Hoy ya no se viste

Norbert Bilbeny
Estamos en un tiempo de gran vulgaridad en el vestir. Lo que no es uniforme, es ordinario. Sólo hay que ver cómo va la gente al médico. Hace poco vi en la sala de espera a uno con bermudas y camiseta sin mangas. Es para morirse. El vestido dice de la persona y su educación, y del ideal que tiene de sí misma. Por eso a mí me gustaría vestir zapatos de ante con hebilla y tacón; medias claras de algodón; calzón de terciopelo bajo rodilla; chaleco de seda; camisa blanca de hilo con un ligero lazo a juego; y casaca de raso con cuello alzado.
Pertenezco a mi tiempo y por eso me repele la indumentaria moderna: los mocasines y zapatillas, el cinturón, los jerseis y camisas de manga corta, las corbatas, los ridículos calcetines, los pantalones tejanos, las cazadoras. No tengo donde vestirme, y lo único que soportaría –ropa a medida en Londres, Milán o París– está fuera del alcance de mi bolsillo. Pero quisiera morir bien vestido (por mí mismo).

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