Tengo breves ataques de generosidad

Andrés González Castro
En el año 99 estuve trabajando un par de meses de camarero en Londres, en un restaurante vagamente francés especializado en vinos de la ribera del Loira (RSJ Brasserie). Mentí como un bellaco para que me cogieran de coming waiter, de camarero que lleva los platos a la mesa: dije que tenía experiencia friendo pollos –cuando mi experiencia real se limitaba a comerlos. El caso es que me pagaban semanalmente una cantidad apreciable: unos 400 euros, más o menos. Y una parte provenía de las propinas. Por ello, ya de vuelta a Barcelona, dejaba propina de manera sistemática. Con el tiempo, se me fue pasando el ataque de generosidad y reconozco que hago honor al tópico sobre los catalanes: dado que uno tiene fama de agarrado, que sea merecida. En raras ocasiones dejo uno o dos euros junto a la factura, si la relación calidad-​precio es buena. En esos casos me voy antes de que vean la propina, porque tampoco me gusta que por tan poca cosa se vean obligados a darme las gracias.

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