Caballero, pero mejor paisano

Joaquim Gomis
Lamento no recordar dónde sucedió el hecho (la caída de caballo). Creo que fue en un transporte público, en el metro o en el bus. Alguien con buena voluntad me consideró ya mayor y me ofreció su asiento. Con la buena educación de dirigirse a mí como “caballero”. Sin ni sospechar que ello provocaba un terremoto en mi trayecto vital: terminaba una época, la juvenil, se iniciaba otra, aún sin nombre. Luego ya me acostumbré a ser considerado “caballero” en bares o restaurantes, incluso me sentía algo ofendido si en el bus o en el metro no me cedían el asiento, siendo yo como era un caballero. Sin reconocer que en realidad simplemente era un digno anciano cortésmente denominado caballero (sólo hubiera faltado que alguien se hubiera dirigido a mí diciendo: “Señor de la tercera edad, tenga la bondad”).
Desde entonces, desde aquel día de la caída del caballo de la pretensión juvenil, he vivido en una cierta tensión entre la añoranza y la aceptación de la realidad. Y pienso que de algún modo es toda nuestra sociedad quien vive esta tensión. Joven es lo positivo, lo que se publicita, el ideal que domina. Incluso la base de la mentira con la que se te quiere halagar: “Estás joven”, te dicen no sabes si sorprendidos, hipócritas o con el buen deseo de ayudarte. Uno recibe el halago sin saber si colocarlo en el cajón del cumplido falso o colarlo en el del sueño de que sea verdad. ¿Seré aún joven? La tentación inevitable es pensar –sin atreverte a decirlo– que sí, que es verdad que algo de joven conservas, incluso sonríes interiormente y compadeces a tus coetaneos que quizá sean muy caballeros, dignos adultos o muy respetables ancianos, pero que han perdido el gran don de la juventud que tú, dentro de las inevitables limitaciones y progresivos desgastes, aún conservas.

SOCIEDAD MADURA O SOCIEDAD JOVEN
Si uno estuviera dotado para más hondas reflexiones, podría insinuar aquí un intento de planteamiento sociológico. Todo lo dicho desde el humor de la experiencia personal, ¿no podría elevarse a una consideración sobre nuestra sociedad? ¿No hay también en ella una contradictoria tensión entre el sueño de ser joven y la realidad de ser excesivamente madura por no decir caduca? Lo joven se elogia y se idealiza, pero al mismo tiempo, de lo joven, se desconfía como si de moneda falsa se tratara (sirve para un anuncio, pero con la sospecha convencida que tiene un rápido plazo de caducidad). Hay que aceptar que el poder, la sabiduría, es de los maduros. De los caballeros. La juventud, es decir, el humor y el vivir juguetón, quizá sólo volverá con los años de la jubilación, si uno la alcanza dentro de unas condiciones aceptables de buen vivir.
No sigo por este camino porque no creo estar dotado para hondas reflexiones. Apunto solo que en casi todo lo dicho he pecado de machista. He olvidado la situación de la mujer, que quizá experimente semejantemente el paso del masculino “caballero” con el femenino “señora”, incluso más hondamente porque el sector imbécil y dominante de nuestra sociedad exige que la mujer sea joven y atractiva. Y quedan para otro mes consideraciones parecidas sobre cómo todo eso de juventud y madurez y ancianidad se vive –se malvive– en la Iglesia. Se malvive, digo, porque se repite obsesivamente que los jóvenes no acuden, están alejados, viven en otro mundo, y se dice desde un lenguaje de serios caballeros, desde una práctica patéticamente no comunicativa, sin propósito de enmienda, porque cuando la hay, otro gallo canta.

UN PAIS DE PAISANOS
Quisiera terminar estas reflexiones posiblemente demasiado serias, invernales, con una anécdota personal que me alegró y que recuerdo con frecuencia. Cuando alguien ya no me llamó “caballero” sino “paisano”. Gracias le sean dadas.
Sucedió recientemente. En mi camino desde la parada del bus que me lleva desde Barcelona a mi pueblo, suelo sentarme a mitad de ruta en un banco ante unas obras de las tantas que en los ya finiquitados tiempos de prosperidad se hacían. Allí estaba, fumando un pecador cigarrillo. Observando. Cuando pasó una joven madre, conduciendo el carrito que ocupaba su tierno cachorrro. Y con una minifalda de mínima extensión y máxima expresión. Admirable. Seguida por un muy veterano peón de la obra, a quien habían atribuido la tarea más humilde: acarrear un carrito con los restos deshechables. Por mi breve conversación con él, deduje que estaba ya muy cerca de su jubilación y que era un inmigrado reciente del sur de nuestro país. Y que, a Dios gracias, conservaba el humor.
Si la memoria no me falla, me dijo sonriente: “Paisano, cómo van las mujeres hoy. Me gustaría haberla visto en el pueblo recogiendo garbanzos”. Y siguió su camino, como lo seguía la joven madre de la minifalda espectacular. Yo terminé mi cigarrillo, también seguí mi camino, pero con la muy honda satisfacción de que ya no me llamaran “caballero” sino “paisano”. Cuando lo recuerdo, anhelo que algún día vivamos en un país de paisanos más que de caballeros.

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