La hondura de Chéjov

Enrique Moreno Castillo
Estamos en una modesta hacienda administrada por Vania, soltero de mediana edad, y por su sobrina Sonia. Con ellos vive la madre de Vania, una anciana un tanto estrafalaria que se pasa la vida leyendo folletos y opúsculos sobre temas sociales. Está también la vieja criada, que irradia paz y serenidad. Pulula igualmente por la escena ese típico personaje chejoviano que no se sabe bien quién es ni por qué está allí, pero que ya es un miembro más de la comunidad familiar. A veces el médico del pueblo, siempre sobrecargado de trabajo, se refugia en la casa, buscando un cierto calorcillo de hogar, y mientras tío y sobrina repasan sus cuentas y cotejan sus libros, él se entretiene poniendo en limpio sus apuntes sobre la situación forestal de la comarca.
Esta vida monótona y callada es la que el espectador imagina como anterior a la acción de la obra pues, cuando ésta comienza, ya ha ocurrido un acontecimiento perturbador que ha trastornado los ánimos de todos. Ha llegado de la ciudad y se ha instalado en la casa familiar el padre de Sonia, un profesor jubilado. El profesor es un hombre egoísta, malhumorado, pretencioso. Está casado en segundas nupcias con una mujer joven y bella, que se ha resignado a su matrimonio sin pasión y que ahora también se resigna al aburrimiento de la vida del campo. El profesor es el propietario legal de la hacienda y a él han enviado Vania y Sonia, durante años, las rentas que le han servido para mantenerse y para realizar sus investigaciones. Tío y sobrina se han sacrificado por ese personaje prometedor, pero ahora Vania considera que su cuñado es un pobre diablo lleno de ínfulas, y piensa que ha sacrificado su vida por nada.
Pero además, está su joven esposa; a ese pequeño núcleo social, gris y pacífico, ha llegado la mujer espléndida. Como era de esperar, tanto Vania como el médico se han enamorado de ella. El médico acude constantemente y sin demasiado motivo a la hacienda, Vania descuida su trabajo, todos están fuera de sus casillas. Sonia, la sobrina poco agraciada y llena de bondad y sentido práctico, está a su vez enamorada del médico. Todo es desencuentro, ansiedad, insatisfacción. Las tensiones estallan el día en que el antipático profesor propone al resto de la familia, como gran solución económica para el futuro, la venta de la finca. Vania enloquece ante el egoísmo de su cuñado: su propia vida se le aparece ahora como un fracaso, como algo inútil y vano, y en un arrebato de ira llega a disparar una pistola contra él, felizmente con muy mala puntería. El profesor y su esposa dejan airadamente la casa. Ahora las aguas volverán a su cauce, regresará la vida apacible y monótona. Pero unos y otros han quedado heridos. El médico ve cómo desaparece la mujer deseada, Vania tiene celos del médico, Sonia sabe que éste no le querrá. Todos se sienten fracasados, y piensan que sus vidas no tendrán nunca brillo ni intensidad. Con este tejido de vicisitudes cotidianas, Chéjov crea una de las obras más poéticas y más poderosas del teatro moderno.
Lo esencial no está en el conflicto dramático, hecho de frustraciones. Sí, eso es lo que constituye la trama argumental, pero el dramaturgo consigue que percibamos una corriente subterránea que fluye por debajo de los sucesos concretos y que está formada por lo que cada personaje tiene de entrañable, de secreto y, en última instancia, de sagrado. Por eso la mayoría de estos seres despiertan nuestra simpatía y nos resultan enormemente cercanos. Mientras que ellos se sienten frustrados porque piensan que la vida debería ser una aventura llena de fuerza y de pasión, nosotros los percibimos viviendo su más verdadera, nostálgica y profunda aventura. Por eso, aunque la obra está llena de melancolía, no ofrece una visión triste y negativa de las cosas, pues los espectadores vemos a los personajes bajo una luz mucho más clara y bella que aquella bajo la cual ellos se ven a sí mismos.
La puesta en escena de Oriol Broggi y de su grupo de actores supo sacar el mejor partido al texto de Chéjov. La escenografía aprovechaba algunos elementos de la sala de la Biblioteca de Cataluña, añadiendo detalles mínimos pero eficaces: unas hojas secas por el suelo, unos muebles que, sin buscar la identificación de época, evitaban el anacronismo ostentoso. Todo con un aire de deliberado descuido, de belleza casual. Lo mismo cabe decir del vestuario, vagamente decimonónico pero lejos de toda sensación de disfraz. El espectador concentra su mirada, se olvida de las ojivas góticas de la sala y entra en un espacio acogedor y doméstico.
El texto de la obra, apenas manipulado, buscaba una continuidad de espacio y tiempo de lo que en el original son cuatro actos y cuatro lugares diferentes. Esto conlleva la creación de un nuevo mecanismo de entradas y salidas de personajes, a veces con el recurso a palabras dichas desde fuera. En algún momento, el director se atreve con una escena representada casi en la oscuridad que resultaba un momento de especial emoción teatral. Hay que mencionar el uso de la música, que aquí no funcionaba para resaltar y subrayar, sino más bien para dar voz a los silencios de Chéjov. La música conseguía integrarse tan plenamente en la acción que, en un momento, Sonia se pone a cantar, insertando en el texto chejoviano Der Lindenmaum de Schubert. La belleza de la canción parecía más estremecedora una vez trasmutada en elemento dramático.
Pero sobre todo hay que destacar al formidable equipo de actores y a la dirección por haber sabido extraer todos los matices, las posibilidades, las sugerencias que encierra el texto. En realidad, si leemos Tío Vania, o las otras grandes obras teatrales de Chejov, y no sabemos imaginar su plasmación escénica, estaremos captando mucho menos de lo que realmente hay. Sólo cuando unos actores inteligentes y capaces, dirigidos con sensibilidad e imaginación, realizan una buena interpretación, nos percatamos de la hondura del Chéjov dramaturgo, de toda la riqueza de lo que se esconde bajo sus personajes, sus acciones y sus palabras.

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