vida personal como la pequeña aportación al trabajo común que contribuye –o no– al camino de la humanidad.
Mi padre era corredor de bolsa, con una modesta clientela, que vivió tiempos mejores antes de la Guerra Civil y que luego le llevó a la ruina. Pensó que sería bueno que el adolescente que era un servidor, durante sus vacaciones, ayudara en aquel tumulto que era entonces la bolsa. Mi función era mínima: ayudar a uno de sus empleados, durante las tres horas que duraba la sesión de bolsa mañanera, a mantener la comunicación desde el parqué donde agentes y corredores de bolsa parecían desgañitarse comprando o vendiendo acciones, como si fuera algo de la mayor importancia, con nuestro despacho. Allí, en el parqué, gritaban y discutían con fervor, abajo, el empleado y un servidor, con escaso trabajo, hablábamos. Mejor dicho, hablaba él, un señor de media edad que a mí me parecía mayor, que con exquisita buena voluntad me explicaba desde los problemas del trabajo a los suyos personales (vivía en el barrio chino de Barcelona y ello era conflictivo para su familia). Fue mi primer trabajo, fue sobre todo la primera vez que alguien me hablaba como algo más que un adolescente. Pero de economía, en aquel tumulto que era entonces la bolsa, no aprendí nada. Y se me ocurre que ahora, en estos tiempos de crisis, sucede algo semejante: allí arriba, los gestores de la economía, discuten y parecen decidir, mientras abajo, el pueblo llano, no entendemos nada.

DESCUBRO, Y ABANDONO, LA ECONOMÍA
En el colegio de los jesuitas me pareció descubrir mi vocación religiosa. Mi padre no se opuso, aunque pienso que entonces eso de los jesuitas no le entusiasmara y hubiera preferido que escogiera el camino del clero más popular, parroquial. Lo que sí me recomendó es que antes de entrar en la Compañía de Jesús, estudiara un par de años en la universidad, Derecho, evidentemente, porque era entonces la carrera de quienes no sabían qué mejor escoger. Y lo que sí consiguió, sin presionarme, es que en aquel par de años un servidor descubriera gracias a un cura muy sencillo, Narcís Saguer, iniciador de la después famosa parroquia de Sant Ildefons, cercana a nuestra casa, que me apetecía más hacerme cura normal, secular, que no jesuita. No sé por qué, me dejé bigote, ello fue mal visto por mi director espiritual de la Compañía, con razón sin duda, porque fue un signo de que el rumbo de mi vida cambiaba.
Bromas aparte, vuelvo a mis dos años en la universidad. Porque allí fue donde descubrí la economía. Ciertamente no era la asignatura más importante, pero fue la que me interesó más. Lucas Beltrán era un excelente profesor que conseguía introducirte en lo que en el mundo de la economía me parece más sugestivo, entonces y ahora. Quizá lo resuma una frase de mi hermano Lorenzo en sus memorias: “La economía política me gustaba, quizá por lo que se parecía a la filosofía, en el intento de poner un poco de orden teórico en el caos de la realidad”. Me temo que ese intento ha quedado en un segundo plano y que domina la economía como simple artesanía para ir resolviendo problemas pero no como ambición de pensamiento. Francesc de Carreras lo decía en un reciente artículo en La Vanguardia al quejarse del empobrecimiento de la enseñanza de la economía en facultades y escuelas de negocio en los últimos treinta años.
Yo, entonces, aprovechaba los libros naranja de la editorial mexicana Fondo de Cultura Económica que Lorenzo se había comprado para preparar sus luego frustradas oposiciones a agente de bolsa, para ayudar en el trabajo de mi padre. Aquella economía con ambición de nuevos planteamientos, con intento de visión de futuro, me gustaba. Estoy ahora lejos de aquel mundo, pero me temo que casi todos estamos lejanos. En mi escasa cultura económica actual, sólo puedo citar con gusto, con añoranza de aquellos tiempos pasados, los libros de John Kenneth Galbraith. Otros abrá, pero la historia de mi frustrada vocación de economista terminó cuando ingresé en el seminario y ni allí ni en las universidades eclesiásticas en que luego estudié, de economía ni una palabra. Como si no fuera algo fundamental para nuestro mundo, para todos nosotros.

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