Se aceptan propinas

Luis Fernández Zaurín
Cuando era más jovencito y vendía helados en el Camp Nou (queda mal decirlo pero de niño yo era algo así como el Maradona de la heladería ambulante), me daban poquísimas propinas y lo entendía: los precios en los estadios doblaban los de la calle y el importe estaba redondeado para facilitar el cambio. Sin embargo recuerdo como si fuera hoy dos generosos extras: veinte durazos de los años ochenta que Johan Neeskens me soltó de propina tras servirle una coca-​cola en un bar de la catedral azulgrana (de los helados salté a los refrescos porque eran más rentables y además se podían vender todo el año) y, veinte durazos más que Luis Aguilé (autor entre otros éxitos de “Soy currante y tiro p’alante”) me endosó tras servirle unos caramelos en el campo del Español (alternaba el Camp Nou y los refrescos con el estadio de la Avenida de Sarriá y los caramelos). Desde entonces asocio la propina con el tronío y el éxito social y, aunque a veces las doy, mis extras no son generosos, quizá porque, en vez de hacerme comercial, para lo que, por lo que se ve, tenía cierto talento, me dio por escribir. Aunque, quién sabe, igual aún esté a tiempo.*

* Si le ha gustado este artículo puede usted dejar propina, como habrá adivinado la vida de un periodista y escritor está algo achuchada y a quien firma estas letras no le vendrá nada mal su (si es posible) generoso óbolo: entidad 2013, número de oficina 0304, dígito de control 09, número de cuenta, 0200802341.

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