Mi biblioteca de libros a los que me gusta volver

Pablo García Casado
Estos son libros a los que vuelvo. Son aquellos que en algún momento marcaron mi manera de escribir, y que aún hoy me ofrecen orientación, seguridad y aliento para seguir adelante. Son como amigos a los que llamo por teléfono.

Truman Capote,
A sangre fría
El libro de pasta roja que compró mi padre en la colección Bruguera. Una tarde, con quince años, lo atrapé de la estantería y entonces él me atrapó a mí. En las primeras páginas cuenta toda la trama, sin resquicio alguno, quién mata a quién, no hay esperanza de que en un momento las cosas mejoren. ¿Para qué leer después más de cuatrocientas? Durante años me he respondido una palabra: literatura. El ritmo sibilino, brutal de la narración, esa apariencia de reportaje que invita a seguir más y más adentro. Tanto que uno llega a pensar como los dos asesinos. Tanto que uno empieza a ver los límites. A eso se refería un amigo periodista. “No se trata de literatura, Pablo. Llega un momento en que te conviertes en un monstruo, que nada te diferencia de ellos.” Hablaba de una frontera que el escritor norteamericano traspasó, una línea que invitaba a traspasar al lector. Sea como fuere, en este libro Capote es capaz de emocionar por su inquietante objetividad, elegante y sólida, con la eficacia propia de los grandes maestros.

Fernando Pessoa,
Álvaro de Campos. Poesías.
Hasta que cumplí los 16 había un objeto amado (ella) y un cantor (yo). Fernando Pessoa me hace preguntarme hasta qué punto es válida esa lógica lírica. Es un tipo que son muchos, que escribe como diferentes personas que viven en tiempos distintos. Es un pastor, un visionario, un enloquecido por las ciencias modernas. Álvaro de Campos le canta al progreso, hace onomatopeyas con el ruido de las chimeneas de los barcos. Habla de la poesía que hay en las oficinas, en las facturas y en las cartas comerciales. “Nada ha perdido la poesía. Y ahora además hay máquinas, también con su poesía”. Con Fernando Pessoa, además de rebatir y dudar el concepto de autoría, de debilitar mi concepción del sujeto poético como algo invariable, empecé a dibujar el atrezzo sobre el que se construiría mi literatura. Un mundo industrial que debía escribirse con otros materiales que poco o nada tenían que ver con los nenúfares.

Pere Gimferrer,
La muerte en Beverly Hills
Yo andaba por las librerías buscando qué era la poesía joven. Por lo visto, en 1989 ser joven era tener más de cuarenta años. Joven poesía española, rezaba la portada de la antología de Cátedra, y me apunté para seguir buscando las trayectorias de todos ellos. De ellos, sólo Vázquez Montalbán y Pere Gimferrer hablaban en el lenguaje donde yo quería escribir. Estaban alucinados por el cine negro, por ese aluvión culturalista posmoderno (del bueno), y toda esa sana corriente que recogerían años más tarde dos poetas valiosísimos como Luis Alberto de Cuenca (La caja de plata) y Justo Navarro (Los nadadores). Algunos que ahora empiezan a descubrir el mediterráneo quizá queden asombrados por la explosiva lírica de ese joven Gimferrer que dibujó mujeres fatales en las cabinas telefónicas, “faros amarillentos de los coches patrullan al amanecer”. Pocos poetas contemporáneos españoles supieron dar mayor plasticidad y generar imágenes tan demoledoras como La muerte en Beverly Hills. A los veinte años, después de leer aquello, uno se dice a sí mismo: así quiero hacerlo yo. Ahora, quince años después, no sé si escribiría como Gimferrer a finales de los sesenta, pero me gustaría al menos haberlo hecho.

Philip Larkin,
Las bodas de Pentecostés
“Tienes que hablar con Pre-​Textos, tienen que reeditarlo”. Se lo decía a Álvaro García hace unos meses en Córdoba. Él había traducido en 1990 esta joya de la poesía civil. Nuevamente los escenarios eran los de la ciudad contemporánea. Almacenes donde las mujeres compran ropa de trabajo y lencería fina, esas grandes superficies donde se diluyen las fronteras entre lo mágico y lo prosaico. Larkin construye, en mitad de la vorágine ciudadana, pequeños refugios para el misterio, instantes de poesía al alcance de cualquier ciudadano. Volví muchas veces sobre los poemas. Cuando iba a algún recital, me lo llevaba y hacía un intermedio en mi lectura. “Unos minutos de publicidad”, y leía el poema que da título al libro. Tanto hice uso de él que llegó un momento en que lo perdí. Lo busqué por todos los rincones de la casa. Pedí a todas las librerías algún ejemplar que quedara, pero todo eran negativas. En Pre-​Textos, el silencio por respuesta. Afortunadamente, una tarde, buscando un cable para la impresora apareció en el fondo de la estantería.

