Más ventajas que inconvenientes

Elisabet Sans
No puedo generalizar, pero en mi caso, mi marido ha tenido que viajar mucho para la empresa. Yo trabajé allí una temporada, en departamentos distintos y luego en “ferias de muestras” con empresas americanas, pero al no haber tenido hijos (tuvimos una gran decepción) vimos el lado positivo de la circunstancia en que nos encontrábamos, dejé de trabajar (lo hice en parroquias y hospitales cuando estaba en Barcelona) y le he podido acompañar en casi todos los viajes. Esto para mí ha sido muy interesante, porque he conocido muchos países, culturas, razas y personas distintas, y no ha sido ningún problema, mientras él hacía visitas de trabajo, pasearme sola o con gente del país. Con algunas he tenido un feeling extraordinario, y ahora después de tantos años me alegra mucho tener noticias, comunicarnos y volver a vernos. ¡Es fantástico! Con otras ha sido menos interesante, pero siempre se encuentra algo en común, se aprende de los demás y la conversación no decae, y a veces se producen sorpresas.
Mi marido fue uno de los promotores de la Joven Cámara en España y cuando en 1971 fue vicepresidente ejecutivo de la Federación Mundial, asistimos a un congreso de jóvenes cámaras africanas en Abidjan (Costa de Marfil). Uno de los vicepresidentes se dirigió a él para preguntarle si yo estaba en nuestra habitación (este vicepresidente viajaba con sus tres esposas) pues quería hacerme un regalo en un paquete bastante voluminoso. Mi marido les dijo que sí, apresurándose a decir que les acompañaría. ¡Era un cocodrilo disecado de algo menos de un metro!
En Pekín estaba sola (era el año 83) y como en aquel entonces había muy pocos coches y muchas bicicletas, alquilé una. Como garantía, me hicieron dejar el pasaporte. Esto me asustó un poco, pero fue una gran experiencia. En cada semáforo rojo miles de chinos tenían que parar y se inclinaban todos a la vez al tener que poner el pie en el suelo. Volvían a ponerse verticales cuando el semáforo se ponía verde. Al ser tantos era muy curioso. Al final, me devolvieron el pasaporte.
Tanto viajando como no, siempre se piensa en la empresa: “esto podía ir bien” o “esto otro podríamos adaptarlo”. También noches de insomnio y días preocupados cuando hay problemas.
Se tiene que estar dispuesta a cambiar de planes. Trabajar sábados y domingos y por otro lado, tomarnos vacaciones cuando se puede y es un momento oportuno.
En los viajes, hacía a veces de secretaria. Recuerdo en Chicago que estuve dos días sin salir de la habitación, tic, tic, tic, tac, tac, tac, duro con la Olivetti.
Llamadas a altas horas, porque se ha disparado la alarma de la fábrica; estar de buen humor, especialmente en tiempos difíciles; recibir en casa muchísimas veces a gente de todas las nacionalidades: estos son vegetarianos, aquellos no comen cerdo, para otros que ya han estado varias veces en casa, vigilar el menú para no repetir.
Conclusión: muchas más ventajas que inconvenientes, a condición que aceptes bien los inconvenientes.

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