Informaciones con pánico y otras vanidades

Antonio Lorenzo
«Pánico. Crisis sistémica en la banca. Pánico. Crisis económica. Pánico. Crisis de liquidez mundial. Sinceramente, no tengo palabras. Sí, es un verdadero crash.” De esta forma describía José Luis Martínez, estratega de Citibank en España, el batacazo bursátil que laminó los mercados mundiales el pasado 10 de octubre. Sus palabras encabezaron la crónica principal de la web de El Economista en un día que se recordará en la historia de la bolsa. Fue en la jornada en la que se confirmó que la recesión era inapelable y que la confianza de los inversores estaba hundida en lo más profundo. El parqué español quedó asolado como si lo hubieran bombardeado con napalm. El pestazo a gasolina quemada todavía se recuerda.
Los periodistas de economía se frotaron los ojos ante el estupor de los analistas e inversores. Se quedaron pasmados al ver cómo palidecían los brokers y cómo les temblaba la voz a los tiburones de las finanzas. Los reporteros dejaron testimonio de aquella hecatombe en sus crónicas, con titulares a cinco columnas donde se entornaba la puerta al apocalipsis. El paisaje lunar se retrataría en el papel, todo trufado de ominosos superlativos.
Al día siguiente, los lectores debieron acudir al kiosco como siempre, como cualquier otra mañana. La gran mayoría hojearía las páginas sin aspavientos, quizá apremiados por sus quehaceres domésticos. “La cosa es grave, pero tampoco se acaba el mundo”, pensó más de uno. Y era verdad. En internet, en la página web de ele​con​o​mista​.es alguien escribió lo siguiente: “Os tendrían que sancionar o meter en la cárcel. Estáis alarmando a la gente con estos titulares catastrofistas y, además, seguro que disfrutáis”.
Al principio, el cometario invitaba a la guasa, pero también a la autocrítica. Quizá, cuando este texto vea la luz, el entorno bursátil será algo diferente al de mediados de octubre, o quizá no. Lo que no cambiarán son algunos de los pecados que planean entre los profesionales de la información económica. Este tipo de profesional no suele tomar plena conciencia de su responsabilidad cada vez que cuestiona la solvencia del sistema financiero. Este ejercicio jubiloso de su actividad puede incitar a que muchos aprensivos acudan a su sucursal bancaria para sacar sus ahorros y guardarlos bajo el colchón, lo que agravaría el problema. Ya se sabe que el dinero es miedoso, que el pánico es contagioso y que los tiempos que corren no están para bromas.
Existe otra estirpe de periodistas que se codea con los centros del poder y cuya vanidad tiende a situarle como parte del engranaje. Se trata de una situación indeseable y cada vez más habitual en ciertos foros. El tráfico de información confidencial siempre es interesado y tóxico. Nadie regala nada y muchas veces ciertas exclusivas se abonan en la ilegalidad, especialmente cuando afecta a sociedades cotizadas. En esas situaciones, los profesionales de la prensa deben situarse tras la barrera, como observadores privilegiados de una realidad parcial, sin que ello devalúe su generosa curiosidad por lo que sucede. Afortunadamente, los organismos que velan por el juego limpio de las bolsas se toman en serio la gestión de la información sensible y, cada vez más, las grandes corporaciones se aferran a la ley del silencio para velar por la igualdad de oportunidades entre todos los accionistas.
Otra raza de periodistas económicos gusta de mirarse el ombligo, se sube al púlpito de los expertos y desborda su superioridad intelectual al situarse frente al ordenador, el micrófono o una cámara de televisión. Decenas de analistas y tertulianos hicieron propios el “ya lo decía yo”, sin que existiera testimonio de sus clarividentes diagnósticos. Es lo que tienen los economistas, expertos en predecir el pasado, pero arrogantes como ellos solos para salir airosos cuando todo huele a chamusquina.

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