El hombre anuncio

Luis Suñén
Una de las cosas más pintorescas que han sucedido en Madrid en los últimos tiempos es la firme decisión del Ayuntamiento que nos rige de suprimir los llamados, con gran exactitud, hombres anuncio, esos que emparedan su cuerpo entre dos tablones con un reclamo comercial. No son muchos –dicen que unos ochenta– y trabajan por el centro de la ciudad, se colocan en las calles Arenal o Preciados y en las bocas de metro de la Puerta del Sol, de manera que, cumpliendo rigurosamente con su prurito profesional, no pasan precisamente desapercibidos.
Tampoco es que se hayan constituido en una plaga urbana sino que, como en otras muchas ciudades del mundo, constituyen una presencia tranquila y que cumple una función. La de anunciar, me dirán ustedes. Pues sí, pero la de anunciar, sobre todo, compra y venta de joyas y alhajas, de relojes y cadenas de oro y plata a cuyo poseedor se le asegura que podrá –no sé muy bien cómo– recuperarlas. Asumen, pues, una tarea social de ordinario desagradable pues, aunque sin acritud alguna, recuerdan a quienes no llegan a fin de mes que quizá puedan poner un parche a su maltrecha economía empeñando la leontina del abuelo Práxedes o la cubertería de plata que fuera de la tía Enriqueta.
El caso es que el alcalde ha dicho que se trata de una actividad vejatoria, lo que parece dudoso cuando se les ve a los susodichos anunciantes peripatéticos bebiendo una coca-​cola, fumando un cigarrito o escuchando el transistor mientras se dedican a eso a veces tan difícil que es ganarse la vida. Pero la verdad del cuento es que al Ayuntamiento, que anda tan metido en lo de los Juegos Olímpicos, debe molestarle la presencia de los hombres anuncio por considerar que afean la imagen de la villa justo cuando más hay que cuidarla. Quizá olvidan nuestros regidores que en Londres –que nos ganó en la última intentona, dicen que por racistas, nosotros, no ellos– hay hombres anuncio como en Madrid, lo que pasa es que son reclamo para cosas de mayor facundia.
Por ejemplo, en Oxford Circus se les puede ver animando a acudir a las sempiternas rebajas de una tienda de artículos para jugar al golf. Los afectados por el posible bando prohibitorio –del que habría hecho pieza magistral Enrique Tierno, que en eso sí fue alcalde capaz– han respondido, y con razón, que más vejatorio les parece quedarse sin comer y que no tendrían inconveniente alguno en recibir de parte de nuestro alcalde un trabajo alternativo que les devuelva la dignidad que presuntamente pierden cada vez que se calzan el díptico que los distingue.
Como era de esperar, la Comunidad de Madrid –ya saben ustedes que su presidenta Esperanza Aguirre y Ruiz Gallardón se odian mutuamente– ha respondido diciendo que no le corresponde al Ayuntamiento legislar en la materia y que los hombres anuncio no molestan. Yo creo que tiene razón doña Esperanza pero, más que nada, porque la postura de su enemigo es poco sólida. Un hombre anuncio manifestó a un periodista que trabajando en ello por las mañanas y con una chapucilla por las tardes viste a sus hijos y que si pierde su trabajo matutino se acabó lo que se daba.
El pueblo de Madrid, me da la sensación, está por la continuidad de los profesionales de tan clásica forma de publicidad y, sobre todo, por la idea razonable de que sus protagonistas puedan comer todos los días. Lo que no significa que, igualmente, les jeringue cualquier clase de vejación. Por ejemplo la que sufren tanto los naturales como los muchos foráneos paseantes en corte ante el hecho comprobable de que sus muros están hechos una mierda, si se me permite la expresión, gracias a eso que algunos llaman arte urbano, reivindicable de oficio por mucha gente que se dice moderna y que suele consistir en un criptograma semejante a la firma de un mandril sin escolarizar. La permisividad de que hizo gala el citado y en el fondo desencantado Tierno Galván tiene hoy su corolario en la apoteosis de la pintada como horror vacui de la grafomanía sin cerebro. Hasta en las ventanillas del autobús y del metro hay pintadas.
Terminaremos hoy, precisamente, con los transportes. Me ha enternecido sobremanera un titular de ABC: “El Rey respalda la ampliación del Metro a La Fortuna”. La Fortuna es, en este caso, un barrio de Leganés y no ese estado de felicidad transitoria que tan esquivo se muestra en estas fechas. El Rey, que probablemente no necesite ir en metro a La Fortuna –aunque nunca se sabe– fue acompañado en su visita por Esperanza Aguirre –“que hizo de perfecta anfitriona”– y “se mostró impresionado por la precisión en los trabajos de perforación de Excavolina”. La tal Excavolina es la tuneladora, el ídolo mecánico de esos políticos madrileños que la quieren tanto que hasta le han puesto nombre, aunque sea más como de remedio para el estreñimiento que de artefacto dotado de cierta potencia sentimental. Qué quieren que les diga, el metro es útil y el de Madrid muy bueno. Pero entre querer a Excavolina o a un hombre anuncio no hay color.

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