Antonio Gamoneda,
Blues Castellano
150 pesetas, prácticamente de saldo. Eso fue lo que me costó este libro en 1996, en una librería de Oviedo. Primera edición en AEDA, 1982, una colección de poemas que veía la luz, según el propio autor, después de demasiadas peripecias. Todavía releyendo “Malos recuerdos” se me pone el vello de punta, porque no es sólo el niño que roba la carta del soldado o el que le pega con el cable al perro. Es el retrato de la culpa de todo un pueblo que no ha sabido ajustar cuentas. Y luego “blues” como el de Nacimiento, o el del Cementerio, o el del Amo contienen un rítmico torrente de emociones que hablan por sí mismos. “No he visto al amo en diecinueve años/​pero todos los días yo me miro a mí mismo/​y yo voy sabiendo poco a poco/​cómo es el rostro de mi amo”. Escribí en su día al poeta mostrándole mi admiración por esos versos, y recibí una cariñosa carta manuscrita. Por fortuna, Blues castellano se reeditó en edición de bolsillo.

Ángel González,
Tratado de Urbanismo
A la hora de abordar la escritura resulta determinante definir el atrezzo, la escenografía, el lugar donde los sujetos poéticos van a poner en juego sus emociones. No puedo esconder la influencia que un poema como “Inventario de lugares propicios para el amor” tendría para escribir la primera parte de mi primer libro Las afueras. Porque en todo este Tratado de urbanismo el espacio se convierte en un personaje más; una ciudad que late, que respira, que ama, donde el hombre contemporáneo es un minúsculo ser “dirigido por rótulos y luces, acosado por cláxones y sirenas”. Aunque si me tengo que quedar con un poema concreto, ése sería “Lecciones de buen amor”, donde retrata el ideal de matrimonio burgués franquista. Una mirada crítica que no se agota en el tiempo, puesto que esas parejas aún existen, y salen en masa a manifestarse en la Plaza de Colón añorando esa España gris y cuartelera.

Sam Shepard,
Crónicas de Motel
Yo debía estar en segundo de BUP cuando vi por primera vez la película París Texas. Desde entonces me absorbió esa atmósfera compleja de desarraigo, esos espacios abiertos de desolación. Este pequeño libro de Shepard nada tiene que ver con el guión del film, pero sí marcaba la pauta estética e ideológica que luego Wenders y Cooder completarían con una oscura Natasha Kinski. Pequeños cuentos breves, poemas, y sobre todo fragmentos desarticulados, en una estructura narrativa en forma de diario de viaje donde prima el hallazgo, la intensidad, el instante. Luces de carretera, objetos personales abandonados en la cuneta, mujeres extrañas, fantasmas que desaparecen. Y en medio de todo ello el amor, el deseo, la figura de la madre y del padre. Todo ello con la apariencia de descuido, de leves apuntes, pero donde cada palabra cuenta eficazmente para transmitir emociones.

Raymond Carver,
De qué hablamos cuando hablamos de amor
Un hombre ha sacado todas sus cosas al porche de su casa. La cama, el sofá, los objetos personales, quiere deshacerse de todas ellas. Una pareja de enamorados se interesa por alguna de ellas. Van negociando el precio hasta prácticamente regalarlo todo. Al final, el hombre pide a la pareja que bailen la música del tocadiscos. Carver no dibuja un rostro ni escribe monólogos interiores. Sólo ofrece unos datos, unos apuntes de realidad cotidiana, y uno puede imaginarse el resto. Alguien llamó a esto “realismo sucio” porque habla de personajes comunes cuya sola aspiración es llegar a fin de mes y saber por qué su matrimonio ha fracasado. ¿Qué hay de sucio en todo ello? Yo encuentro que pocos autores como Carver han buceado en el misterio de las relaciones humanas, desde la sobriedad y la intensidad.

La biblia. El libro de los salmos
Decir la Biblia en una publicación como El Ciervo puede resultar, cuando menos, un atrevimiento por mi parte. En cualquier caso, como escritor, me parece que es la obra capital del pensamiento occidental. De entre todos los libros, yo me quedo quizá con el de los Salmos, por ese ritmo intenso, por ese perpetuo canto que magnifica palabras sencillas y las eleva. Muchos son los escritores que tomaron prestado ese ritmo de manera consciente o inconsciente, y yo mismo, en El mapa de América, me dejé llevar por esa cadencia hermosa. Precisamente este ejemplar de la Biblia me lo regaló un cura amigo de la familia de mi mujer, que asistió a mi boda por lo civil. “En todas las casas debería haber una Biblia”. Al menos en la de los escritores, apuntaría yo.

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