Las relaciones peligrosas de la prensa económica

Daniel Roth
Uno de los secretos mejor guardados del periodismo económico, sino del periodismo en general, es la identidad de las fuentes. Cualquiera que haya visto una película de Hollywood sobre heroicos periodistas que se reúnen con gente misteriosa en aparcamientos subterráneos a altas horas de la madrugada, en busca de secretos para tumbar gobiernos o salvar a la humanidad, puede tener una idea algo confusa sobre lo que el término “fuente” significa en periodismo económico. Esa confusión ayuda a dar cierto caché a los medios del sector, pero en realidad es muy fácil de resolver, porque la mayor parte de fuentes de los periodistas económicos pertenecen a una especie nada misteriosa: son también periodistas.
Esto puede parecer una paradoja, pero no lo es tanto si se tiene en cuenta que la mayor parte de las noticias financieras que citan fuentes sin identificar son de dos tipos: noticias corporativas (como por ejemplo: “Gas Natural se plantea comprar Unión Fenosa, según fuentes de toda solvencia”) o macroeconómicas (“El INE insiste en que los precios de la vivienda siguen estables, adelantan fuentes cercanas”). En ambos casos, lo más habitual es que la fuente final, la persona o personas que han hablado con el periodista que firma el artículo, sean empleados del gabinete de prensa de Gas Natural, de Fenosa o del INE. Y la mayor parte de los empleados de los gabinetes de prensa son ex periodistas o licenciados en periodismo que, en lugar de trabajar en un puesto mal pagado como reporteros, se han labrado una carrera en relaciones públicas.
Esta circunstancia es completamente natural y, en principio, nada dañina. En estos tiempos en que los mercados se mueven al ritmo marcado por las noticias de las agencias de prensa, que a su vez tumban los índices internacionales cada vez que informan de que tal o cual compañía planea informar de pérdidas abrumadoras, lo normal es que éstas tengan profesionales de la información trabajando en los departamentos que se encargan de diseminar esa información. Y la necesidad de transparencia explica la existencia de estos gabinetes en las instituciones públicas. Pero hay más.
El problema es que los gabinetes de prensa, sobre todo los corporativos, no buscan informar de la verdad detrás de los hechos como –en principio al menos– los periodistas que informan al público. En los gabinetes corporativos se paga por manipular la información de la forma más favorable para la compañía normalmente sin que se lleguen a decir falsedades, con el fin de que las malas noticias no la envíen al pozo de la bolsa, y las buenas noticias multipliquen su efecto favorable sobre la cotización de las acciones. Y esto tiene un efecto retorcido ya que la frontera entre el gabinete y el reportero que informa sobre la compañía (o sobre macroeconomía) es porosa: frecuentemente, las compañías contratan para los gabinetes a reporteros que en el pasado escribían noticias sobre ella; lo cual es un obvio incentivo para que cualquier periodista que se plantea en el futuro lograr un trabajo en un gabinete tenga una actitud más conciliatoria con aquellos que, al fin y al cabo, muy bien pueden ser sus futuros empleadores.
Las compañías saben esto y saben más. Saben que los periodistas son pobres por lo general, y aprecian los regalos. A principios de esta década, cuando las bolsas subían sin parar, el gremio periodístico económico recibió teléfonos móviles de última generación completamente gratis, de todas las operadoras de España, con el fin de evaluarlos (y disfrutarlos). Y las Navidades nunca llegan solas: al poco de empezar a cotizar en bolsa, una cadena de televisión celebró las pascuas con el regalo de bonos canjeables por habitaciones de hotel de lujo, con todos los gastos pagados, para el periodista y su pareja; seguramente con el objetivo de que vieran la tele en un entorno favorable para apreciarla mejor. Obviamente, este escenario no es el mismo que afrontan los periodistas de las películas, amenazados de muerte por la CIA para que no revelen secretos embarazosos; pero favorece un ambiente en el que los secretos embarazosos son más fáciles de mantener bajo control, y las manipulaciones se ignoran o se dejan caer en el olvido.
De todos modos, culpar sólo a los gabinetes de prensa de los problemas de los medios económicos sería equivocado: en general, los gabinetes son eficientes y profesionales, y mienten poco. Ese no es el caso de los banqueros, que son la otra gran fuente de la prensa financiera.
Los banqueros suelen ser las fuentes más preciadas, y con acceso más directo a las operaciones de gran calado, ya que normalmente son ellos quien las diseñan, o al menos intermedian en ellas. Los bancos de inversión también tienen gabinetes de prensa que hacen, en todos los sentidos, la misma función que los de otras compañías. Pero además a muchos banqueros les gusta cultivar una relación con la prensa, con el fin de estar al tanto de los últimos chismes; y algunos manipulan a los reporteros con los que hablan. En un caso de hace pocos años, por ejemplo, yo sufrí las consecuencias de confiar en la palabra de uno de estos banqueros, que me aseguró que la compañía X no haría una oferta importante por la compañía Y (diciendo que era muy cara), lo que dejaba camino libre para que la compañía Z comprara la compañía Y.
Junto con un colega, yo escribí la noticia en la que, citando una fuente cercana a la operación, informé al mundo de que la compañía X se descartaba de la puja por Y. Unos días más tarde, la compañía Z presentó una oferta de no demasiada cuantía por Y (¿para qué iban a pagar más si X se había descartado de la puja?) al tiempo que la compañía X presentó una mucho mayor. X ganó la puja, y el banquero se ganó una suculenta comisión. Tuvo que mentir al periodista y manipular los medios, pero le salió muy rentable. Éste no es un caso único.

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