La polaca se enfada

Lola Mayo
Estas han sido mis tres últimas propinas:
A Juan, el dueño de El Sur, un bar junto a la Filmoteca de Madrid. Le doy propina porque no da golpes en la barra cuando pone la cerveza, porque siempre tiene tiempo para hablar, y porque me regala caldos, vinos que no conozco, almendritas que me como muy rápido para que me ponga más. Mis propinas le salen verdaderamente caras.
A una señora que atendía un comedor popular en Varsovia, porque su sopa de tomate me pareció muy barata y muy rica. Me devolvió el dinero de más con mucha mala uva. “Es sólo una moneda”, le dije, disculpándome, en inglés. Ella me contestó en polaco y un señor me tradujo. “Que no quiere propina, que ella viene aquí a trabajar”.
A un taxista malcarado que conducía muy lento y se metía por donde no era, pero que llevaba una bellísima música de piano en una radio a todo volumen. Se perdió yendo al Parque del Retiro, un sitio que conoce cualquier taxista. Pero me dio tiempo a ver casi todos los castaños. Cuando le di la propina me miró raro. “Llevas una música muy bonita”, le expliqué. “Es para no tener que ir al psiquiatra”, me dijo. Qué misterio.

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