Sin bajar del 8

Soledad Gomis
En Navidad nos sentimos mejores y creo que lo somos un poco. Es la época del año en que pensamos más en los demás. Sean familia o desconocidos.
Para empezar, sólo llega la paga a la cuenta corriente, muchos intentan darle un buen pellizco y comprar un buey, unas semillas, o cuadernos escolares para familias de otras partes del planeta. O hacen posible que tengan cobijo y cena quienes se han quedado solos en nuestras calles. Lo que a veces no se hace en otro momento, se decide ahora sin un pestañeo.
Luego viene lo de arreglar la casa lo mejor posible, preparar árbol y belén, remover viejas recetas y buscar otras nuevas. Es la manera que compartimos efusivos y secos, tímidos y expresivos, de hacerles saber a aquellos que están con nosotros que les queremos, que consideramos importante hacerles felices –aunque el proceso nos suponga algún agobio.
Llamamos luego a los que están lejos o frecuentamos poco: amigos, parientes, conocidos, los que sabemos que lo pasan mal. No es que sea el único día que pensamos en ellos, es que, por una vez, paramos otras cosas y anteponemos los afectos.
Lo de las compras. Sabemos que tras diciembre viene enero, pero todos queremos que los niños sigan creyendo en los Reyes Magos. Y los adultos la verdad es que, creo, resistimos fantásticamente las decenas de páginas que los magazines dedican a recordarnos que existen vestidos que no bajan de 2.000 euros. Esto es tal vez lo peor de las fiestas, ese acoso.
Si uno es sentimental, familiar, casero, sociable y moderadamente optimista, la Navidad sienta como anillo al dedo. ¡Ah! A mí lo de las luces en las calles o las cabalgatas me encantan, así que, si continúo acabaré subiendo al 9.

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