Los debates

En España se acerca la campaña electoral. Y con ella, los debates. O mejor: los posibles debates. En cada elección, los partidos discuten si habrá debates en la tele y cómo serán: quién participará, quién los moderará, cuánto durarán. Este año parece que nos serán concedidos un par de debates entre el presidente Rodríguez Zapatero y el principal aspirante, Mariano Rajoy. En principio, parece, sin más contendientes.
Este año, además, quizá los votantes estemos de suerte porque habrá debate también entre los candidatos a ministro de Economía. No se han dado, creemos, al cierre de este número, los detalles, pero parece que el encuentro se llevará a cabo. A ver si hay suerte.
La prensa lo anunció a mediados de enero. Según titulaba un periódico, “Manuel Pizarro reta a un debate a Pedro Solbes, y éste acepta”. Que nosotros sepamos, uno “reta” a otro a un duelo o, si se quiere, a una pelea, pero ¿a un debate?
Con este vocabulario, los periodistas complicamos la vida a los políticos. Ya les cuesta debatir cara a cara. Si además pintamos el diálogo como un combate, con un ganador y un perdedor, les complicamos las cosas y, además, sin motivo. Un debate es un intercambio de ideas. Es lógico que quien sea más hábil con la palabra y más perspicaz con las ideas tiene mucho a su favor. Pero esas son cualidades que a un político se le suponen y que debería querer demostrar en público. Puede por tanto decirse, al final de un debate, que alguien ha ganado (esto es algo que ocurre en todas partes, no sólo en España), pero eso no es lo importante. Lo valioso es el encuentro para explicarse, porque ganar, ganamos todos.
Un político que evite los debates merece nuestras suspicacias. Que los líderes de los grandes partidos omitan a los representantes de partidos menores aparenta falta de confianza. Una política con menos retos y más debates sería más simpática.

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