Dar es de acomplejados

Joan Guasp
Dar propina es de acomplejados. Muy a menudo doy propina, pero admito que lo mío es de confusión permanente. No puedo librarme de mis desconciertos internos. Ese estado patológico de mi carácter es lo que provoca mis propinas. No hay derecho. Por eso algunas veces me resisto a dar la correspondiente propina, pero luego me siento fatal, como si hubiera pecado. Y me pregunto: ¿es pecado no dar propina? No, no lo es. Me contesto que no, que no es pecado ni tengo por qué sentirme culpable. Pero se ve que me acostumbraron mal de pequeño y así me va. Eso de dar propina no es congénito, es cultural. Y no quiero formar parte de culturas arrogantes y perdonavidas. Hace poco fui a comer a un restaurante barcelonés. Éramos cuatro personas y yo pagué. La factura fue escandalosa (siempre que soy yo quien paga, la factura es escandalosa). Creo que fue por eso que di propina, por el escándalo de la factura. A mayor gasto, más inclinado se siente uno a dar propina. Ya sé que es una paradoja, pero así actuamos los hombres. A lo macho. Desde entonces estoy cabreado (con perdón) conmigo mismo. ¡Seré zoquete! Así que a partir de aquel día cada vez doy menos propinas y si doy alguna es sin querer, porque después me culpabilizo y me deprimo. Y eso no se lo deseo a nadie. Lo mejor es dar simplemente las gracias y sonreír bobaliconamente a quien te tiende la mano. Muchas gracias.

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