Quién sabe cómo se salva el mundo

Jordi Pérez Colomé
Andrew Lahde dirigía un fondo de inversión en Estados Unidos. Un fondo de inversión reúne dinero de personas y empresas y un financiero se encarga de invertirlo aquí y allí, donde dé más dinero. Lahde se ocupó de su fondo de inversión –el Lahde Capital Management– hasta el 17 de octubre. Entonces escribió una carta a quienes tenían dinero en su fondo. Lahde había ganado en el último año un 870 por ciento (es decir, si hacía un año tenía un dólar, hoy tiene 870; si hace un año tenía un millón de dólares, hoy tiene una barbaridad). Empezaba así Lahde: “Hoy no escribo para presumir. Dado el dolor que casi todo el mundo sufre, sería completamente inapropiado. Tampoco escribo para hacer nuevas predicciones. Escribo para decir adiós”.
Lahde se jubilaba. Había ganado tanto dinero como para tener sólo que preocuparse de invertirlo bien y estar tranquilo el resto de su vida. En su carta, Lahde se ríe de los que siguen enganchados a sus móviles y ordenadores para hacer más y más dinero. Tanto que nunca podrán gastarlo. Después de decir que él ya tiene bastante, escribe: “Todos los inversores serán olvidados en cincuenta años. No entiendo lo de los legados. Casi todos seremos olvidados. Olvídate de querer dejar tu marca. Tira el móvil y disfruta de la vida”. Pero no es esto lo que quiero destacar de su carta. Son otras tres cosas.

Siempre me he preguntado quién compra en la bolsa una acción que otro quiere vender porque cree que ya no subirá más. Los especialistas siempre me han respondido que, no se sabe por qué, siempre habrá alguien dispuesto a comprar esa acción. Y la compra. Esto pasa en la bolsa y un día se gana y otro se pierde. Son pequeñas apuestas, como en el fútbol. Se puede apostar por el siguente partido –que el Real Madrid gane al Betis es probable, pero quién sabe– o se puede apostar a medio plazo: es más probable que en las tres próximas ligas el Madrid, una empresa sólida, esté entre los cinco primeros. La segunda apuesta es más segura y daría más dinero si se cumple, pero tendríamos que esperar tres años.
En el origen de la crisis que sufrimos ahora la gente podía apostar por cosas –derivados, futuros, fondos especulativos, que se explican en algunas páginas de este número– que ni tan sólo existían: una cosa es apostar por cómo quedará el Barça-​Real Madrid del 2012, algo muy probable que ocurra; otra por el resultado del Salamanca-​Sporting de Gijón, que no se sabe ni si estarán en primera y jugarán entre ellos. Y eso se volvía a vender y revender. Era puro aire. Dice Lahde: “El fruto maduro al alcance de mi mano estaba ahí para que yo lo recogiera. Gente con estudios en las mejores universidades, que a menudo no merecían la educación que habían recibido, llegaron a la cima de compañías como AIG, Bear Stearns y Lehman Brothers. Todo esto sólo hizo más fácil para gente como yo encontrar a personas lo bastante estúpidas como para comprar lo que yo vendía”. Esta gente le compraba a Lahde una papeleta de algo que en realidad no existía –ni iba a existir. Llegó un momento que, tonto el último, unos se quedaron con las papeletas en la mano y, claro, nadie quiso ya comprárselas.
Sólo el gobierno podía comprárselas, con nuestro dinero. Pero Lahde también cree que el gobierno es corrupto: “En los últimos ocho años, se llevó legislación al Congreso que hubiera podido frenar las prácticas feroces de préstamo de estas instituciones la mayoría ahora difuntas. Esas instituciones llenaban las arcas de los partidos regularmente a cambio de que las leyes destinadas a proteger al ciudadano medio no pasaran. Es un ultraje y a nadie parece importarle”. Yo esto no lo sé. Es una acusación dura que se oye a menudo y siempre tengo dudas. Pero la pongo aquí porque es un caso concreto, algo que pudo preverse, que se veía venir y nadie fue capaz de poner remedio real. Creo más en la ineptitud que en la mala fe, pero quién sabe.

La siguiente propuesta de Lahde era más peculiar. Harto de un capitalismo que dice que no funciona, propone una reunión de mentes despejadas para idear algo nuevo –bien pagados, eso sí. Una mente preclara puede tener una gran idea. Pero por muchos sabios que reunamos, inventar de cero un sistema nuevo que nos organice es otra historia. Se parece un poco esta propuesta a la de quienes dicen que con el dinero con que se ha salvado parte de la banca, se habría eliminado el hambre del mundo. Sí, muy bien, pero cómo: ¿hubiéramos llevado un plato de arroz con leche a todos los hambrientos del mundo? ¿Durante cuánto tiempo? ¿Quién se hubiera encargado? ¿Cuánta gente hubiera podido comer gratis: los que ganan dos dólares, dos dólares cincuenta, tres dólares?
La fundación de Bill y Melinda Gates es una empresa que se dedica a regalar dinero al mejor postor. Dan dinero gratis a proyectos que pueden llegar a salvar vidas. Tienen equipos de gente que sólo se dedica a pensar a quién financiar. ¿Qué consiguen? Poner algún parche. Están, quizá, a punto de conseguir una vacuna para la malaria. Será un logro admirable. Pero el niño salvado de la malaria, ¿tendrá en seguida para comer? La fundación Gates es admirable, no sólo por lo que hacen, sino porque demuestran que hay que ir paso a paso. Pensar que se puede liquidar el hambre del mundo de un plumazo quizá nos tranquiliza, pero no ayuda a nadie.

Lo último que me ha llamado la atención de la carta de Lahde es la frase más lógica: “Yo estaba en esto por el dinero”. Uno de los artículos que se ha presentado al premio Enrique Ferran pedía que cambiáramos el criterio de eficiencia por el de responsabilidad. Esto estaría muy bien, pero ¿cómo se mide la responsabilidad? Sabemos que Lahde lo ha hecho bien porque ha ganado dinero. Es un criterio, seguramente pobre y malo, pero más vale eso que nada. Lahde es eficaz.
En una carta al Guardian, un diario inglés, la directora de una empresa que ofrece servicios a niños y adultos con autismo decía con razón que tendríamos que cambiar nuestros valores. Ponía este ejemplo: querían sacar de excursión un fin de semana a los niños, pero no había presupuesto. Los empleados se ofrecieron a hacerlo gratis. Eso es responsable y no es eficaz. Por eso, no puede pagarse con dinero. Lahde es bueno ganando dinero. Su eficacia permite organizar una sociedad. Pero nada más. El reto es descubrir que dinero y valor son cosas distintas. El dinero no engaña. Nosotros, en cambio, a veces nos engañamos. Saber cómo se salva el mundo no es fácil. Y no se paga con dinero.

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